Helios notó primero el silencio.
La noche ya no tenía la misma calidez. La Luna llegaba tarde, se iba temprano. Algo faltaba en el cielo, algo que antes llenaba el vacío entre las estrellas.
Bajó a la cueva de las tres ancianas. Quería saber su futuro.
Pero al llegar, la cueva estaba vacía. O eso parecía.
Tres hilos colgaban del techo, brillando con luz propia.
Uno era plateado. Su resplandor era débil, intermitente.
Otro era dorado. Ardía fuerte, intenso.
El tercero era rosa. Suave. Constante.
Helios reconoció el plateado. Sintió algo que el sol no debería sentir: miedo.
Entonces escuchó voces.
Las ancianas llegaron. No lo vieron. Él se ocultó en las sombras de la cueva.
—Esa —dijo la primera anciana, señalando el hilo plateado— tomó una decisión imprudente.
—Todas las decisiones lo son —respondió la segunda.
—Pero esta... esta la llevará lejos. Muy lejos.
—¿Volverá? —preguntó la primera.
—No —respondió la tercera, la que sostenía las tijeras—No volverá.
Helios quiso salir de las sombras. Quiso gritar. Quiso preguntar. Pero no se movió.
La tercera anciana acercó las tijeras al hilo plateado.
—¿No hay nada que hacer? —preguntó la primera.
—Nada —respondió la tercera— No ahora.
No cortó. Solo tocó el hilo con la punta de las tijeras. Un gesto. Una amenaza suspendida en el aire.
—Todavía no —murmuró la segunda— Pero pronto.
Helios no esperó más. Salió de la cueva sin hacer ruido.
No supo si su destino era igual de frágil. Pero miró su mano dorada, la luz que nunca se apagaba, y supo que algún día él también estaría al borde de unas tijeras.
#1215 en Fantasía
#676 en Personajes sobrenaturales
#4872 en Novela romántica
#1395 en Chick lit
Editado: 01.05.2026