Las luces del anfiteatro se apagaron. No fue un descenso gradual, sino un corte absoluto que sumió el espacio en una inmovilidad estricta. Durante un instante, el entorno dejó de registrarse en mi análisis. Después, una hilera de luces rojas comenzó a encenderse a ras del suelo, dibujando un único trayecto hacia una enorme compuerta de acero situada en la retaguardia del recinto.
—Escuadrones, en marcha. —La directriz automatizada resonó con una monotonía clínica.
Nadie vaciló. Los ocho equipos abandonamos el anfiteatro en silencio, siguiendo la guía cromática como si cada pisada hubiera sido calculada mucho antes de nuestro arribo a las instalaciones.
El corredor descendía de forma pronunciada y el aire se volvía progresivamente más gélido y desprovisto de humedad. Registré el aroma de la aleación metálica, el aceite industrial y, finalmente, el rastro de la salitre: nos estábamos aproximando al perímetro costero. Tras varios minutos de tránsito, el túnel concluyó de golpe, revelando la inmensidad de un hangar subterráneo excavado directamente bajo la roca madre.
Una opresión física me contrajo la caja torácica. Decenas de focos de alta potencia iluminaban una cavidad gigantesca donde grúas de varios niveles recorrían el techo transportando contenedores blindados, mientras plataformas mecánicas ascendían y se diluían en las sombras superiores. El estruendo coordinado de turbinas y compresores hacía vibrar el pavimento bajo nuestras botas.
Y en el núcleo del despliegue, nos aguardaba un coloso de acero negro. No presentaba el diseño ordinario de un buque ni el fuselaje de un transporte aéreo; constituía la fusión imposible de ambos engranajes. Su chasis blindado descansaba sobre una plataforma de inducción magnética, exhibiendo una proa afilada como la hoja de un bisturí y enormes propulsores orientables incrustadas en los flancos. El emblema plateado del Dominio ocupaba la práctica totalidad de la superficie, brillando bajo los focos como una advertencia explícita. Carecía de aberturas ópticas que permitieran evaluar el interior o registrar el exterior; era una fortaleza hermética calculada para el traslado de recursos... o de prisioneros.
Las gigantescas compuertas comenzaron a replegarse con un sonido tan grave que vibró directamente en el sistema óseo. El aire comprimido escapó del habitáculo, estructurando una densa bruma blanca que descendió lentamente hacia el suelo antes de revelar una rampa metálica.
Draven avanzó hasta posicionarse frente a los treinta y dos aspirantes. Su voz no requirió elevar el volumen para imponerse al rumor de la maquinaria; el silencio se instaló por puro instinto de preservación entre las filas.
—La fase de adaptación en Helix ha concluido. —Nadie apartó la mirada de su uniforme—. A partir de este instante...
El oficial ejecutó una pausa milimétrica y los dispositivos de nuestras muñecas traccionaron al mismo tiempo. El espectro verde de la mañana se borró, sustituido por una línea azul que recorrió el borde de la aleación antes de proyectar la interfaz:
MODO DE EVALUACIÓN OFICIAL ACTIVADO.
Registré un sutil incremento térmico en la muñeca, como si el propio algoritmo del gobierno acabara de sellar un grillete digital. Draven escrutó nuestras facciones: omitió las gesticulaciones de aprobación, limitándose a registrar la rigidez de las filas. Aquella sumisión parecía satisfacer el criterio de su evaluación.
—Cada resolución en el campo, cada segundo disipado y cada fallo técnico será procesado en el marcador de forma irrevocable. —Apuntó con la mano izquierda hacia el hangar—. Aborden el vehículo. El Umbral acaba de inaugurarse.
Los impactos de las primeras botas resonaron en la rampa de acero, multiplicando su eco en la cavidad hasta amalgamarse con el rugido de los propulsores. Ninguno de nosotros corrigió la postura para mirar atrás; Helix ya pertenecía al registro del pasado. Ascendimos en una secuencia coordinada. El metal vibraba bajo nuestros apoyos con una frecuencia constante, imitando la ventilación de una criatura antes de interrumpir el letargo.
Al cruzar el umbral principal, verifiqué que la arquitectura interna resultaba todavía más inmensa de lo que sugería el exterior: el chasis estaba segmentado en módulos aislados por gruesas paredes blindadas de alta resistencia. Sobre cada compuerta luminiscente destacaba la nomenclatura de una región: SYLVA. Un oficial de gris nos indicó el acceso de inmediato:
—Escuadrón Sylva. Ingresen al habitáculo.
La plancha de acero cedió con un silbido hidráulico. El espacio se reducía a un cubículo rectangular de aleación oscura, condicionado por una franja cenital blanca que recorría el techo. A ambos lados se alineaban bancos anclados al piso y, en el centro, un monitor apagado ocupaba la totalidad de la pared frontal. Omitía aberturas ópticas o cronómetros mecánicos; resultaba inviable determinar si permanecíamos bajo la roca o si el convoy ya navegaba sobre el océano abierto.
La compuerta se bloqueó a nuestra espalda y el estruendo de los cerrojos electrónicos resultó definitivo. Éramos cuatro identidades confinadas en una caja de acero que tasaba cientos de toneladas.
Noah liberó una exhalación lenta, intentando regular su postura.
—Este confinamiento proyecta una opresión superior a la de la celda hidrostática.
Nadie recurrió a la distracción de una risa; todos procesábamos la misma variable. Aria examinó los vértices de la estructura con la mirada.
—No existen vías de evacuación secundaria —anunció.
Daren apoyó la palma de la mano sobre el material frío.
—Porque el sistema no contempla la posibilidad de un retiro voluntario.
Antes de que pudiera formular un análisis, una vibración profunda se propagó por la estructura del módulo, forzando a las luces cenitales a parpadear durante una fracción de segundo. Una segunda inercia, considerablemente más violenta, estremeció el acero y los propulsores incrementaron su rugido hasta transformarlo en una fuerza física que nos inclinó sutilmente hacia atrás. El transporte había iniciado la marcha.