Dediqué casi todo aquel día a poner en orden los asuntos pendientes de mayor urgencia, repitiendo la vaga excusa “la Virreina se halla indispuesta”... al punto en que casi podía creerlo. Gracias a las constantes visitas de Cyna, quien me mantuvo al tanto de su estado cada que traía algún bocadillo o té a mi oficina, pude mantener controladas las ansias de dejar todo e ir a su lado.
Hasta que cayó la noche.
La facilidad con que Tyrone había dejado de insistir, me llevó a la necia decisión de dormir en el incómodo sofá una segunda noche. Y la siguiente a esa.
Si no despierta pronto…
Sacudiendo mi cabeza, aparté los pensamientos pesimistas.
A la mañana siguiente, me hallaba sentado a su lado, sobre la cama, sosteniendo su fría mano entre las mías. Di un vistazo a las puertas abiertas antes de inclinarme y deslizar un dedo por su mejilla, apartando así unas hebras de su fino cabello. Pese a su acompasada respiración, no podía dilucidar si Macy tenía un sueño tranquilo o... al contrario. Sólo las sombras bajo sus ojos y la falta de reacciones al sostener su mano, dejaban en claro que estaba en un punto delicado.
La “magia” es caprichosa, podría haber estado agonizando mientras se veía saludable y fuerte.
Suspiré y solté su mano... pero para mi sorpresa, sus dedos se cerraron con fuerza, mientras dejaba salir de su garganta un ligero quejido.
—¿Macy? —le llamé con voz ronca.
Sus párpados temblaron, mas no abrió los ojos.
—Macy, cariño —insistí, apretando sus manos en busca de alguna otra señal.
Sin embargo, tras largos minutos, permaneció tan inerte como había estado esos tres días.
—General, le necesitan en su oficina —dijo Lyssa desde las puertas.
—Si... gracias.
Con un último apretón deje ir su mano y me puse de pie. Podría haberme equivocado, pero…
—Puede que despierte hoy —le dije a Lyssa, mientras pasaba a su lado.
—¿Qué?
—Ah, y por favor, pídele a Lesson que pase por mi oficina en cuanto pueda —agregué ignorando su sorpresa, antes de desaparecer por el pasillo.
Eso de una hora después, Lesson se asomó por las puertas abiertas de mi oficina. Mantuve mi mirada sobre él hasta que apartó la suya. No habíamos intercambiado palabra alguna durante esos días, y con justa razón. Revelar su secreto a otros fue un error.
—Entra y cierra —le dije.
Titubeó, pero lo hizo y fue a sentarse en la esquina más alejada del largo sofá colocado a mi derecha. Reprimiendo mi fastidio, deje a un lado el tedioso papeleo y fui a sentarme en el otro sofá, frente a él.
—No me interesan tus disculpas —gruñó, cortándome antes de lograr formular una frase.
—Lo sé. Pero aún así... lo siento. Sin excusas, jamás debí decir…
—¡Detente! —Gruñó, saltando fuera del sofá—. Si no se trata de trabajo, no me llames.
—¡Lexuss! ¡Esto no sólo es sobre ti, Macy está en medio! —Gruñí de vuelta, y se detuvo a medio camino hacia las puertas—. ¡¿Pretendes ocultárselo hasta tu último aliento?! ¡Si lo escucha de alguien más será peor para ti!
—¡Lo sé!
—¡Entonces busca el momento para decirle...!
—¡No es tan fácil, Clim!
Volteó de golpe, enfadado como pocas veces le vi. Mordí mi lengua y bajé el tono tanto como pude.
—Enfrentaste enormes y voraces monstruos, ¿pero no puedes enfrentar a tu hermana mayor? —inquirí.
—No te burles…
—No me burlo, al parecer... es la realidad —Bajo la mirada comenzando a rascar su brazo derecho—. No te odiará…
—No lo sabes.
—Lo sé —refuté—. Macy es incapaz de odiar. Puede molestarse, llorar y despotricar unos días. Pero nunca sentirá “odio” por ti.
—Clim…
—Sólo ve reuniendo coraje para hacerlo. Aunque me gustaría una explicación, todavía eres mi amigo y no quiero presionarte más. Esperaré a cuando te sientas cómodo hablando de ello.
—Bien…
—Lesson. —Espere a que alzara el rostro y sus ojos dieran con los míos antes de concluir—; No quiero pelear.
—Ni yo.
—Entonces... ¿aceptas mis disculpas?
Le tendí una mano esperando que la rechazara, pero él dio un gran paso hacia mi y medio sonriendo, con ojos brillantes, la estrechó.
Un apretón que brindó algo de alivio a mi corazón.
Durante el atardecer del tercer día, después de estar inconsciente más de cuarenta horas, Amace finalmente abrió los ojos. Me fue informado a boca de Wills, quien abrió las puertas de mi oficina de golpe esbozando una sonrisa.
Por un momento me pareció verle agitar una cola, esperando mi reacción sin perder la alegría.
—Bien —dije con sequedad, cosa que por breves segundos menguó su alegría.
—Oh, vamos mi General. Sé que le alegra la noticia —berreo, recuperando la sonrisa antes de agregar un—; quizá ver su rostro le quite el mal humor…