Fuego en el agua

   Capítulo: Adaptación

El enunciado «TODO PUEDE MEDIRSE» se borró de las treinta y dos pantallas al mismo tiempo. Durante un segundo, solo quedó el reflejo del patio y de nuestras filas uniformadas sobre el cristal negro de la fachada; después, una cuenta regresiva comenzó su descenso digital desde los treinta segundos.

Nadie entendía qué implicaba aquel margen. Un murmullo tenso recorrió los bloques. Algunos intercambiaron miradas de desconcierto y otros observaron a los instructores esperando una directriz, pero no llegó ninguna. Draven permanecía inmóvil, con las manos cruzadas detrás de la espalda, contemplándonos como si el simple hecho de hacernos esperar también formara parte de la evaluación.

Las cifras continuaban descontando el tiempo en los paneles superiores. Al alcanzar los quince segundos, el aire pareció volverse más denso en el patio. Noté cómo varios aspirantes cambiaban el peso del cuerpo de un pie al otro por puro nerviosismo. Alguien tragó saliva detrás de mí y otra persona respiraba con una rapidez excesiva. Yo mantuve la vista fija al frente; no por tranquilidad, sino porque comprendí que el Dominio ya nos estaba escaneando incluso antes de darnos la señal de salida.

A los cinco segundos, el silencio en el complejo militar se volvió estricto. El viento agitó las banderas negras sobre los bloques de hormigón mientras los treinta y dos tensábamos los músculos en simultáneo. Mi caja torácica vibraba con fuerza ante la inminencia del arranque.

Cero. Las pantallas cambiaron de golpe y una sola palabra ocupó toda la superficie: ADAPTACIÓN.

Un silbido electrónico agudo atravesó el patio. Al instante, una compuerta hidráulica situada al fondo comenzó a replegarse hacia el techo, revelando un trayecto que parecía no terminar nunca. No era una simple calzada de atletismo; era un circuito táctico complejo. Muros de concreto de distintas dimensiones, fosas de agua, redes suspendidas, vigas metálicas, rampas inclinadas, tramos de arena suelta y zonas cubiertas de barro denso. Cada obstáculo parecía calculado para exigirle al cuerpo un tipo de esfuerzo diferente.

La voz de Draven rompió la rigidez del ambiente a través de los altavoces:

Primera prueba. Cinco kilómetros. Treinta y dos obstáculos. Sin límite de intentos. El cronómetro ya está en marcha.

Nadie se movió durante la primera fracción de segundo, y entonces comprendimos la trampa: el tiempo de la evaluación había empezado a correr antes de que terminaran de explicarnos las condiciones.

Los primeros aspirantes rompieron la formación y echaron a correr. Yo hice lo mismo; quedarse estático en Helix equivalía a la eliminación inmediata. El impacto de treinta y dos pares de botas nuevas golpeando el pavimento liso retumbó por todo el complejo. En cuestión de instantes, el bloque compacto se fracturó en decenas de trayectorias distintas. Algunos salieron disparados como si la velocidad pura fuera suficiente para agotar el circuito, mientras otros elegimos un paso más controlado, dosificando el aire antes de enfrentarnos a la primera estructura.

Mantuve la respiración estable. Mi padre solía repetir que las carreras largas no las ganaban quienes salían con más prisa, sino quienes seguían pensando cuando los demás empezaban a desesperarse por la fatiga. El primer tramo era llano; no tenía sentido desgastar los músculos allí. Aceleré lo justo para mantenerme cerca del grupo de vanguardia, sin llegar a exponerme en la cabeza del convoy.

A ambos lados de la pista, las pantallas perimetrales comenzaron a iluminarse una tras otra. Ya no proyectaban únicamente nuestras identidades; ahora aparecían columnas de datos biométricos que fluctuaban varias veces por segundo: VELOCIDAD, FRECUENCIA CARDÍACA, TIEMPO y POSICIÓN GENERAL. Los números ascendían y descendían sin descanso, demostrando que Helix poseía tecnología suficiente para leer el rendimiento interno de nuestros cuerpos en tiempo real.

Levanté la vista apenas un par de centímetros para registrar mi panel:

KAEL VEYRON — SYLVA

POSICIÓN: 11

La cifra cambió casi de inmediato a la décima posición, y luego volvió a descender a la duodécima. Resultaba imposible estabilizarse; cada adelantamiento modificaba la cuadrícula entera.

Un muchacho del Sector Petra pasó a mi lado con una potencia impresionante, empleando una zancada violenta como si el recorrido fuera a terminar a la vuelta de la esquina. Su ventaja duró menos de un minuto: cuando intentó sostener la misma inercia en la primera pendiente, sus piernas flaquearon por la acumulación de ácido láctico. Tres participantes lo rebasaron antes de llegar a la cima de la rampa. La impaciencia en Helix cobraba intereses de inmediato.

Frente a nosotros se levantó el primer obstáculo real: un muro de hormigón de casi tres metros de altura que atravesaba la calzada de lado a lado. No había cuerdas ni apoyos, solo una superficie rugosa con pequeñas grietas donde buscar tracción. Los primeros aspirantes llegaron con demasiada inercia; uno de ellos resbaló al intentar impulsarse y otro chocó contra el borde superior, cayendo de espaldas sobre el suelo. Los gritos de frustración comenzaron a mezclarse con las pisadas secas del resto.

No interrumpí la marcha. Reduje la velocidad lo necesario para medir el impacto, apoyé de forma consecutiva ambas botas contra la superficie y mis manos encontraron una hendidura firme en la piedra. Impulsé todo el peso hacia arriba, quedé suspendido sobre el borde durante una milésima de segundo y me descolgué hacia el otro lado.

Al incorporarme, un pitido electrónico provino de los marcadores perimetrales. Miré de reojo: posición siete. Asimilé el dato con frialdad; la academia no evaluaba quién corría más rápido, sino quién poseía la capacidad de descifrar el obstáculo antes que el resto.

No tuve margen para seguir analizando los monitores. La segunda estructura apareció a escasos metros: una fosa de agua que seccionaba el circuito. No parecía profunda, pero el lodo denso que cubría las orillas convertía cada apoyo en una trampa de succión. Los primeros en llegar intentaron salvar la distancia de un solo salto; unos pocos lo consiguieron, pero la mayoría aterrizó mal y terminó hundida hasta las rodillas. El agua sucia salpicó en todas direcciones. Un aspirante perdió una bota en el lodo y otro cayó de bruces, siendo arrollado por quienes venían detrás. Nadie se detuvo a ofrecer asistencia, y no por crueldad, sino porque todos desciframos la misma regla al mismo tiempo: aquí, cada segundo de duda tenía un costo prohibitivo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.