Con mi magia confirme que Macy permanecía en sus habitaciones, así que fui hasta mi lecho presa de un agotamiento inusual. Mis pesados párpados cayeron, ignorantes de la fría amargura que apresaba mi pecho, y pronto mis sueños se fundieron con el recuerdo compartido por Noemia, en una pesadilla que no me dejaba escapar.
Solo pude abrir los ojos cuando una doncella llamó a mi puerta, trayendo la cena consigo. Antes de que se retirara, le pedí asegurarse de que Macy comiera algo, y volví a intentar centrarme en una pila de informes sobre el escritorio.
Largos minutos transcurrieron… y al final me rendí.
Cogiendo papel y una pluma, comencé a escribir el informe correspondiente a la misión, detallando cada paso y suceso tal y como los recordaba. Excluyendo, por supuesto, la mezcolanza de emociones y recuerdos que me embargaron.
Una vez firme con mi rango y nombre, sentí un cansancio profundo que arañaba mis músculos y cerraba mis párpados. Pese a que no tenía intenciones de dar pase a más pesadillas. De alguna forma, todo se había acumulado y no sentía fuerzas ni ánimo para lidiar con la realidad.
Quería cerrar los ojos y que todo pasara sobre mi.
Así volví al lecho, dormitando entre las pesadillas y el desprecio hacia mi mismo.
Cuando amanecía, la sentí moverse por la habitación. Me levanté entonces, pidiéndole a Deiw Dyheu un poco de fuerzas para continuar ese día sin mayores contratiempos.
Seguí a Macy hacia el atrio, como ya era un tanto habitual, donde esas primeras horas se dedicó a entrenar, pese a que Lesson… Lexuss, no se hallaba presente. Luego fue con Hazel y le ayudó con los preparativos del baile, mientras me ponía al corriente a manos de algunos de mis idiotas Comandantes. Cuando pensaba que no vería a Lexuss hasta el baile, apareció a mi lado.
—Los invitados ya se encuentran esperando en sus habitaciones y los salones. Cualquier amenaza contra la seguridad de la familia real ha sido evaluada, y las medidas a tomar ya han sido informadas a cada soldado asignado… —decía, pero le interrumpí.
—Lexuss, tenemos…
—Todo listo y dispuesto para esta noche… —continuó, con su mirada evadiéndome.
—Tenemos que hablar —insistí.
—Incluso la tiara para Amace se halla bien custodiada…
—¡Lexuss! —le gruñí.
—¡No me llames así! —Me gruñó de vuelta, frunciendo el ceño con un brillo en los ojos que contrajo mi estómago—. Y no tienes derecho a exigirme que le diga a Macy.
Incapaz de refutar aquel doloroso hecho, le vi marcharse. Posiblemente, más enfadado de lo que yo llegué a estar con él.
No fue hasta que me hallaba en las puertas principales del gran salón de baile, con la noche cerniéndose sobre Radwulf y Macy paseando entre la gente, que logré apartar mis pensamientos de Lexuss. Algo más apremiante necesitaba de mi atención.
—Al parecer, Tyrone no escuchó la advertencia del rey —dijo Garb a mi lado—. Desde ayer ha preguntado varias veces por ella.
Apenas me contuve de maldecir, gruñendo internamente mi desprecio por el sujeto. Estaba más que harto de él y su afán de meter la nariz donde no era bienvenido.
¿Tanto le complace que Macy ignore su parentesco con el Traidor?
Inhale y exhale, aferrándome al hecho de que la gente me observaba.
—Ve, y pon al tanto a su majestad, a Hazel y Lesson —le ordené, sonriendo levemente a Lady Maica y Lord Meir, quienes se dirigían hacia mí desde la entrada.
—¿Yo? —inquirió, señalándose con el ceño fruncido.
Le di una mirada a segundos de descargar mis frustraciones en él. Para su fortuna, su cerebro le obligó a dar media vuelta y correr lejos del peligro.
—Buenas noches, General. —Me saludó Lady Maica, arrastrando a su esposo hasta mi lado.
—Buenas noches, Lady Maica, Lord Meir —respondí con cortesía, y el mayor estoicismo de que fui capaz.
A medida que los minutos avanzaban, el salón se fue llenando de gente y la música se superponía sutilmente a las pláticas en cada rincón. Mientras un agujero se abría en mi estómago.
Ambon perdió la razón.
Observaba a Macy desde el otro lado del salón, cuando Lexuss se le acercó sonriente. Ella le devolvió el gesto, inclinándose en su dirección tan inocente… tan ignorante de quién era la persona que recibía de brazos abiertos.
Menos de un minuto después bailaban entre la multitud, deslizándose con suaves pasos en una sincronía que me supo agridulce. Son hermanos. Cualquier pensamiento tonto que hubiese atravesado mi cabeza respecto a ellos, entonces me pareció una soberana estupidez. Un despiste que sin duda me convertía en un tonto, un ciego, un cretino…
Al fin, agregándole más tensión a mi cuerpo, la música cesó y todos los presentes dejaron lo que hacían para contemplar la llegada de Ambón y Hazel.
Elegantes y deslumbrantes, fueron recibidos por una reverencia general, y con sonrisas, algunas más hipócritas que otras. Estaban presentes un puñado de nobles representando a cada ciudad, junto a agricultores, carniceros y comerciantes varios, de orígenes humildes que habían destacado en sus ciudades no solo por el valor mostrado durante esos diez años. Todos felicitaban a la pareja por su pronta unión, llenando sus oídos con buenos deseos…