El sobre pesaba menos de lo que había imaginado. Permanecí unos segundos observándolo entre mis manos mientras el pueblo entero parecía esperar el momento en que rompiera el sello. La cera plateada reflejaba la luz del amanecer con un brillo casi perfecto, dibujando la torre rodeada por ocho estrellas que representaba al Dominio. Nunca había tenido ese emblema tan cerca. De niño lo había visto en los libros de historia y en las transmisiones oficiales que llegaban desde la capital, pero sostenerlo era completamente distinto. Había algo inquietante en aquel papel negro; algo que hacía difícil creer que fuera un simple documento.
Levanté la vista. Los dos agentes continuaban inmóviles frente a mí, con la misma serenidad con la que habían aguardado mi llegada. Daniel permanecía unos pasos detrás, apoyado en el marco de la puerta; no intentaba acercarse ni decía una palabra. A nuestro alrededor, los vecinos seguían observando desde la distancia. Algunos fingían conversar entre ellos, pero otros simplemente permanecían de pie, incapaces de apartar la mirada. Era como si todo Sylva hubiera decidido detenerse hasta conocer el contenido de aquel sobre.
—Puede abrirlo cuando esté preparado.
La voz del agente sonó tranquila, casi desprovista de emoción.
Bajé nuevamente la mirada hacia el sello. Durante un instante pensé en no hacerlo. Mientras permaneciera cerrado, el futuro seguía siendo una posibilidad; bastaba con romper aquella delgada capa de cera para convertirlo en algo definitivo. Inspiré profundamente, introduje el pulgar bajo el relieve de plata y ejercí una ligera presión. El chasquido fue casi imperceptible, pero, en medio del silencio que envolvía la calle, resonó con una fuerza inesperada.
Deslicé el documento fuera del sobre y desplegué cuidadosamente la primera hoja. Las letras negras destacaban sobre un papel blanco impecable, ordenadas con una precisión que parecía imposible de conseguir a mano. Mis ojos descendieron hasta la primera línea.
«Por disposición del Consejo Supremo del Dominio, el ciudadano Kael Veyron ha sido convocado para presentarse al Proceso Nacional de Evaluación.»
Sentí que el resto de las palabras comenzaban a perder peso antes incluso de terminar de leerlas. Continué avanzando por el texto con una lentitud que no era capaz de controlar. Cada línea parecía más fría que la anterior, escrita con una precisión mecánica, como si quien la hubiera redactado no estuviera hablando de personas, sino de cifras.
«El convocado deberá presentarse en el Centro Regional del Sector Sylva antes de las diecinueve horas del día de hoy. El incumplimiento de esta orden será considerado una falta grave contra el Dominio y conllevará la aplicación de las sanciones establecidas en el Código Nacional.»
No había amenazas. No hacían falta. Aquellas palabras estaban escritas con una naturalidad inquietante, como si obedecer fuera tan inevitable como el propio amanecer.
La carta especificaba que, una vez presentado en el Centro Regional, comenzaría el Proceso de Evaluación junto con el resto de los jóvenes convocados en Sylva. No explicaba en qué consistía la prueba ni mencionaba cuánto tiempo duraría. Tampoco decía cuántos habían sido elegidos aquel año; solo establecía normas, horarios y obligaciones.
Al final de la página aparecía una única frase escrita con un tamaño ligeramente mayor que el resto:
«La asistencia al Proceso de Evaluación constituye un deber ineludible para todo ciudadano convocado.»
Nada más. Ni una firma, ni una explicación. Le di la vuelta a la hoja esperando encontrar alguna respuesta, pero el reverso estaba completamente en blanco.
Permanecí varios segundos contemplando aquel espacio vacío. Me resultaba extraño que un documento capaz de cambiar la vida de una persona dijera tan poco. Era como si el Dominio diera por hecho que nadie necesitaba entender sus decisiones, solo acatarlas.
Doblé lentamente la carta y la introduje otra vez en el sobre. Cuando levanté la vista, los rostros de los agentes seguían impasibles, como si hubieran conocido mi reacción antes incluso de que terminara de leer.
—¿Eso es todo? —la pregunta escapó de mis labios casi sin darme cuenta.
El hombre de mayor estatura sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—No —hizo una breve pausa—. Eso apenas es el principio.
El silencio se extendió entre nosotros con una calma incómoda. Bajé la vista hacia el sobre una vez más. Seguía sin entender cómo unas cuantas líneas podían tener el poder de arrancar a una persona de su vida de un día para otro. Pensé en el bosque, en el claro donde había despertado apenas una hora antes y en la tranquilidad con la que había recorrido el sendero de regreso. Ahora todo aquello parecía pertenecer a otra existencia.
—¿Cuántos? —pregunté finalmente.
El agente inclinó apenas la cabeza.
—¿Perdón?
—¿Cuántos hemos sido convocados?
Por primera vez desde que había llegado, el hombre tardó unos segundos en responder.
—Treinta y dos.
La cifra quedó suspendida en el aire. Treinta y dos jóvenes. No dijo sus nombres ni explicó de qué pueblos provenían. Solo aquel número bastó para que mi imaginación comenzara a llenarse de rostros desconocidos que, en ese mismo instante, probablemente sostenían un sobre idéntico al mío.
—Cuatro por cada sector —continuó el agente con la misma serenidad—. Ocho sectores. Treinta y dos participantes.
Aquella era la primera información real que recibía desde que habían llegado.
Asteria llevaba generaciones dividida en ocho grandes sectores. Cada uno conservaba sus propios paisajes, costumbres y formas de vida, pero todos respondían a una única autoridad: el Dominio. Sylva era apenas uno de ellos. Más allá de nuestros bosques existían desiertos interminables, montañas cubiertas de nieve, ciudades levantadas sobre acantilados y regiones donde el agua era más abundante que la tierra. Había escuchado hablar de aquellos lugares toda mi vida, pero nunca había cruzado los límites de mi región; quizá jamás habría imaginado hacerlo hasta ese momento.