Fuego

El Pasado Regresa

La noche había caído tan rápido que Zágora sentía queel tiempo se le escapó entre los dedos, ya casi era media noche y su reporte no estaba completo, los ojos se le cerraban solos y el cansancio amenazaba con dejarla tendida en pleno escritorio, se rindió por fin y se dispuso a descansar, el sueño le estaba ganando. Acomodó los papeles como solía hacerlo y se levantó hacia la ventana, la suave brisa de la noche meció con ternura la falda de su bata. Se posó sobre el marco para admirar el cielo, estaba despejado y oscuro, las estrellitas resplandecían a lo lejos como diamantes y la luna menguante le sonreía junto a ellas. Era precioso. Su concentración fue interrumpida por una bandada de cuervos dragón que aterrizaba en un árbol del jardín, seguramente buscando refugio para descansar, uno particularmente grande se posó en la copa del árbol y miró en su dirección, ese debía ser el alfa. Se llamaban cuervos dragón porque su plumaje, bonito y engañoso, parecía ser suave y brillante a la vista, pero al tocarlo era tan rígido como el metal, similar a las escamas de dragón, en los pueblos aledaños solían cazarlos para fabricar armas con ellos, una lástima a su parecer, eran criaturas impresionantes y muy inteligentes. Le echó un último vistazo a la criatura antes de apartarse y cerrar la ventana, el sueño la estaba dominando, cayó en la cama y ni siquiera se arropó cayó dormida al instante.

Las luces de su habitación parpadearon antes de apagarse por completo dejando la habitación sumida en las tinieblas, fuera del cristal de la ventana, un cuervo dragón revoloteaba inquieto, al ver los ventanales cerrados se detuvo y se posó en la baranda del balcón. Observó fijamente a Zágora, su mirada carmesí no se apartaba de ella, como si estuviese evaluando el peligro que representba aún estando profundamente dormida. El cuerpo del cuervo fue diluyéndose sobre la fría piedra, transformándose en un líquido denso que se coló entre las rendijas de las ventanas y se volvió a juntar hasta tomar forma humana. Una figura oscura, alta, imponente y de rasgos afilados se encontraba en medio del cuarto, sus ojos se pasearon por la habitación examinando cada detalle tratando de hallar algo en particular, observó con atención muebles, adornos, armas, pero nada parecía satisfacerlo, caminó hasta el escritorio y le echo un vistazo al bulto de papeles y alzo el reporte de Zágora con curiosidad, al escuchar un sonido se volvió hacia la chica listo para atacar pero se detuvo, aún estaba dormida, no parecía estar teniendo una buena noche, gruesas gotas de sudor se deslizaban por su frente, se retorcía entre las sábanas y su expresión reflejaba aflixión, como si le estuviesen clavando un cuchillo en ese instante. El decir que los sueños de la pequeña hada eran turbulentos era quedarse corto, las pesadillas la visitaban cada noche, violentas y muy vívidas tanto que a veces tenía miedo de dormir nuevamente. No podía quedarse de brazos cruzados, se justifico conque sería peligroso si despertaba pero la realidad era que le daba mucho pesar su situación porque él mismo la había sentido alguna vez, así que posó un dedo firmemente en su frente y tras un pequeño destello violeta la chica dejo de retorcerse y relajó su expresión, ese pequeño hechizo bastaría para que durmiera el resto de la noche. Volvió al escritorio y con un movimiento de manos hizo una copia del reporte y la guardó en su abrigo, luego fijó la vista en las flores de Ágata sobre el escritorio antes de desaparecer entre las sombras.

El sonido de los tacones de Ágata no dejaba de resonar por toda la habitación de Zágora, los nervios la estaban consumiendo. Lion solo la observaba ir y venir desde una silla en el rincón, cuando Ágata lo buscó desesperada en la mañana porque Zágora no había asistido al entrenamiento matutino, lo tomó como una exageración, cualquiera puede quedarse dormido alguna vez, más tratándose de alguien con tan malos hábitos de sueño como ella, sin embargo comenzó a preocuparse cuando trataron de levantarla para que comiese algo y no respondió.

—¿Estás seguro que no comió nada extraño durante la salida de ayer?— interrogó Ágata por enésima vez.

—No, ya te dije que estaba perfectamente bien ayer, no comimos nada extraño.—explicó Lion balanceándose en la silla.—Seguramente es el agotamiento, debe estar exhausta.

—¡¿Por qué el médico tarda tanto en llegar?!—Chilló la morena.

Como leyendo su mente alguien entró a la habitación tras unos golpeteos en la puerta. Un hombrecito regorete y de extravagante bigote gris asomó tímidamente la nariz antes de pasar, Ágata estuvo a punto de saltarle encima hasta que se dió cuenta de que no venía solo, la puerta se abrió y dejó ver qué Gía y sir Letto iban tras él, al instante ambos saltaron al frente en formación para inclinarse ante ellos, Lion casi se cae en el proceso.

—Por favor levántense —habló Gía los dos obedecieron y se pusieron firmes frente a ella—¿Qué ha pasado?— preguntó la reina, ambos se miraron antes de explicar la situación y sin esperar formalidad ignoró a los presentes y se afanó en revisar a la rubia, los dos soldados parecían sorprendidos de su descaro pero a sus superiores no parecía afectarles esa falta de etiqueta. El hombrecito hizo una seña a sir Letto para que se acercara y le susurró algo al oído, este asintió con seriedad y tras una breve reverencia el hombrecito salió de la habitación tan rápido como llegó.

—Nuestras sospechas eran acertadas su majestad— comentó Letto, Gía asintió con una expresión indescifrable en el rostro.

—¿Qué está pasando sir Letto?— interrumpió Ágata con el rostro lleno de preocupación. El anciano se aclaró la garganta antes de hablar.



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En el texto hay: romance, aventura, hadas

Editado: 12.05.2026

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