La puerta de acero se cerró detrás de mí con un golpe metálico. El sonido rebotó contra las paredes desnudas de la habitación antes de apagarse por completo. Permanecí de pie unos segundos, observando el lugar que el Dominio había decidido llamar dormitorio.
Una cama estrecha ocupaba un extremo del habitáculo. Frente a ella había un escritorio de metal atornillado al suelo y una silla del mismo material. Sobre la pared opuesta, una ventana angosta dejaba entrar una luz gris que apenas alcanzaba para iluminar el interior. No había cuadros, ni estanterías; no había nada que recordara que allí dormiría una persona y no una máquina.
Dejé la mochila junto a la cama. El silencio era distinto al de Sylva. En el bosque siempre existía algún sonido acompañándome: el viento entre las ramas, el agua del río o los insectos ocultos entre la vegetación. Incluso las noches más tranquilas respiraban. Allí no. Lo único que se escuchaba era un zumbido lejano que recorría las estructuras del edificio, constante y uniforme, como si toda la Academia Helix funcionara gracias a un único corazón de acero.
Me senté despacio sobre el colchón. La cicatriz que cruzaba mi costado protestó al inclinarme hacia delante. No era un dolor intenso; era esa molestia persistente que aparecía cada vez que el cansancio terminaba alcanzándome. Apoyé los codos sobre las rodillas y permanecí mirando el suelo durante unos instantes.
Después, llevé una mano al bolsillo interior de la chaqueta y saqué el colgante. El Ave de Albor descansó sobre la palma de mi mano, reflejando la tenue luz que entraba por la ventana. Pasé el pulgar sobre las alas de plata, siguiendo el mismo recorrido que había repetido cientos de veces desde que mi padre me lo entregó.
Debajo apareció la fotografía. La observé en silencio. Mi padre sonreía con una mano apoyada sobre mi hombro; mi madre miraba directamente a la cámara y Daniel fingía estar molesto porque yo le estaba despeinando el cabello. Y yo... Yo solo podía mirar otro rostro que ya no pertenecía a aquella imagen.
Dos ojos color miel. Una risa capaz de hacer olvidar cualquier invierno.
El recuerdo llegó sin pedir permiso y, antes de darme cuenta, el frío de Helix desapareció por completo. Volví a sentir el olor del bosque después de la lluvia.
La encontré junto al inicio del sendero viejo. Estaba de espaldas, observando un poste de madera cubierto por el musgo, como si esperara que aquel bosque le respondiera una pregunta que todavía no sabía formular. Cuando escuchó mis pasos, giró despacio. Lo primero que vi fueron sus ojos. No sabría explicar de qué color eran; solo recuerdo que tenían algo extraño, una luz inquieta, como si en lugar de reflejar la arboleda llevaran un incendio escondido detrás de las pupilas.
—¿Este camino lleva al lago? —preguntó.
Su voz sonó tan natural que tardé unos segundos en responder. Miré el sendero y luego volví a fijar los ojos en ella.
—Depende de cuál estés buscando.
Frunció apenas el entrecejo.
—¿Hay más de uno?
Asentí.
—Tres. Uno está cerca del pueblo. Otro pertenece a la reserva del Dominio. Y el último... casi nadie sabe que existe.
Aquella luz volvió a encenderse en sus pupilas.
—Entonces busco ese.
No pude evitar sonreír.
—Si no sabes que existe, es difícil que lo estuvieras buscando.
Bajó la mirada un instante y dejó escapar una risa breve. El bosque pareció hacerlo con ella.
—Supongo que tienes razón —hizo una pausa, con una sonrisa escondida en la voz—: ¿Así que vas a decirme dónde está ese lago o piensas seguir haciéndote el misterioso?
La observé unos segundos antes de responder.
—¿Andas explorando sola? ¿Y si resulta que eres una espía del Dominio?
Soltó una pequeña carcajada.
—Si lo fuera, creo que habría elegido una mejor forma de infiltrarme.
Miré sus botas, que seguían impecables, y negué con la cabeza.
—Definitivamente.
Ella siguió mi mirada y entendió el motivo de inmediato.
—¿Qué tienen mis botas?
—Que todavía están limpias.
Frunció el ceño, confundida.
—¿Y eso qué significa?
—Que no llevas ni diez minutos caminando por Sylva.
Esta vez fue ella quien bajó la vista, notando las pequeñas manchas de barro que comenzaban a aparecer en la punta del calzado.
—Supongo que me descubriste.
—No era muy difícil.
Volvió a sonreír. No era una gesticulación exagerada; era una expresión tranquila, de esas que aparecen sin el menor esfuerzo. Se hizo un breve silencio mientras el viento agitaba las ramas sobre nuestras cabezas y varias hojas descendían lentamente hasta cubrir el suelo.
Ella levantó la vista hacia las copas de los árboles, con una admiración genuina en las palabras.
—Nunca había estado en un bosque así.
—¿De qué sector eres? —pregunté.
—Aqua.
Asentí despacio. Tenía sentido. Los habitantes de Aqua crecían rodeados de canales, puentes y grandes lagunas; había oído hablar de sus paisajes desde niño, pero nunca había salido de Sylva para comprobarlo.
—Entonces todo esto debe parecerte enorme.
Giró sobre sí misma, contemplando el follaje que casi ocultaba el cielo.
—Es... diferente —buscó la palabra adecuada antes de continuar—: En Aqua siempre puedes ver el horizonte. Aquí siento que los árboles lo abrazan todo.
No respondí
Porque tenía razón. Para mí, aquellas montañas, aquellos senderos y aquel techo interminable de hojas eran simplemente mi hogar; nunca me había detenido a pensar cómo los vería alguien que llegaba por primera vez.
Ella volvió a mirarme.
—¿De verdad existe ese lago?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Desvié la vista hacia el sendero que se internaba en la montaña. Mi padre me había llevado allí por primera vez cuando era niño; después del accidente, se convirtió en uno de los pocos refugios donde conseguía sentir que el mundo seguía teniendo sentido. Muy poca gente conocía la ruta, y aún menos llegaban hasta el final.