La calma de aquel pasillo era rota por unos zapatos de tacón que resonaban con cada paso y una esbelta figura entró apresurada a la habitación, evadiendo por completo a los presentes quienes la miraban con sobresalto, caminó entre la multitud hasta llegar a una de las bancas del fondo de los vestidores donde se detuvo firmemente con las manos en la cintura, soltó un sonoro suspiro al ver quien dormía plácidamente sobre ella, tenía una mezcla entre frustración y habituación que era difícil de explicar, ya había visto tantas veces esa escena que ya no le sorprendía, posó su mano en el hombro de la rubia zarandeándola con suavidad para despertarla.
—Zágora...Zágora— Llamaban en voy baja— Zágora despierta, ya tenemos que irnos. — insistía sin muchos resultados. Ella abrió los ojos con pereza, se sentía cansada y aún no estaba del todo consciente.
— ¿Qué pasa Ágata, por qué tanto escándalo?— preguntó la rubia acomodándose en la pequeña banca y estirándose para espantar el sueño, su casco rodó hasta el suelo en el proceso.
—¡¿Comó que qué pasa?! Estuve esperándote más de media hora fuera de los vestidores, dijiste que te cambiarías un momento y mira nada más como te encuentro.— Reclamaba ella señalando los zapatos a medio poner y la ropa tirada en el asiento y parte del suelo. La rubia se acomodó en su asiento de un salto cayendo en cuenta de su situación avergonzada.— Dijiste que esto ya no volvería a pasar.— Las otras hadas sabiendo lo que se avecinaba abandonaron el vestidor lo más rápido que pudieron.
—Perdón, perdón, no quise hacerte esperar, no sé en qué momento me quedé dormida, bueno es que ayer tomé el turno nocturno y supongo que el sueño me está pasando factura. Sí, debe ser eso...—Explicaba Zágora mientras recogía las prendas en el suelo, Ágata no se suavizó al escucharla, por el contrario se enojó más.
— ¡Eso es porque nunca descansas cabeza hueca! ¡¿Hasta cuándo vas a seguir con tu paranoia?!— La regañó la castaña intentando atinarle un golpe tras otro pero la rubia los esquivó con facilidad, Zágora no le prestó mucha atención incluso, siguió vistiéndose mientras lo hacía, Ágata le lanzó uno de los zapatos del suelo a la cabeza y lo atajó sonriente, consiguiendo finalmente que se rindiera— ¡Sabes, a veces odio tus reflejos.!— exclamó con frustración— ¡Todavía no entiendo cómo no has muerto de agotamiento es inaudito!, tomas turnos nocturnos casi todas las noches, al día siguiente entrenamiento de esgrima y artes mágicas y por la tarde asesoras a los reclutas nuevos y entre todo eso apenas comes, ¿Acaso eres un autómata y no me has dicho nada? porque yo también quiero ser uno de esos...— a Zágora se le escapó una sonora carcajada interrumpiéndola.
—¡No seas tonta Ágata!, si tuviese ese poder, no creo que me pasaran estas cosas, además, aunque no lo creas si estoy algo cansada.— Dijo levantándose de su asiento y limpiando lo que parecía ser saliva de su mejilla.
— ¿Entonces por qué lo haces?¿Por qué te exiges tanto? Sí, sé que quieres estar preparada para cualquier cosa y sé que lo estás todos aquí lo sabemos, pero no me gusta verte así.— explicó la morena con preocupación.
—Pueden venir a atacarnos en cualquier momento Ágata y tenemos que estar listos, sabes lo que pasó la última vez, no podemos confiarnos, además somos miembros de la guárdia real y tenemos que estar en perfectas condiciones. —Replicó Zágora levantándose de su asiento para introducir el casco en el casillero a sus espaldas. Ágata puso su mano en el hombro de su amiga intuyendo lo que pensaba en verdad.
—Zágora, la última vez que nos atacaron fue hace mucho tiempo, y fue un estúpido duende que se había pasado de copas y quería dominar al mundo para hacer gratis las cantinas, puedes quedarte tranquila, el mundo ahora está en paz.— Trató de explicar ella compasiva. Zágora soltó una risilla.— Los tiempos malos también pasan y tienes que aprender a disfrutar los buenos, no te va a matar tomarte un día de descanso.
—¡Sí, ya sé, disfrutar el momento!—suspiró fastidiada del mismo discurso de siempre— Bueno, si cuentas así el incidente con el duende claro que suena ridículo, pero imagínate que hubiesen sido las brujas del norte o las bestias del este las que se hubiesen revelado, hubiese sido un caos.— Intentó justificarse ella cual niño pequeño al que le acusan sin motivo. Ágata masajeó sus sienes intentando mantener la compostura para no arrastrar de los cabellos a su paranóica amiga.
—Por milésima vez Zágora, sabes que para eso están los tratados sagrados y que ninguno de los clanes se atrevería a romperlos—Dijo la castaña con fastidio— Sé que eres una paranóica de primera y que no vas a relajarte en cuanto al trabajo y está bien entiendo que seas estricta con todo eso de la precaución pero, ¿por lo menos puedes dejar las guardias nocturnas?, las ojeras te van a llegar a las rodillas y este es el tercer juego de maquillaje que se me gasta, piensa un poquito en mi bolsillo también por favor— Chilló Ágata —Hay gente que se puede encargar, tú misma has dirigido sus entrenamientos, están bien capacitados.— Zágora dio un suspiro profundo y se giró hacia ella tras cerrar el compartimiento.
—Está bien, agradezco que te preocupes por mí pero si dejas de hablar como si fueras mi mamá lo pensaré mejor—contestó burlonamente saliendo de la habitación seguida por Ágata cuyo rostro parecía un tomate. El enorme pasillo de piedra del castillo les dio la bienvenida con su delicada decoración. La colorida luz que pasaba por los vitrales segó por un momento a Zágora pero pronto se acostumbró.
— Hoy es tu día libre, por lo menos haz algo para ti que no sea entrenar. No sé, ve a las aguas termales del pueblo, ten una cita con alguien, ve de compras o lo que sea, pero tienes terminantemente prohibido quedarte en el castillo hoy ¿Entendiste?— Exclamó Ágata, Zágora rodó los ojos ya cansada y asintió repetidas veces. Ágata desplegó sus alas, aquel par eran enormes y brillantes como las de una mariposa, llena de tonos verdes como los ojos de su portadora.
Editado: 12.05.2026