Camino directo a la cocina aun adormilada mientras ato mi cabello en una coleta alta haciendo un moño.
Vierto agua en la cafetera, unas cucharadas de café y la enciendo.
Me recargo en la encimera cruzándome de brazos esperando que esté listo. De pronto el parpadeo de la luz verde en el celular llama mi atención, por lo que me acerco a tomarlo de la mesa.
Tengo un mensaje de Samuel diciendo que vendrá a verme. Y es que ayer después de intentar distraerme con el trabajo, llegué a casa fastidiada de no poder apartar mucho la conversación que tuve con él. Escuché cuando tocaron a la puerta, pero sabía que era él así que, ni me molesté en levantarme de la cama.
Le miento respondiendo que no me encuentro porque salí muy temprano.
Jude también me ha dejado un mensaje para recordarme que me invitó a comer, y de eso no me puedo librar.
Antes de que deje el celular en la encimera, entra una nueva notificación. Número desconocido, pero se alcanza a leer: Hola, soy Shane.
No sé por qué motivo me quedo viendo la notificación por unos segundos. El café comienza a caer en la jarra de cristal haciendo que aparte la vista del dispositivo. Lo dejo a un lado y me dispongo a buscar una taza en la alacena. Tras prepararlo, procedo a tumbarme en la sala para hacer zapping en la televisión, buscando algo que pueda entretenerme. Lo dejo en un concurso de cupcackes, pero las llamadas insisten en el telefono. Observo con fastidio el teléfono que vibra sin parar sobre la encimera de la cocina, hasta que deja de hacerlo.
Dejo escapar un suspiro y vuelve a sonar.
—¡Que fastidio! —exclamo recargando mi cabeza en el respaldo.
Un suspiro más y dejo la taza sobre la mesita de centro para después levantarme como si el cuerpo me pesara bastante.
Tomo el celular y contesto.
―Hola.
―¿Dónde estás? —pregunta Raymond al otro lado de la línea.
―En casa.
―¿No piensas venir?
―La verdad es que no. Pienso tomarte la palabra, y no iré —anuncio, regresando al sofá—. Arreglé todo ayer para tomar vacaciones urgentes. No tuve problema con eso porque no tengo pendientes.
―Estupendo.
―¿Verdad que sí?
―Sí. ¿Qué harás con tus vacaciones?
―He estado pensando en ir a probar clases de baile —digo con una sonrisa ligera en mi rostro tras recordar que era un pasatiempo que disfrutaba con Mina.
Debo llamarla.
―Eso estará genial. ¿Irás hoy con Jude?
―Sí. No puedo desairarla. Además, quiero ver a los chicos.
―Entonces diviértete, iré a verte en la semana.
―Bien.
―Descansa Regina. Cualquier cosa, ya sabes que cuentas conmigo.
―Gracias, Raymond.
[...]
La casa de Jude es grande y con un toque rustico muy acogedor y cada mueble dentro de su casa tiene cierta sofisticación. Tiene un jardín hermoso propio de una casa como la de ella; es muy cuidadosa con su decoración. Cada vez que me invita, me hacen sentir muy cómoda, sobre todo los chicos.
Me acerco a la puerta tocando el timbre. Las risas del otro lado no se hacen esperar y me sorprenden un par de adolescentes muy contentos.
—¡Tía Regina! —exclaman ambos abrazándome torpemente compitiendo por abarcarme.
—Niños, déjenla entrar. La van a hacer caer —grita Jude aproximándose por el pasillo—. ¿Qué voy a hacer con ustedes?
—Déjalos. No pasa nada —Los defiendo entregándoles una caja con tortugas de chocolate—. Sabes que adoro a tus hijos.
—¡Eres genial, tía! —exclama Olivia tras abrir la caja—. ¡Eres genial!
—¿Qué es? —inquiere curioso su hermano—. Déjame ver.
Olivia sale disparada entre risas a la cocina con él siguiéndola y exigiéndole que lo deje ver.
—¡Compartan! —grito cerrando la puerta detrás de mí.
—No tienen remedio —dice mi amiga negando con la cabeza dibujando una sonrisa—. Se nos hizo un poco tarde y Andrew intentó por veinte minutos encender el carbón.
—Seguramente contigo presionándolo, le ha de haber resultado más difícil —Ambas reímos y nos encaminamos hacia el jardín trasero—. ¿Cómo lo resolvió?
—Tuvo algo de ayuda extra.
—Jude... ―murmuro deteniéndome en seco tras el ventanal que da al jardín, y los nervios no pierden oportunidad de salir.
David se encuentra de espaldas conversando muy amenamente con Andrew. No se han dado cuenta de mi presencia.
—Linda sorpresa ¿No crees? ―pregunta Jude con una expresión de complicidad en su cara. Tal como la que delata a una niña que acaba de cometer una inocente travesura, siendo su hazaña más asombrosa jamás realizada.
—Jude, ¿es cosa tuya?
¡Por supuesto que es obra suya!, pero lo va a negar.