—¿Tú qué haces aquí? —cuestiono a modo de pregunta.
—Aquí me hospedo —responde de lo más natural.
—¿Qué...?
—No esperaba verte por aquí —dice al tiempo que echa un vistazo al evento—. Pero ya entiendo el motivo de tu presencia. Por allá se ve tu amiga ―dice reconociendo a Jude―. Supongo que el resto es tu nuevo círculo de amigos. ¿Ese no es el tipo que te lleva al departamento?
—Sí, lo es ―respondo un poco incómoda, pero no por Samuel, sino por ver a Susan sentada junto a David.
El chico al ver que no me muevo, atiende a un par de personas que van llegando, y yo me aparto un poco de la entrada.
—¿Y te vas a quedar aquí parada? —inquiere Samuel.
―De haber sabido que te hospedas aquí, no me habría parado.
―No seas tan dura conmigo, amor.
―No ―corto tajante, mostrando disimuladamente un alto con mi mano al frente―. No sigas llamándome así, ahórratelo por favor.
―Vamos, amor —insiste.
―Estoy hablando en serio, Samuel. Ya basta. Perdiste ese privilegio hace tiempo.
―Pero puedo recuperarlo. Lo sé.
―No estés tan seguro.
—¿No me presentarás? ―inquiere ignorando mis palabras y mirando fijamente a la mesa donde se encuentran mis amigos.
Rose es quién advierte mi presencia saludándome a lo lejos con la mano; como si no las haya ubicado ya. Trago saliva porque después de ver a Rose, es en David donde se posa mi mirada.
Está serio e inexpresivo.
—¿Piensas que tiene caso hacerlo? ―inquiero con las miradas sobre mí.
—Por supuesto. No irás a sentarte sola con ellos, ¿o sí? Están con sus parejas. Supongo que ya lo notaste.
Tiene razón.
Sobro en esa mesa ¿Qué cómo lo sé? Fácil, Susan le susurra a David algo al oído. Verlos así de cerca me revienta todo lo que se llama celos.
Sí, lo admito..., estoy celosa, molesta, y todo lo que tenga que ver con hacerme hervir la sangre del coraje.
Ese hombre me decía lo mucho que según le gustaba justo apenas anoche, y hoy por la mañana me llama haciéndome sentir una estúpida adolescente para después cancelarme como si nada y aclaro, no estoy de este modo porque me cancelara sino porque mis estúpidos celos me hacen pensar cosas que tal vez ni siquiera existen. Y ahora que tengo aquí a Samuel me pegunto, ¿por qué nunca sentí esto con él?
Los celos no son buenos. Soy consciente de ello.
Es probable que con la llegada de Samuel comience a sentirme insegura, algo que jamás experimenté.
—Tal vez no tiene nada de malo —confieso, pero he de admitir que los que hablaron, fueron mis celos.
Quizá estoy haciendo mal al hacer esto, no lo sé, es probable. Pero justo ahora no quiero sentirme sola en esa mesa así que, me acerco seguida de él.
Salir corriendo como una loca sin más, no es una opción.
—Regina, me alegro de que vinieras —dice Rose.
Sonrío más a fuerzas y por educación, que de gusto o con ganas.
Pongo mis ojos una vez más en David, pero desvía la mirada hacia su mano, cerrándola disimuladamente en un puño sobre la mesa.
Que mal se siente esto.
Pero argumentando en mi defensa, no fui yo la que declaró primero que me gusta, para después aparecer aquí con la supuesta mujer que es miembro del comité de padres de familia de mi hijo; porque no tengo hijos. Aunque quisiera. Y encima muy juntos.
―¿Y quién es tu galán, Regina? ―cuestiona Susan con más curiosidad que un gato con ganas de morir una vez más después de sus primeras seis vidas.
Hipócrita, es todo lo que puedo pensar de ella.
Se nota el veneno en su saliva al hablar, su sonrisa malintencionada y su mirada llena de alevosía.
―No es ningún...
—Samuel Collins ―interrumpe mi aclaración presentándose con Susan, extendiéndole la mano para estrecharla―. Espero que no haya problema.
—Susan Brooks. Y claro que no, ningún problema.
Y como si ella fuera la anfitriona, comienza a presentarlos uno a uno de los que están en la mesa dejando a David al final.
Una tensión altamente peligrosa se siente cuando ambos estrechan manos, parecen matarse con las miradas; no tanto, pero da la impresión. Es decir que, si las miradas mataran, tendríamos un par de interfectos ahora mismo y posteriormente, sus respectivos funerales; o quizá solo uno.
Es un momento bastante incómodo y no me queda más que aguantar.
Samuel abre la silla para que me siente. No pierde sus costumbres de caballero bien portado y educado.
—¿De dónde se conocen? Se ven muy bien juntos —continúa Susan con toda la mala intención de incomodar.
No puedo evitar dirigir mi mirada hacía David que, ahora sí se digna a mirarme esperando respuesta.
―Es mi ex esposo ―aclaro y, puedo ver una ligera, pero muy ligera sonrisa en el rostro de David que desvanece en cuanto Samuel vuelve a tomar la palabra.