Fuego en mis venas (radwulf #2)

CAPÍTULO XX

Al amanecer, ella montó su corcel rodeada una vez más por sus escoltas. La carta con las órdenes para el escuadrón asentado en Quajk, ondeaba entre mis dedos mientras me acercaba a ella. El miedo agujereando mi estómago.

—Bien —dije, intentando mantener una ligera sonrisa en mis labios—, todo listo. Solo procuren volver a salvo.

Le di el sobre evitando que nuestros dedos se tocaran. Las ansias en sus ojos, recordándome que estaba mejor, que su control poco a poco regresaba.

—Por supuesto —murmuró.

Segundos después, tendió la carta a Alton, quien rápidamente ocultó su sorpresa y la guardó en su abrigo sin decir nada. Lo normal habría sido que el soldado de mayor rango en el grupo la llevara. Lexuss, para el caso. Pero no estaba en mi cuestionar las decisiones de Macy, ni darle mayor importancia a una salida por asuntos civiles.

—Que los Dioses les acompañen. —Me despedí, dando un paso atrás para permitirles avanzar.

Sin más, salieron del establo espoleando sus corceles. Les seguí con la mirada hasta perderlos de vista más allá de la siguiente calle. No obstante… permanecí de pie en medio del establo tras el palacete. Mis sentidos extendiéndose más allá, hasta su fría esencia. Con solo cerrar los ojos la hubiese podido vislumbrar, casi podía jurarlo.

Pero me obligué a dar un paso atrás, y continuar con mi día como si no estuviese buscándola por los rincones. Como si no anhelara escuchar su risa, aunque esta fuera causada por alguien o algo más.

—¿General? —inquirió Gale, llamando mi atención.

Por su expresión, deduje que me había hablado más de una vez.

—Lo siento, ¿qué decías?

—¿Se siente bien…?

—No me respondas con una pregunta, Gale —le corte.

Rodó los ojos y suspiró, pero retomó el tema.

—He mantenido mis ojos y oídos atentos, como me pidió. Y lo único que puedo informarle por el momento, sin asomo de duda, es que Lady Amace mantiene constante correspondencia con Lord Tyrone.

—¿Con Tyrone? —Medio gruñí, apenas logrando contener el impulso de ponerme de pie y… hacer algo al respecto.

¿El qué?, ni idea.

—Si. Me gustaría tener más información al respecto, pero…

—Descuida, no te pediría cometer un crimen en mi nombre —murmuré, comenzando a sentir punzadas en la nuca.

—¿Un crimen? —jadeó—. Con todo respeto, General. No estoy tan loco.

Su tono quejoso casi me hace sonreír.

—Fuera —gruñí.

Le vi salir de mi despacho y pasar junto a Kayle, quien me miraba con una expresión extraña antes de ingresar.

—General, ¿puedo preguntarle algo? —inquirió.

No podía siquiera imaginar de qué quería hablar, pero asentí masajeando con una mano mi nuca. El dolor de cabeza y la ausencia de Macy eran como ácido en mi garganta, y el saber que el imbécil de Tyrone no había escuchado mi advertencia…

—Bueno, el solsticio se acerca, y recordé que hace unos años —señaló su cabeza con un ademán— el maestro Lesson mencionó, durante una comida, que usted y Lady Amace nacieron ese día.

Una puñalada habría dolido menos.

Con sólo recordar cada cumpleaños sin ella, los planes que teníamos para el décimo, todos esos años que Hazel me insistió en que al menos aceptase su compañía durante ese día…

"Nadie debe estar solo en su cumpleaños".

—¿A qué quieres llegar con eso? —le pregunté, evitando sacar conclusiones.

—¿Está de acuerdo con que les diga a los demás? —preguntó, tan serio como nunca le había visto.

—No me parece necesario ni prudente, apenas es el primer solsticio de verano desde el Traidor…

—Por eso mismo, y porque su excelencia ya ha comenzado a ganarse el aprecio de la gente. Esto podría acercarle más al pueblo, que le vean como alguien más humana y menos como…

—La bruja del hielo —le corté—. Entiendo tu punto de vista, Kayle, pero no me parece prudente que Lady Amace se exponga de esa forma.

—Comprendo, señor.

—Así que, por favor, no se lo menciones ni a un alma —Mi petición pareció tomarlo por sorpresa.

Siempre puedes ordenarle mantener la boca cerrada.

No obstante, no tenía ganas de darle una orden, por extraño que se viera en mi.

—Está bien, mi General. Solo espero que lo reconsidere en unas semanas —dijo, y tras despedirse con la palma sobre su corazón, se marchó cerrando las puertas.

Soltando un quejido recargue la espalda en la silla, intentando, como nunca, mantener el ánimo. Una parte de mi deseaba regresar a la cama y dejar que el día pasara sobre mi, esperar en la dulce inconsciencia a que Macy volviera.

Tal vez no sea tan malo.

Quizá ambos podríamos disfrutar de un cumpleaños normal.

¿A quién pretendía engañar? Mis pensamientos, en ese momento, no dejaban de ser egoístas. Quería tanto regresar a lo que fuimos, volver a ser ese niño tan lleno de anhelos. Un niño muerto hace tanto.

Concéntrate, pedazo de idiota. No tienes tiempo para llorar por tus errores.

Al atardecer paseaba por el salón principal con la ansiedad carcomiendo mi poca paciencia. Hasta que la sentí, más y más cerca por segundos, tan fría y reconfortante como nunca.

—Lyssa, Cyna —las llamé, sabiendo que me escucharían desde el pasillo en que paseaban nerviosas.

Lyssa se asomo con mala cara.

—¿Qué? —gruñó.

No tenía ni la menor idea de porque se mostraba tan molesta conmigo. Pero bueno.

—Macy llegará en unos quince o diez minutos. Deberían…

—Prepararle un baño y subir su cena. —Me corto—. Conozco mi trabajo, General.

Sin darme tiempo a superar el desconcierto, salió llamando a Cyna y se dirigieron a la cocina. No entiendo cómo Lesson la soporta, pensé, dejándome caer en el sofá más cercano. El dolor del golpe reverberando en la condenada jaqueca.

Debería descansar en mi cama.

Los minutos avanzaron en un lento y tortuoso compás, hasta que la sentí ingresar a la ciudad. Solo entonces me puse de pie y salí por las puertas principales, deteniéndome a medio camino hacia su encuentro.




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