Fuego en el agua

Capítulo: El primer día

—No vuelvas a desaparecer tanto tiempo.

La voz de Lyra llegó mezclada con el murmullo del lago. Sonreí. Estaba a punto de responderle cuando un sonido agudo atravesó el aire. Al principio pensé que provenía de alguna de las aves del bosque, pero el silbido aumentó de intensidad hasta convertirse en un estruendo metálico que hizo vibrar el suelo bajo mis pies.

El lago desapareció. Los árboles se deshicieron como un reflejo roto sobre el agua y la luz cálida del amanecer fue sustituida por un blanco insoportable.

Abrí los ojos de golpe. El techo gris de la habitación ocupó todo mi campo de visión mientras la alarma seguía resonando. No era un simple sonido; era una frecuencia aguda que parecía atravesar el concreto, rebotar contra las paredes y clavarse directamente detrás de los ojos. Cada pulso hacía vibrar la estructura del habitáculo como si Helix entera hubiera despertado al mismo tiempo.

Me incorporé por reflejo. Un dolor punzante recorrió mi costado; la cicatriz ardió durante un instante, obligándome a apoyar una mano sobre ella hasta que el pinchazo comenzó a desaparecer.

Respiré despacio. No estaba en Sylva. No estaba junto al lago, ni estaba con Lyra. Solo había sido un recuerdo.

La alarma cesó de golpe. Durante apenas un segundo reinó un silencio absoluto, y entonces la habitación cobró vida. La iluminación blanca se encendió con toda su intensidad, inundando cada rincón con una claridad fría que no dejaba espacio para las sombras. Parecía la luz de un quirófano: perfecta, artificial e incapaz de transmitir el más mínimo calor.

Una voz brotó de unos altavoces invisibles. La reconocí de inmediato; la misma voz sin edad, sin emoción y sin humanidad.

Convocados, son las cero seis con cero cero horas. —Hizo una pausa exacta. Ni un segundo más, ni uno menos—: Preséntense en el Sector de Racionamiento en un máximo de cinco minutos. El incumplimiento de esta orden será considerado una falta de nivel uno.

La transmisión terminó. No hubo despedida ni explicaciones, solo el mismo silencio de concreto.

Me levanté de la cama. El suelo estaba helado. Tomé la chaqueta del respaldo de la silla y me la puse mientras observaba el entorno por última vez. No había fotografías, ni ventanas abiertas al bosque; no había nada que recordara quién era antes de cruzar aquellas puertas. Solo una cama, un escritorio y cuatro paredes que parecían haber sido construidas para borrar cualquier rastro del mundo exterior. Helix no quería que nos sintiéramos como en casa; quería que olvidáramos que alguna vez tuvimos una.

Junto a la puerta encontré un paquete perfectamente doblado. Encima descansaba una pequeña placa metálica con un único número grabado: S-04. Debajo, una nota impresa con la misma tipografía impecable que utilizaba el Dominio dictaba: «Uniforme reglamentario. Uso obligatorio.»

Abrí el paquete. Dentro había una camiseta verde oscuro de manga larga, un pantalón del mismo color, una chaqueta ligera impermeable y unas botas negras completamente nuevas. No había escudos, nombres ni insignias; solo, sobre la manga izquierda, destacaba el emblema plateado del Dominio y, justo debajo, el código S-04. No éramos personas; éramos un registro.

Me cambié en silencio. La tela era ligera, pero sorprendentemente resistente. Se ajustaba al cuerpo sin impedir el movimiento, como si hubiera sido confeccionada para correr, escalar o pelear durante horas. Incluso las botas parecían moldearse al pie desde el primer paso. Cuando terminé, recogí el colgante del Ave de Albor y volví a esconderlo bajo la camiseta. Nadie debía verlo. La fotografía regresó al bolsillo interior de la chaqueta, pegada a mi pecho. Era el único lugar donde todavía parecía estar a salvo.

Al abrir la puerta, un pasillo interminable apareció frente a mí. Todas las habitaciones eran idénticas: las mismas compuertas grises, las mismas luces blancas y las mismas paredes de hormigón que parecían no tener principio ni final.

Poco a poco comenzaron a abrirse los otros accesos. Uno tras otro, los convocados fueron saliendo al corredor. Nadie hablaba. Algunos todavía intentaban despejarse el sueño del rostro; otros caminaban con los hombros tensos, observándolo todo como si esperaran una amenaza detrás de cada esquina. Vi el mismo uniforme verde en todos ellos; la única diferencia era el código cosido sobre la tela: S-01, S-02, S-03... Sectores distintos, historias distintas, pero el mismo destino.

Un muchacho pasó a mi lado sin levantar la vista. Llevaba los puños tan apretados que los nudillos habían perdido el color. Una chica respiraba con rapidez mientras repetía algo para sí misma en un susurro. Más adelante, otro convocado caminaba con una seguridad exagerada, como si quisiera convencer al resto de que todo aquello no le afectaba. Nadie lo creyó, porque el miedo tenía muchas formas, y aquella mañana todas recorrían el mismo pasillo.

Al final del corredor, dos agentes del Dominio aguardaban inmóviles junto a una puerta automática. Uno de ellos dio un paso al frente.

—Sector de Racionamiento. Continúen.

Su voz sonó tan fría como las paredes que nos rodeaban. Sin detenernos, los treinta y dos comenzamos a avanzar hacia el primer encuentro del que ninguno saldría siendo el mismo.

El pasillo desembocó en una sala inmensa. Las puertas automáticas se abrieron con un suave silbido hidráulico y, por primera vez desde que había llegado a Helix, comprendí que ya no estábamos separados. Todos los sectores se concentraban allí.

El comedor era tan grande que costaba distinguir dónde terminaba. Filas de mesas metálicas ocupaban casi todo el salón, perfectamente alineadas bajo un techo altísimo del que descendían decenas de lámparas. No había ventanas; solo concreto, acero y una iluminación tan intensa que eliminaba cualquier rincón donde esconder la mirada. El olor tampoco era el de un comedor ordinario. No había pan recién hecho, ni café, ni el aroma de un desayuno preparado por alguien; solo una mezcla de metal, desinfectante y comida caliente que parecía haber sido creada para alimentar cuerpos, no personas.




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