El comedor permaneció en un aislamiento estricto; nadie hablaba. Solo se registraba el roce de los cubiertos contra las bandejas de acero y el zumbido constante de los sistemas de ventilación ocultos en las alturas del techo. Terminé el último bocado de mi ración sin apartar la vista del plato. Al otro lado del salón, Tristán seguía sentado frente a Lyra; no requería levantar los ojos para verificarlo, percibía su presencia con la misma fijeza con la que el organismo registra una vieja sutura cuando cambia el clima.
Un pitido electrónico agudo recorrió el espacio y las mesas vibraron apenas unos milímetros. Un segundo después, las estructuras metálicas comenzaron a deslizarse hacia el centro, arrastradas por un mecanismo de succión oculto bajo el material pulido. Los vasos desaparecieron de inmediato, seguidos por los cubiertos y los residuos orgánicos. En menos de veinte segundos, los treinta y dos bloques quedaron completamente desnudos. Ni una sola miga, ni una gota de agua residual; como si nadie hubiera ocupado el salón aquella tarde. El Dominio omitía cualquier disipación de tiempo, de movimientos o de silencios.
Las compuertas del comedor se replegaron en simultáneo, dando paso a los instructores de negro, quienes ingresaron estructurando dos hileras perfectas. Sus pisadas coordinadas resonaban con una sincronía casi mecánica. Draven apareció en la retaguardia, desprovisto de dispositivos de anotación; se limitaba a evaluar las filas con sus ojos gélidos.
—Convocados —su directriz atravesó el salón con su habitual frialdad—: En pie.
Las treinta y dos sillas se desplazaron al unísono. El chirrido del metal contra el suelo fue breve, pero bastó para que la rigidez ambiental volviera a contraerse. La tregua había concluido; aquella ración caliente no había constituido un beneficio ordinario, representaba el combustible técnico necesario para el siguiente bloque del proceso.
Administré el aire y me erguí. Durante una fracción de segundo, mis ojos volvieron a cruzarse con los de Tristán y ninguno desvió la mirada. Entre nuestras posiciones continuaban existiendo el paraje del lago, las promesas rotas y la traición que lo había demolido todo, pero Helix carecía de interés en los expedientes emocionales de sus aspirantes; la academia solo operaba para certificar cuál de los dos conservaría la estabilidad nerviosa cuando las pruebas hubieran agotado nuestras fuerzas. Fui el primero en romper el contacto visual, y no por haber cedido terreno en el desafío, sino porque descifré que sostener la fijeza de su mirada representaba exactamente la reacción que su arrogancia pretendía medir.
Me alineé junto a Aria, Noah y Daren. Los cuatro permanecimos estáticos mientras los oficiales comenzaban a coordinar el desalojo. Omitimos las preguntas sobre nuestro destino; en las instalaciones de Helix, las respuestas jamás antecedían a las directrices de marcha.
Abandonamos el comedor integrando dos filas simétricas. Los oficiales flanqueaban el convoy manteniendo un intervalo constante entre sus posiciones; carecían de armamento visible, pero nadie en el grupo albergaba dudas sobre su capacidad para neutralizar a cualquier infractor en una milésima de segundo. El tránsito resultó más prolongado de lo previsto: atravesamos galerías de hormigón desnudo, puentes elevados que conectaban los diferentes bloques militares y patios interiores donde contingentes de soldados ejecutaban maniobras con regularidad automatizada. Algunos marchaban cargando mochilas de gran tonelaje, mientras otros ensayaban combate cuerpo a cuerpo bajo la supervisión de oficiales vestidos de gris. Ninguno interrumpió la concentración de su adiestramiento para evaluar nuestro paso; éramos los elegidos de la Evaluación Nacional y, aun así, para la maquinaria de Helix no constituíamos más que otro registro transitando por los pasillos.
Finalmente, arribamos a una estructura circular. Las compuertas de acero se replegaron hacia los flancos y un anfiteatro colosal apareció ante nosotros. Las gradas descendían en anillos concéntricos hacia una plataforma central iluminada por un único proyector cenital de luz blanca. Sobre nuestras cabezas, una pantalla holográfica de varios metros de envergadura proyectaba el emblema plateado del gobierno.
Tomamos asiento acatando las indicaciones técnicas de los asistentes. Treinta y dos aspirantes para treinta y dos ubicaciones exactas; ningún espacio quedaba remanente en la matriz. Las luces del recinto disminuyeron su intensidad hasta que solo el núcleo de la tarima conservó la iluminación clínica. Draven descendió los últimos peldaños y ocupó el centro de la luz; no requirió amplificación acústica para que su voz colmara el espacio con nitidez:
—Hasta este instante, la totalidad de los exámenes ha perseguido un único criterio analítico —ejecutó una pausa estricta—: Descifrar su rendimiento como individuos.
El monitor holográfico mutó sus gráficos, revelando treinta y dos imágenes de registro distribuidas por la superficie, correspondientes a cada uno de nuestros rostros.
—A partir de este segundo... —las proyecciones comenzaron a desplazarse en la pantalla, amalgamándose y segmentándose en un bucle continuo—...el sistema interrumpirá la evaluación a título individual.
Un silencio de alerta se instaló en las gradas. Los treinta y dos retratos concluyeron su transición reagrupándose en ocho cuadrantes exactos, con cuatro identidades en cada bloque. Mi caja torácica experimentó una punzada de advertencia al verificar la distribución. Draven alzó los ojos hacia la formación:
—La resistencia individual posee un límite biológico ineludible; la eficiencia colectiva, no —apuntó hacia el monitor—. Desde este instante, competirán confinados en escuadrones de cuatro integrantes. Cada resolución en el campo, cada error técnico y cada acierto táctico será procesado de forma mancomunada. Si un elemento fracasa en el circuito, el equipo entero causará baja en el expediente.