Primero que nada, me encargue de imponer los castigos correspondientes sobre aquellos soldados que habían irrumpido en las habitaciones de Amace sin una orden. Dado que se trataba de la Virreina, lo que correspondía era una expulsión deshonrosa y una temporada en prisión. Pero lo consulté con ella, y dado que fueron presionados por terceros, reduje su castigo a un año de sueldo reducido y degradación de rangos.
No me sentía conforme con ello, sin embargo… no deseaba discutir con ella.
Los siguientes días intente mantener las distancias. A mi parecer, Macy se sentía tan asustada, que su enfoque en el trabajo bien pudo ser la razón que le permitió pasar esos días sin colapsar. Mis deberes me permitieron ir y venir de la oficina, dándole un espacio medianamente privado para trabajar.
—¿No sería mejor colocar un segundo escritorio? —me preguntó Gale una mañana.
Sopese mi respuesta, mientras terminaba de atar los cordones de mis botas. La abrumadora verdad era algo que debía manejar con cuidado.
—Solo será por un tiempo, no hace falta complicarse con el mobiliario…
—Pero la comodidad de la virreina…
—Si se sintiera incómoda, sus doncellas ya te habrían hablado de ello —insistí, y tras acomodar los puños de mi abrigo salí al pasillo con él tras mis pasos.
—Sé que a usted no le molesta, que prefiere no estar anclado a un escritorio…
Me detuve a pocos metros antes de alcanzar las puertas de mi oficina, flanqueadas por sus guardias, y volteé esperando que terminase de soltar todo aquello que parecía perturbarlo.
—¿Qué? —gruñí tras un largo minuto.
—Se está difundiendo el rumor de que son amantes.
Amantes… ¿Amantes?
—¿Quienes?
—Su excelencia y usted.
Sacudí la cabeza y presione entre mis ojos, sintiendo un repentino dolor detrás de ellos.
—Ah… —suspiré, queriendo gritar algunos insultos a semejantes idiotas—. ¿Cyna y Lyssa lo escucharon?
—Si.
—Excelente —murmuré con agrio sarcasmo.
—Por eso… quizá… —dijo titubeante—. ¿Sería mejor que su excelencia no utilice esa habitación?
—¡No!
Mi dura negativa resonó por el pasillo. Podía sentir las miradas de Alton y Verha, y ver la sorpresa de Gale. Evite su mirada y dije con la mayor calma que pude;
—Por el momento, no. Déjalo estar.
Continué mi camino, yendo más allá de la oficina y la incomodidad. El frío aire golpeó mi rostro, contrastando con el rebelde calor que se acumulo en mis mejillas y nariz.
Regresé a mi habitación luego de correr, eso de una hora, por la sala de entrenamiento en las catacumbas. Una enorme caverna vacía, a excepción de un puñado de cajas apiladas en un rincón, llenas de armaduras y armas medio oxidadas. El polvo se había pegado en todo mi cuerpo y ropas gracias al sudor, por lo cual me di un rápido baño y cambié mi atuendo antes de que me viera Gale. No tenía ánimos para sus regaños.
Continué entonces mi día, fingiendo que nada de lo discutido con Gale había sucedido, e ignorando las miradas de Verha y Alton cada que entraba y salía de la oficina. Macy continuaba centrando su atención en los informes, bajo el atento cuidado de sus doncellas. No parecía interesada en lo más mínimo en mí, ni me atreví a preguntarle a ninguna de ellas sobre el maldito “rumor”.
Fue en la tarde, después de la hora del té, que regresé a la oficina y fui víctima de su insistente mirada.
—¿Qué ocurre? —le pregunté, frunciendo el ceño cuando alcance el escritorio.
—Na… —cerró la boca de golpe, y dijo una sola y molesta palabra—; Piratas.
Maldije y alcance mi montón de documentos pendientes junto al escritorio, hurgando hasta encontrar la única carta marcada como “urgente”, proveniente del escuadrón asentado en Quajk. Hasta la reapertura del puerto, tenían la misión de custodiar los restos de la ciudad. Rápidamente rompí el sello y leí el contenido; piratas habían logrado hacerse con el control del puerto y se desplazaron hasta bloquear la cueva que conecta la ciudad con el acantilado.
No pude contener una colorida maldición.
—Hay que hacer algo enseguida —dijo.
Asentí lentamente, mientras doblaba la carta y la guardaba en mi abrigo.
No me gustó su tono…
—Si… iré a encargarme de los piratas.
—No. Yo me encargaré de esto —dije cortante.
—Pero…
—Ningún pero, Macy. No existe forma de que tu presencia en Quajk sea bien recibida.
Quise darme un puñetazo al verla hacer una mueca y bajar la mirada. No había sido mi intención lastimarla con mis palabras, por muy ciertas y sensatas que pudieran ser. Rodee el escritorio, voltee su silla hacia mí y me arrodille intentando sonreír.
—Sé que quieres ayudar, lo entiendo. Pero sabes que tal y como están las cosas, es mejor que permanezcas en el palacio —le dije intentando transmitirle mi sinceridad, y alcance sus temblorosas manos.
Sus claros ojos siempre fueron capaces de verme, pero en ese momento titubeaban, llenos de incertidumbre, tristeza y miedo. Sentimientos que de un segundo a otro se esfumaron tras una pequeña sonrisa, justo antes de que se inclinara hacia mí, ocultando su rostro contra mi clavícula.
Por inercia la abrace, estrechándola tan cerca que fui capaz de sentir su frío bajo las capas de ropa. Un ligero aroma a arándanos acarició mi nariz, arrastrándome hacia los agridulces recuerdos, hasta esos inocentes momentos en que sostuve a Macy con mi anhelante corazón latiendo contento.
¡¿Qué haces?!
Me estremecí, golpeado por la fría realidad.
Descarado.
Aparté a Macy sosteniendo sus delgados hombros, mientras le dirigía una sonrisa que, esperaba, ella notase sincera.
—Yo… —titubee, aferrándome con uñas y dientes a la lógica—. Voy a hablarlo con su majestad.
Me puse de pie y sin esperar su reacción, apresuré mis pasos hasta estar fuera de la oficina. Solo entonces pude respirar profundamente, sacudiendo los recuerdos.