Fuego en mis venas (radwulf #2)

CAPÍTULO XXXII

En contra de todos mis deseos, regresé a mi oficina y enterré mi cabeza en el papeleo pendiente. Buscando alejar mis pensamientos de la profunda preocupación por ella.

Macy…

La noche se cernía sobre Radwulf cuando finalmente fui a la cama. Sin embargo, el sueño me fue esquivo. Cuando cerraba los ojos, el cansancio acumulado arrastraba mi conciencia al dulce olvido… Sin embargo, saltaba de vuelta a la realidad con los gritos que atravesaban la oscuridad.

No eran gritos reales, estaban en mi mente.

Los latidos de mi corazón tardaron varios minutos en volver a la normalidad, por lo que, al amanecer, apenas había conseguido un par de horas de verdadero descanso. Regresé a la oficina antes de que Gale apareciera, intentando olvidar las pesadillas. Ni siquiera me atreví a nombrar esos fantasmas, demasiado abrumado por mis emociones y el cansancio.

—General —gruñó Gale desde las puertas, rompiendo en pedazos mi concentración—. Prepárese, su majestad ordenó que todos los Bletsun dentro del palacio vayan a desayunar con él.

Arrojó sobre el escritorio la pila de ropas que cargaba, sin darme tiempo a quejas. Salió y regresó con una jofaina y una fuente, y me instó con el ceño fruncido a que cambiase mis ropas rápido. A regañadientes le obedecí, sin siquiera quejarme por el pañuelo y los zapatos que escogió, y me lavé el rostro y las manos en medio de sus quejas por arrugar la camisa y mi cabello “incorregible”.

Me dirigí entonces a la antesala del comedor privado de la familia real, reuniéndome con casi todos los Bletsun que en ese momento permanecían en el palacio. Todos, excepto Macy.

El rey y la reina nos hicieron pasar, y nos sentamos en nuestros lugares asignados. A la derecha de Ambon, se sentó Noemia y yo a su lado, mientras que enfrente de mí tomó asiento Drave, dejando libre el asiento a la izquierda del rey. Me sentí tentado a excusarme con él e ir en busca de Macy, pero ella llegó poco después.

—Buenos días —saludó, inclinándose ante Hazel y Ambon antes de tomar asiento.

Todos los hombres nos pusimos de pie, dándole la bienvenida. Sus mejillas se veían ligeramente rosadas, coronando una pequeña sonrisa que mantuvo mientras se acomodaba en su lugar, y la atención de todos caía sobre ella y Ambon.

—¿Ha descansado lo suficiente? —le preguntó él, tras indicar con una seña que comenzarán servir.

—Si, más que suficiente —le respondió ella.

El susurrar de los platos al ser dejados sobre la mesa, el chapoteo de las bebidas al ser servidas y la ligera plática entre todos, algunos más que inquietos, fue fluyendo con ligereza.

Drave le hablaba sobre la comida en los platos, señalando las miles de propiedades benéficas de cada alimento. Entre tanto, Noemia comentaba con al rey sobre el proyecto del nuevo medio de transporte llamado “tren”, originario de Brynn, que parecía una idea capaz de mejorar la vida de todos sus ciudadanos. Y Hazel, en la otra punta de la larga mesa, mantenía una entusiasta charla con todos sobre las últimas bodas celebradas en la ciudad, en las que se hizo habitual que las parejas arrojaran pequeños ramos de coloridas flores de madera.

No sentía el menor interés en esos temas. Aunque escuchaba todo, sólo era un intento de mantener mi atención lejos de Macy. Ella no parecía afectada por lo ocurrido el día anterior, pese a que yo sabía, ella no podría vivir tranquila después de ser consciente de la realidad.

Y eso me perturbaba.

Su majestad dio por terminado el desayuno, todos nos pusimos de pie y abandonamos el lugar dispersándonos. Pese a tener mis ojos puestos sobre ella, Macy casi me deja atrás.

—¡Amace! —le llamé, corriendo a su encuentro cuando la vi en el pasillo.

Alton y Verha la escoltaban, por lo que al alcanzarles no me detuve. Sostuve su mano y la jale conmigo hacia el siguiente pasillo, mientras les daba una mirada que les congeló en el lugar.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Me detuve, fuera de las miradas indiscretas, y susurrando una oración solté su mano y la enfrente.

¿Finge estar bien?

—¿Segura que estás bien? —le pregunté, removiéndome inquieto.

—Si, sólo… necesito algo de tiempo y ocuparme de mis deberes —respondió.

El tono desinteresado con que soltó esas palabras y la desgana que dejó entrever, erizo mis nervios.

—¿Qué? Sé que debo confiar en mi misma. Ya no soy una niña, puedo continuar con mi vida sin desmoronarme por algo así —insistió, repitiendo palabras que no sonaban a ella—. Gracias por preocuparte, Clim. De verdad, no te imaginas cuan agradecida que estoy de que podamos ser amigos otra vez.

El pasillo se sintió frío bajo el peso de esa sola palabra.

—¿Amigos? —murmuré, queriendo golpear a mi yo del pasado.

¿Qué pasaría si Amace se casa con alguien como Tyrone?

—Si… —titubeó—. ¿Te parece si charlamos de esto luego? Quiero…

Sin recordar todas las razones por las que no debía, sostuve su rostro y la besé. Estremeciéndose, tantee sus labios con los míos y deje todo en manos de mi corazón. El que comenzaba a exigir más y más…

¿Estás seguro de que Amace no te ama?

La realidad me golpeó.

Di un paso atrás, apartándome de ella y el repentino descubrimiento al que mi cabeza se negaba a creer.

Correspondió mi beso…

Ella abrió los ojos lentamente encontrándose con los míos. Sus mejillas sonrojadas combinaban con los tonos rosas en su vestido, sus labios entreabiertos brillaban tentadores… sin lucir ni un poco molesta.

Dioses, ¿qué hice?

Aparte la mirada, moviendo mis inquietos pies con repentinas ganas de correr lejos. Hacia algún rincón en el que pudiese borrar mi error. Cerré y abrí mis puños, todavía sintiendo la frescura y suavidad de sus mejillas en mis palmas. La culpa comenzaba a arar su camino hacia mi boca con una estúpida disculpa.

—¿Por qué…? —murmuró.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.