Año 2000
El verano siempre olía igual en aquella casa. A césped recién cortado, a madera caliente y a tardes que no parecían terminar nunca.
Alex estaba sentado en el escalón del porche, con las piernas abiertas y los cordones desatados, arrastrando una ramita por el suelo sin ningún objetivo claro. La movía de un lado a otro, dibujando líneas invisibles que el viento borraba antes de que pudieran significar algo.
Suspiró.
Las vacaciones eran aburridas cuando nadie quería jugar contigo.
Levantó la vista hacia la ventana de arriba.
-¡Will! -gritó.
Nada.
Ni un "luego", ni un "déjame en paz". Nada.
Su hermano de quince años había decidido que ese verano ya no existía para él.
Alex volvió a mirar al frente, resignado... y entonces lo vio.
Un coche.
Y detrás de él, un camión enorme de mudanzas que parecía demasiado grande para la casa de enfrente.
Frunció el ceño.
La casa llevaba meses vacía.
Se puso de pie sin darse cuenta, como si algo tirara de él.
Las puertas del coche se abrieron. Primero bajaron un hombre y una mujer con un bebé en brazos. Después, dos niñas.
Alex ladeó la cabeza.
Una de ellas era más alta, mayor. La otra... La otra bajó con más cuidado, agarrándose a la puerta un segundo de más. Era más pequeña. Más callada. Como si todavía estuviera decidiendo si aquel lugar le gustaba o no.
Se oyó una risa, ligera y brillante. Como el sonido de algo pequeño chocando con la luz.
Alex giró la cabeza. No venía de ella. Venía de la hermana mayor, que había dicho algo mientras el hombre sacaba una caja. La niña pequeña -Hannah- se inclinó hacia ella, y entonces sí... Rió. Fue breve. Pero sonó distinto, más suave. Como si no fuera para todos.
Alex se quedó quieto.
Sin saber por qué... quiso escucharla otra vez.
La niña levantó la vista.
Como si hubiera notado que la estaban mirando. Como si también sintiera que algo acababa de empezar.
El viento movió un mechón de su pelo y sus ojos se encontraron. No fue nada espectacular. No hubo música. No pasó nada que pudiera contarse. Pero Alex dejó caer la rama. Por primera vez en todo el verano... dejó de estar aburrido. La niña no sonrió ni saludó; solo lo miró con esa curiosidad silenciosa de los niños que aún no saben ponerle nombre a lo que sienten.
Alex dio un paso hacia delante y luego otro.
Cruzó el pequeño jardín sin mirar atrás, como si sus pies supieran exactamente a dónde ir. Se detuvo junto a la valla que separaba ambas casas.
-Hola -dijo.
La niña tardó un segundo en responder.
-Hola.
Su voz era suave. Casi un susurro.
Alex apoyó los brazos sobre la madera.
-¿Te mudas aquí?
Ella asintió.
-Hoy.
Se hizo un pequeño silencio. De esos que no incomodan, pero que tampoco sabes cómo llenar.
Alex miró el caos de cajas, el ir y venir de adultos, el bebé llorando. Luego volvió a mirarla a ella.
-Yo vivo ahí.
Como si no fuera evidente.
La niña miró la casa detrás de él.
-Ya lo he visto.
Y por primera vez... sonrió un poco. No llegó a reír. Aun así... a Alex le pareció que algo faltaba.
-Soy Alex.
-Hannah.
El nombre se le quedó en la cabeza más tiempo del necesario. Hannah. Alex se removió incómodo, buscando algo que decir, algo que hiciera que no se fuera. Porque, aunque acababa de llegar, tuvo la sensación absurda de que podía perderla.
Miró al suelo. Luego a sus bolsillos, y sacó algo. Una pequeña brújula gastada en los bordes, con el cristal ligeramente arañado.
La sostuvo entre sus dedos durante un segundo... como si dudara.
-Esto... -dijo, tendiéndosela.
Hannah la miró sin cogerla.
-¿Qué es?
-Para no perderte.
Ella frunció el ceño, confundida.
-Pero estoy aquí.
Alex negó con la cabeza, muy serio.
-No ahora.
Hannah dudó un segundo más... y la cogió.
Sus dedos se rozaron apenas. Un roce breve, pero suficiente para no olvidarse.
-Siempre señala a donde tienes que ir -añadió él.
Ella bajó la mirada hacia la brújula. La aguja tembló un poco... y se detuvo.
-¿Y si no quiero ir ahí?
Alex se encogió de hombros.
-Entonces te pierdes.
Hannah levantó la vista y algo en su expresión cambió. Como si, sin saber por qué, entendiera que aquello era importante. Que ese momento... importaba.
Apretó la brújula en su mano.
-No me voy a perder.
Desde dentro de la casa, su hermana dijo algo. Hannah giró la cabeza y volvió a reír. Esta vez sí. Como pequeños cascabeles rompiendo el aire.
Alex la miró y entendió, sin saber explicarlo, que quería ser parte de eso. Aunque no fuera para él.
-¡Hannah! -la llamaron desde dentro.
-¡Voy!
Volvió a mirarlo una última vez.
-Luego vuelvo.
Alex asintió.
-Vale.
Hannah echó a correr hacia su nueva casa y él se quedó en la valla, esperando. Con el eco de esa risa todavía sonándole dentro. Sin saber todavía que hay cosas que uno escucha una vez... Y se pasa la vida intentando volver a oír.