Fuego en el agua

Capítulo: Antes del amanecer

Hay noches en las que el pasado encuentra la forma de regresar.

Desperté sobresaltado antes de que el sueño pudiera terminar. Durante unos segundos permanecí inmóvil, con la respiración entrecortada y la mirada perdida en el techo de mi habitación. Allí, naciendo desde la pared completa, se extendía la gran sección de cristal que mi padre había construido para mí cuando cumplí los ocho años. El silencio volvía a ocupar cada rincón de la casa, pero mi cuerpo seguía convencido de que algo acababa de ocurrir. Siempre era igual. La pesadilla desaparecía demasiado rápido para recordarla por completo, aunque dejaba detrás la misma sensación de vacío y el idéntico dolor de todos los años.

Llevé la mano hasta el costado y deslicé los dedos bajo la camiseta. La yema recorrió la cicatriz con la naturalidad de un gesto aprendido a fuerza de repetirlo. Su contorno irregular conservaba una forma extraña, demasiado perfecta para haber sido obra del azar. Más de un médico insistió en que aquello no significaba nada. Yo nunca conseguí creerlo. Cada vez que la tocaba, tenía la impresión de estar siguiendo las puntas de una estrella grabada sobre mi propia piel.

Aparté la mano y dejé escapar el aire despacio. Dormir otra vez era inútil. Hacía tiempo que había aprendido a no luchar contra los recuerdos cuando decidían aparecer; cuanto más intentaba enterrarlos, con más fuerza regresaban. Algunas heridas cerraban; otras, simplemente, aprendían a esperar.

Me incorporé con cuidado y apoyé los pies sobre el suelo de madera. El frío atravesó las plantas de mis pies de inmediato. Crucé la habitación casi a oscuras bajo el gran ventanal del techo hasta llegar a la ventana de la pared. Al empujarla, una corriente de aire fresco entró de golpe, trayendo consigo el olor de la tierra húmeda, los pinos y el río que atravesaba el bosque. La noche todavía cubría las montañas, y la única luz nacía de una luna que apenas conseguía abrirse paso entre las nubes.

Desde allí podía distinguir el comienzo del sendero. No importaba cuánto cambiara mi vida; siempre terminaba conduciéndome al mismo lugar.

Tomé la chaqueta que descansaba sobre el respaldo de una silla y me la puse mientras avanzaba hacia la puerta. El arco seguía apoyado contra la pared, con exactitud donde lo había dejado la tarde anterior. Lo sujeté por pura costumbre antes de salir de la habitación y descendí las escaleras, procurando que ninguno de los peldaños crujiera más de la cuenta.

La casa permanecía por completo en silencio.

Giré el picaporte con cuidado y abrí la puerta apenas lo suficiente para deslizarme hacia el exterior. El aire era más frío de lo que había imaginado. Respiré hondo una sola vez y dejé que llenara mis pulmones. Después, comencé a caminar.

El bosque nunca realiza preguntas. Y, desde hacía muchos años, era el único lugar donde yo tampoco necesitaba responderlas.

La lluvia había empezado horas atrás. No era una tormenta; caía con una calma casi hipnótica, cubriendo las hojas de los árboles con un brillo tenue y convirtiendo el sendero de tierra en una delgada franja oscura que se perdía en la espesura. Cada gota encontraba un lugar distinto donde romperse: unas golpeaban las ramas más altas, otras resbalaban por los troncos cubiertos de musgo y muchas terminaban deshaciéndose sobre el río, donde desaparecían sin dejar rastro.

Subí la capucha de la chaqueta y continué andando sin prisa. Conocía aquel camino desde mucho antes de poder recorrerlo solo. Había aprendido dónde sobresalían las raíces, qué piedras se volvían resbaladizas cuando llovía y en qué parte del sendero el bosque comenzaba a cerrarse sobre sí mismo hasta ocultar por completo el cielo. No necesitaba pensar hacia dónde iba; mis pies siempre encontraban el camino antes que yo.

El aire olía distinto después de la lluvia. La tierra húmeda, la madera empapada y el aroma de los pinos se mezclaban formando un perfume que ninguna ciudad habría conseguido imitar. Inspiré a fondo mientras el sonido del agua acompañaba cada uno de mis pasos. Era curioso: mucha gente encontraba inquietante el silencio de una montaña durante la noche, pero yo nunca lo había entendido.

Porque el bosque jamás dejaba de hacer ruido. Bastaba con detenerse unos segundos para descubrirlo.

El agua descendía por el cauce del río con una cadencia constante. El viento hacía que las ramas chocaran unas contra otras con un susurro apenas perceptible. A lo lejos, un búho rompía la oscuridad con un canto breve antes de que todo volviera a fundirse en aquella extraña armonía que solo existía lejos de las ciudades.

Reduje el paso hasta detenerme por completo. Cerré los ojos. Durante unos instantes no hice nada más que escuchar.

Con el tiempo había comprendido que cada sonido ocupaba un lugar preciso. Si el río cambiaba su fuerza, la lluvia lo hacía notar. Si el viento giraba hacia el norte, los árboles ponían su propia voz. Incluso los animales parecían respetar un orden invisible que solo podía entenderse cuando uno dejaba de intentar imponerse sobre la naturaleza y empezaba a formar parte de ella.

Abrí los ojos despacio. Frente a mí, el sendero comenzaba a ascender hacia un pequeño claro oculto entre los pinos. Sin darme cuenta, había llegado al mismo lugar al que siempre terminaban llevándome mis recuerdos.

El claro seguía igual. Los años habían dejado su huella en algunos árboles; una rama caída descansaba junto a una roca cubierta de musgo y el viento había ensanchado el espacio entre dos viejos pinos, pero el lugar conservaba esa extraña sensación de permanecer al margen del tiempo. Como si el bosque hubiera decidido proteger aquel rincón de todo lo que ocurría más allá de sus límites.

Me acerqué hasta la roca donde solíamos sentarnos. La superficie estaba húmeda por la lluvia, así que apoyé el arco contra el tronco de un pino y limpié el agua con la manga de la chaqueta antes de tomar asiento. Desde allí apenas podía verse el cielo. Las nubes cubrían casi por completo las estrellas y la lluvia seguía cayendo con la misma paciencia de siempre, dibujando pequeños círculos sobre los charcos que empezaban a formarse entre las raíces.




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