Fue en un café

8 Un legado de miedo

Sonrío como estúpida recargándome en la pared del ascensor mientras espero que llegue a mi piso.

Esta noche fue simplemente maravillosa. Cierro los ojos dibujando una sonrisa al tiempo que muerdo mi labio inferior, recordando el momento en que besé su mejilla. Me asusta lo que me hace sentir de solo recordarlo. Es como si la sensación se hubiese guardado específicamente para cuando lo quisiera revivir en mi cabeza.

Se me escapa un suspiro que, en vez de hacerme soñar, me regresa a la realidad. El ascensor se detiene y camino con paso lento hacia mi departamento. Al levantar la vista me encuentro a Samuel sentado en el piso, con la espalda recargada en la pared. Me mira entornando los ojos, y se levanta cuando estoy a unos cuantos pasos de distancia.

Saco las llaves de mi bolso al estar frente a la puerta.

—¿Cuánto bebiste? —cuestiona parándose a un lado mío, recargando un brazo en la pared.

—Un poco ―respondo sin ánimos de pelear—. Estaba más ebria hace rato.

Las llaves se me caen y me agacho para levantarlas, pero se me vuelven a caer y me ataco de risa. Me inclino nuevamente, pero Samuel pone su mano en mi hombro haciendo que me incorpore. Termina por levantarlas, y abre la puerta.

Entro riéndome al tiempo que me quito los zapatos. Él viene detrás, le escucho cerrar la puerta en cuanto me siento en uno de los sillones. Me mira, y después de pensarlo unos segundos se sienta frente a mí.

—Pude ir por ti —dice mirando mi rodilla por un segundo. Recargo mis codos sobre mis piernas, y observo con atención que se dejó crecer la barba―. Siempre te gustó así ―dice tocando su mentón, consciente de lo que estoy viendo exactamente. No le digo nada, solamente le dedico una sonrisa apagada agachando la cabeza. Se acerca colocándose en cuclillas, y comienza a acariciar mi cabello.

—No debiste acostarte con ella. Lo que agrava esta situación es que fue con ella.

—Lo sé, amor —Siento un beso sobre mi cabeza.

―No me llames así.

―Me gusta llamarte así.

―Soy otra persona, Samuel. La mujer que era quedó atrás.

―¿Por qué dejarla atrás y no enfrentar las cosas?

―Ya te lo dije ―Levanto la mirada, pero él no se aparta―. No tienes idea de cuanto me dolió. Venir aquí fue la decisión correcta. Necesitaba alejarme de todo lo que me lastimaba.

Me recargo en el respaldo limpiando una vez más mi rostro.

—Ese día, tu padre me envió a casa y me aseguró que todo estaría bien.

―Por supuesto que sí. Él siempre tenía una solución para todo.

―Tiene, amor. Siempre la tiene. Cuando volví al hospital, ya no estabas. Nunca vi a tu padre tan frustrado ―dice recordando el momento.

—No podía permitir que continuara controlando mi vida.

―Lo sé. Yo sabía que el asunto con Margaret únicamente fue el pretexto perfecto para que te fueras. Lo comprendí cuando llevaste los papeles del divorcio. Tu padre no sabía de ese asunto, hasta un mes después de que estuviste allí. Se le salió ese asunto de las manos y no sabía qué hacer. Sabes que tu padre nunca pierde. No estoy aquí para hacerte la vida imposible, amor. Pude buscarte antes...

—Eso es justamente lo que no comprendo, Samuel. ¿Para qué me buscas ahora? —inquiero interesada—. No vamos a regresar. Así que no tiene sentido que estés aquí profesando amor por mí.

—¿Me olvidaste? ―pregunta sin titubeos.

—No. No te olvidé...

—¿Pero?

—Pero lo que una vez tuvimos quedó atrás, eres parte de un recuerdo nada más.

—Amor... —Musita y niego con la cabeza.

Samuel no es de los que se rinden con facilidad así que, acorta la poca distancia que nos queda acunando mi rostro entre sus manos. Después de vacilar unos segundos tanteando terreno, me besa.

—No seguiré tus juegos ―corto inmediatamente separándome de él, y me encamino a la cocina.

De pronto siento mis labios resecos, y tengo mucha sed.

—¿Cuáles juegos, amor? —pregunta siguiéndome―. Quiero que escuches al menos una vez lo que sucedió.

―No me interesa saber qué sucedió. Ya eso quedó atrás.

―No, no ha quedado atrás. Yo necesito que lo sepas. Necesito que sepas que nunca la toqué. Que ella se me insinuó y jamás le seguí el juego. Le dejé clara mi posición cuando fue directa con lo que sentía por mí y lo que buscaba. Ese día yo no me di cuenta de que estaba en el departamento hasta que desperté. No antes.

―No tiene sentido.

―Ella tenía una llave del departamento que tu padre guardaba en su oficina y, así fue como entró y se metió en la cama. Regina, solamente quiero que recuperemos lo nuestro.

―Eso no va a pasar.

―¿Segura?

—Si —respondo en voz baja.

Tomo un vaso que hay cerca de la estufa, y al sentirme un poco mareada, recargo ambas manos sobre la encimera que hay aún costado.

—¿Estás bien, amor? —inquiere preocupado.




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