Fuego en el agua

Capítulo: Academia Helix

La puerta del transporte se cerró a mi espalda con un sonido seco.

Durante un instante permanecí inmóvil, dejando que mis ojos intentaran acostumbrarse a la oscuridad. Apenas una tenue línea azul recorría el techo del vehículo, dibujando el contorno de los asientos y el estrecho pasillo central. No era suficiente para distinguir los rostros de quienes viajaban conmigo, pero sí para comprender que aquel lugar no se parecía a nada que hubiera visto antes.

El aire era frío. Demasiado limpio. Olía a cuero nuevo, a metal pulido y a algún producto químico imposible de identificar. No existía el aroma de la madera húmeda, ni el de la resina de los pinos después de la lluvia, ni el perfume de la tierra que el bosque desprendía cada amanecer. Aquella ausencia me golpeó con una fuerza inesperada; hasta ese momento no había comprendido cuánto podía echar de menos un simple olor.

El vehículo comenzó a moverse. No sentí el tirón habitual de un motor al arrancar; solo un zumbido grave y constante atravesó el suelo bajo mis pies. Era una vibración tan uniforme que costaba creer que estuviéramos avanzando. Si no hubiera visto desaparecer el pueblo unos segundos antes, habría pensado que seguíamos completamente inmóviles.

Me dejé caer sobre el asiento más cercano a la ventana. El cristal era tan oscuro que devolvía un reflejo borroso de mi rostro; más allá de él, apenas se distinguían algunas sombras deslizándose lentamente hacia atrás.

Bajé la mirada y, casi sin pensarlo, introduje la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Primero encontré el borde rígido de la fotografía. El cartón estaba ligeramente doblado en una esquina por el paso de los años. Deslicé el pulgar sobre él con cuidado, como si aquel simple gesto pudiera impedir que el tiempo siguiera desgastando el único recuerdo donde todavía aparecíamos los cuatro juntos. Mis dedos continuaron avanzando hasta rozar el colgante. El metal seguía frío. La silueta del Ave de Albor descansaba entre mi mano y la tela, con las alas abiertas sobre la corriente grabada en plata. Cerré el puño alrededor de él durante unos segundos.

El reglamento permitía llevar un solo objeto personal. Yo llevaba dos. Podían quitármelos en cualquier momento, pero no me importaba: si el Dominio quería arrebatármelos, tendría que hacerlo mirándome a los ojos.

Solté lentamente la pieza de plata y apoyé la cabeza contra el respaldo. Solo entonces empecé a percibir que el silencio dentro del habitáculo no era tan absoluto como había creído. Había alguien más respirando en la oscuridad.

El convoy avanzaba con una suavidad inquietante. Apoyé la frente contra el cristal oscurecido y observé cómo las últimas casas de Sylva se desvanecían detrás de nosotros. Del otro lado de la mampara, el conductor mantenía las manos firmes sobre el volante, mientras el agente del Dominio permanecía sentado a su derecha, inmóvil, con la vista fija en la carretera. Frente a nosotros se desplazaban otros transportes idénticos al nuestro. Negros. Silenciosos. Perfectamente alineados.

Por un instante me pregunté cuántos jóvenes viajarían dentro de ellos; cuántos habrían dejado atrás a sus familias aquella misma tarde sin saber cuándo volverían a verlas.

Un leve movimiento llamó mi atención. Aparté la mirada de la ventana. Al otro extremo del compartimento, ocupando el asiento frente al mío, viajaba otro convocado. La penumbra apenas permitía distinguir su silueta: tenía la cabeza apoyada contra el respaldo y los brazos cruzados sobre el pecho. No alcanzaba a reconocer si mantenía los ojos abiertos o cerrados; la tenue línea azul del techo solo iluminaba el perfil de sus hombros antes de volver a perderse entre las sombras.

Durante un instante, nuestras miradas parecieron encontrarse, o quizá solo fue una impresión. Ninguno de los dos dijo una palabra. No sabía quién era, ni si pertenecía a Sylva o si el gobierno había mezclado a los elegidos durante el traslado. Lo único que tenía claro era que, igual que yo, sostenía un sobre negro pocas horas atrás... y que su vida acababa de cambiar para siempre.

El silencio regresó al interior. Solo el zumbido del motor nos recordaba que el convoy seguía alejándonos, kilómetro tras kilómetro, de todo aquello que alguna vez habíamos llamado hogar.

Un pitido agudo atravesó las paredes. La línea azul del techo parpadeó dos veces antes de estabilizarse nuevamente. Al mismo tiempo, un pequeño indicador blanco se encendió sobre la mampara de cristal. Entonces, una voz comenzó a hablar. No era masculina, tampoco femenina; sonaba demasiado perfecta para pertenecer a una persona. Cada palabra era pronunciada con una precisión absoluta, sin variaciones en el tono, sin pausas innecesarias y desprovista de la menor emoción.

Bienvenidos al transporte oficial del Dominio. Traslado correspondiente al Sector Sylva. Destino: Academia Helix. —La voz hizo una breve pausa. No parecía respirar; simplemente continuó—: Durante el trayecto deberán permanecer sentados en sus respectivos asientos. Queda prohibido levantarse, interferir con el personal autorizado o intentar abandonar el vehículo bajo cualquier circunstancia.

Miré de reojo al otro convocado. Permanecía exactamente en la misma posición, sin levantar la cabeza.

Toda alteración del orden será registrada automáticamente y comunicada al Consejo del Dominio. Las sanciones correspondientes podrán aplicarse de manera inmediata o diferida, según lo determine el protocolo de traslado.

La palabra registrada quedó resonando en mi cabeza. Instintivamente recorrí el habitáculo con la mirada. No tardé en descubrirlas: pequeñas lentes negras, casi invisibles, incrustadas en las esquinas del techo. Eran tan discretas que habrían pasado desapercibidas si la advertencia no hubiera mencionado el rastreo de nuestras acciones. Nos observaban. Cada movimiento, cada gesto, cada palabra; como si la evaluación hubiera comenzado mucho antes de abandonar Sylva.




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