Fuego en el agua

Capítulo: La última mañana

El canto de un mirlo terminó por sacarme del sueño.

Abrí los ojos despacio, todavía desorientado, mientras los primeros rayos del sol comenzaban a filtrarse entre las copas de los pinos. La roca sobre la que había pasado la noche seguía húmeda por la lluvia y un ligero frío se había instalado en mis brazos y en la espalda. Permanecí unos instantes sin moverme, contemplando el cielo que, apenas unas horas antes, había estado cubierto por un océano de estrellas. Ahora el amanecer teñía las nubes de tonos dorados y anaranjados, como si la noche jamás hubiera existido.

Respiré hondo.

El bosque olía a tierra mojada, a corteza húmeda y a hojas recién lavadas por la lluvia. Pequeñas gotas caían desde las ramas más altas cada vez que una brisa recorría el claro, rompiendo el silencio con un murmullo tan familiar que resultaba imposible sentirse solo allí. Desde niño había aprendido que el bosque nunca callaba. Solo hablaba en un idioma distinto al de las personas.

Me incorporé lentamente y estiré la espalda. Pasé una mano por mi cabello, intentando domar los rizos que, después de una noche entera al aire libre, parecían haber cobrado vida propia. Había dormido mejor de lo que recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. La pesadilla no volvió. Tampoco aquel dolor que acostumbraba a despertarme en mitad de la noche. Era una sensación extraña, casi desconocida, como si durante unas pocas horas el peso de los recuerdos hubiera decidido concederme una tregua.

Tomé el arco apoyado junto al viejo pino y recorrí el claro con la mirada. La lluvia había dejado pequeños espejos de agua entre las raíces, donde el cielo comenzaba a reflearse con una nitidez sorprendente. Durante unos segundos pensé en quedarme un poco más. No tenía ninguna prisa. Aquel lugar siempre conseguía convencerme de que el tiempo avanzaba más despacio.

Una ráfaga de viento agitó las ramas sobre mi cabeza.

Sonreí para mí mismo.

Daniel seguramente llevaba un buen rato despierto. Si descubría que no había regresado a casa, no tardaría en imaginar dónde encontrarme. No era la primera vez que pasaba horas enteras perdido entre aquellos árboles, aunque sí la primera que el amanecer me sorprendía lejos de mi cama.

Sacudí la humedad de la chaqueta, acomodé el arco sobre mi hombro y emprendí el camino de regreso, sin saber que el bosque acababa de regalarme su última tregua, y que el amanecer que dejaba atrás se llevaría consigo todo lo que alguna vez llamé hogar.

El sendero descendía entre enormes pinos que apenas dejaban pasar la luz del amanecer. La lluvia de la noche anterior había transformado el suelo en una alfombra de hojas húmedas y barro oscuro, obligándome a caminar con cuidado para no resbalar sobre las raíces que sobresalían entre la tierra. Aun así, conocía aquel camino de memoria. Lo había recorrido tantas veces que podría haber llegado al pueblo con los ojos cerrados.

Mientras avanzaba, el bosque iba cambiando poco a poco. El canto de las aves se hacía más frecuente, el murmullo del río comenzaba a quedar atrás y el aroma de la madera mojada cedía su lugar al humo de las primeras chimeneas encendidas. Siempre ocurría igual. Era como si el propio bosque supiera exactamente dónde terminaba su territorio y empezara el de las personas.

Fue entonces cuando un sonido completamente ajeno rompió aquella armonía.

No era fuerte.

Ni siquiera parecía provenir de un motor convencional.

Era un zumbido grave y uniforme que permanecía suspendido en el aire sin aumentar ni disminuir de intensidad. No vibraba como las viejas máquinas de Sylva. Más bien parecía deslizarse sobre el silencio, obligando al resto de los sonidos a hacerse a un lado.

Continué descendiendo con la vista fija en el sendero, hasta que los árboles comenzaron a abrirse.

Desde la ladera podía verse casi todo el pueblo.

Las pequeñas casas de madera seguían ocupando el mismo lugar de siempre, con sus tejados inclinados y los jandines todavía cubiertos por el rocío. Sin embargo, aquella mañana había algo diferente. Nadie trabajaba. Nadie cortaba leña. Nadie preparaba los puestos del mercado.

Todos miraban hacia el mismo sitio.

Seguí la dirección de sus ojos.

Frente a mi casa descansaban dos vehículos negros.

Durante un instante olvidé respirar.

El metal de su carrocería reflejaba el paisaje de una forma extraña. Los árboles parecían retorcerse sobre aquella superficie brillante y las gotas de lluvia desaparecían antes siquiera de tocarla, como si el agua se negara a permanecer sobre ellos. Ni el barro del camino había conseguido ensuciar las ruedas.

Aquellos vehículos no pertenecían a Sylva.

Ni siquiera parecían pertenecer al mismo mundo.

Entonces distinguí el emblema plateado grabado sobre las puertas.

Una torre rodeada por ocho estrellas.

No hacía falta acercarme más.

El Dominio había llegado.

Durante unos segundos permanecí inmóvil sobre la ladera.

No era la primera vez que veía el emblema del Dominio. Aparecía en los libros de historia, en los noticieros y en las transmisiones oficiales que, de vez en cuando, llegaban hasta Sylva. Sin embargo, una cosa era observarlo a través de una pantalla y otra muy distinta encontrarlo frente a la puerta de tu propia casa.

Reanudé la marcha sin apartar la vista de los vehículos.

Con cada paso que daba, el silencio del pueblo se hacía más evidente. Las conversaciones habían desaparecido. Incluso los animales parecían haberse escondido. Solo aquel zumbido constante seguía flotando sobre las calles, como si naciera de los propios vehículos.

Al pasar junto a las primeras casas, algunas personas desviaron la mirada. Otras fingieron continuar con tareas que era evidente que habían abandonado hacía varios minutos. Nadie se acercó. Nadie pronunció mi nombre.

Vi al viejo Marcus de pie frente a su taller de carpintería. Durante años me había enseñado a distinguir una buena madera de una que terminaría partiéndose con el tiempo. Al verme pasar, dejó lentamente la herramienta que sostía entre las manos. Sus labios se movieron, como si quisiera decir algo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.