Fuego en mis venas (radwulf #2)

CAPÍTULO XIX

El pobre Gustav parecía haber sido golpeado en una zona terriblemente sensible, pero se disculpó con Harbs a regañadientes y arrastró a su esposa de una mano, lejos de todo y seguramente para una larga discusión… Problemas maritales, que extinguieron mis diminutas ganas de golpear cabezas.

Me retiré del atrio junto a Macy, siendo seguidos por Garb, Wills, Jahid, Kayle y, por supuesto, Harbs.

—Nunca más intentaré ayudar a una mujer —lloriqueo Harbs.

—No digas eso —le dijo Garb, con el tono propio de un regaño paternal.

—Exactamente. La gente no tiene la culpa de que te topes con depravadas e infieles —agregó el idiota de Wills.

—Wills —gruñí deteniendo mis pasos. Di media vuelta y les observé, deteniéndome en Harbs—. Es deber de un soldado ayudar a todo ciudadano, sea quien sea, donde y cuando sea. No podemos darnos el lujo de escoger.

Los grandísimos idiotas sonrieron, como si hubiese dicho algo gracioso y no les estuviese recordando la parte fundamental de pertenecer a la armada. Antes de que pudiera quejarme, se formaron lado a lado y colocaron sus manos derechas sobre el corazón.

—¡Sí, General! —corearon fuerte y claro.

No pude evitar removerme, incómodo, ahogándome en la culpa. No merecía su respeto, ni que me siguieran de ninguna forma.

Maldición.

—Largo —les ordené con brusquedad.

Tuvieron el descaro de reír mientras se alejaban, dispersándose en diversas direcciones.

Macy oculto con una mano su sonrisa, recordándome ese profundo deseo de ser la causa y el receptor de ella. Un deseo tan estremecedor, pero que venía envuelto en las ansias de ser perdonado, en conseguir aplacar la culpa por todo lo terrible que se vio obligada a vivir. Por no ser capaz de protegerla como tantas veces prometí… por olvidarla.

En silencio, y tras un largo minuto, ella dio unos titubeantes pasos hacia el palacete.

—Amace… —dije, deteniéndola.

Volteó, sus ojos vagando nerviosos mientras jugaba con su boca, casi distrayéndome.

—¿Si? —murmuró, mientras yo daba pequeños pasos en su dirección, obligándome a mantener mis ojos en los suyos.

Lexuss insistió en que hablara con ella.

—Demos un paseo. —Medio pregunté, sonando áspero a mis propios oídos.

—Claro —murmuró, viéndose más relajada.

Continuamos andando por las calles con tranquilidad, alejándonos sin prisa del palacete. Las personas con que nos cruzábamos, nos dirigían miradas curiosas, así como los soldados, que también nos saludaban inclinándose con una mano sobre el corazón. El ajetreo habitual nos envolvía, junto a la brisa impregnada con aroma a tierra húmeda y pan.

Una dulce voz femenina llegó a nosotros luego de unos minutos, entonando una familiar canción que reavivó ciertos recuerdos.

«Verás que pronto el día vendrá…»

Ingresamos a un callejón, justo cuando las nubes se apartaron permitiendo que la luz del sol me imbuyese algo de valor. Alce la mirada al azul del cielo y dije;

—Gracias por venir sin dudar.

—Cualquier cosa es mejor que las quejas de esos tres —soltó sin más, como si no hubiera razón para que alguien se preocupara de ella.

—¿No crees que tengan razones para preocuparse? —le pregunté molesto, encarándole.

—Estoy bien…

—Macy —gruñí—. Al menos procura alimentarte bien.

Frunció el ceño con una mueca. Seguramente ya cansada de oír lo mismo una y otra vez.

—Lo sé. Intentaré no preocuparlos —murmuró, dirigiéndose a la fuente poco más allá.

Suspiré, siguiéndola un poco a regañadientes. Paseó su mirada por la desgastada piedra, rodeada de matorrales muertos y cubierta por una capa de polvo y moho.

—Amace —le llamé.

Ella volteo, provocándome un escalofrío ante el fantasma de un recuerdo. Su perfil enmarcado por la luz del sol, las sombras del cansancio bajo sus ojos…

Dioses, si pudiera arreglarlo todo…

—¿Si?

—Yo… —Me detuve a un par de metros de ella, buscando las palabras que tantas veces quise decirle—. Yo…

—¿Qué ocurre? —preguntó, inclinando un poco la cabeza en una clara señal de su curiosidad.

Sacudí la cabeza y fruncí el ceño, dando un breve vistazo a nuestro alrededor. Estábamos solos, y eso fue una sorpresa.

—Suelen… interrumpir... cuando intento… —balbuceé, rascando mi nuca un poco más que ansioso.

—Oh, ya veo… —murmuró—. Bien, dime.

Se sentó al borde de la fuente, centrando su atención en mí. Sin poder deshacerme de la inquietud, me acerqué paso a paso, desviando la mirada más allá de ella antes de soltar un suspiro, cansado. No era la única oportunidad que se había presentado, pero si a la que me aferre como si mi vida dependiera de ello.

La encaré, anclando mis pies a un par de pasos, y simplemente lo dije;

—Lo siento.

Sus claros ojos brillaron por lágrimas, mientras parpadeaba con insistencia, sin duda, intentando apartarlas. Su respiración temblorosa y profunda.

—Yo… no fui capaz de ayudarte —continué—. Me centré en la rabia y negué cualquier recuerdo de nosotros… Macy. —Di los últimos pequeños pasos que nos separaban y me arrodille frente a ella—. Lo siento, Macy. Lamento tanto no haberte protegido…

No quería ser egoísta, pero aún viendo un atisbo de enfado sobre el dolor en sus ojos, aún queriendo hacer lo mejor para ella, necesitaba su perdón. Quería una oportunidad de reparar mis errores.

—¿Crees que puedas perdonarme algún día? —le pregunté, sosteniendo sus manos entre las mías, sintiendo su pulso en las puntas de mis dedos—. ¿Crees que podríamos, algún día, volver a ser amigos?

La pequeña eternidad que fueron para mi esos segundos, me tensé sintiendo una negativa antes de oírla.

—No hay nada que perdonar, Clim —dijo al fin, sorprendiéndome—. Éramos niños. No estaba en nuestras manos evitar que el mundo cayera en pedazos, ni podíamos predecir que sería de nosotros…

Iba a protestar, tenía las palabras en la boca cuando deslizó sus dedos por mi barbilla, estremeciéndome.




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