Año 2000
El verano siempre olía igual en aquella casa. A césped recién cortado, a sal traída desde el puerto por el viento de la tarde, a madera caliente después de horas bajo el sol y a limonada fría olvidada sobre alguna mesa del porche. Era un olor tan habitual en North Harbour que Alex nunca se había parado a pensarlo. Simplemente significaba verano. Días largos. Libertad. El ruido lejano de las gaviotas. Las bicicletas tiradas sobre el césped. Y también, últimamente, aburrimiento.
El sol de julio caía sobre la calle tranquila donde había vivido siempre. Las casas de madera clara parecían dormidas bajo aquella luz dorada de media tarde, con las ventanas abiertas dejando escapar el sonido de ventiladores y televisores encendidos. A lo lejos se escuchaba el motor de algún barco regresando al puerto.
Alex estaba sentado en el escalón del porche con las piernas abiertas y los cordones desatados, arrastrando distraídamente una ramita sobre el suelo de madera. Dibujaba líneas torcidas que desaparecían casi al instante bajo el viento cálido que cruzaba la calle. No hacía nada. Mataba el tiempo.
Suspiró con fuerza.
Las vacaciones eran muchísimo más largas cuando nadie quería jugar contigo.
Levantó la vista hacia la ventana del piso de arriba.
—¡Will! —gritó.
Esperó.
Nada.
Ni un «ahora voy», ni un «pesado», ni siquiera un golpe contra la pared.
Nada de nada.
Alex dejó caer la cabeza hacia atrás con dramatismo, como si acabaran de traicionarlo.
Su hermano mayor llevaba semanas actuando como si cumplir quince años lo hubiera convertido en alguien demasiado importante para estar cerca de él. Últimamente solo hablaba con chicos mayores, escuchaba música encerrado en su habitación y ponía cara de sufrimiento cada vez que Alex intentaba seguirlo.
Era injusto.
Ya no quería jugar con un niño de cinco años.
Volvió a mover la rama por el suelo, resignado.
Entonces lo vio.
Un coche apareció al final de la calle, avanzando lentamente. Detrás venía un enorme camión de mudanzas que ocupaba casi media carretera.
Alex frunció el ceño.
La casa de enfrente llevaba vacía meses. Desde el invierno, quizá. Su madre decía que daba pena verla tan apagada.
Se incorporó.
El coche se detuvo frente al jardín descuidado y el camión frenó detrás con un siseo pesado.
Algo dentro de él despertó de golpe.
La puerta del conductor se abrió primero. Bajó un hombre alto con barba corta y camiseta azul. Después una mujer morena salió por el otro lado sujetando un bebé contra el pecho. El bebé protestó enseguida, incómodo por el calor.
A continuación, bajaron unas niñas.
La mayor salió primero. Tendría unos ocho años. Bajó hablando sin parar, moviendo mucho las manos mientras señalaba algo del jardín. Parecía incapaz de permanecer quieta. Su energía llenaba el espacio.
La otra tardó más.
Se quedó un instante dentro del coche antes de bajar despacio, agarrándose a la puerta para asegurarse de que el suelo seguía ahí. Era más baja. Tendría su edad. Parecía más silenciosa. Más observadora.
El viento levantó su cabello castaño oscuro mientras recorría la calle con la mirada.
No parecía asustada. Estudiaba todo: las casas, los árboles, los vecinos.
Alex no supo por qué se fijó tanto en ella. Quizá porque no estaba haciendo ruido. Quizá porque parecía distinta al resto.
Se oyó una risa ligera, brillante, llena de vida.
Alex giró la cabeza.
La hermana mayor acababa de decir algo mientras el hombre sacaba cajas del maletero. La niña se inclinó hacia ella.
Y entonces sí. Rió. Fue una risa breve, suave. No como las carcajadas del barrio. Sonó a secreto.
Alex se quedó quieto. Sin entender por qué, quiso volver a escucharla.
La niña levantó la vista de repente. Directamente hacia él. Como si un hilo invisible se tensara entre ambas casas.
El viento movió un mechón de pelo frente a sus ojos y durante un segundo se quedaron mirándose sin hacer nada más. No hubo música. No pasó nada extraordinario. Nadie habría sabido señalar aquel momento entre todos los demás de aquel verano.
Pero Alex soltó la ramita. Y, por primera vez en semanas, dejó de sentirse aburrido.
La niña no sonrió. Tampoco apartó la mirada. Solo lo observó con esa curiosidad silenciosa de los niños que todavía no saben ponerle nombre a las cosas que sienten.
Alex se puso de pie casi sin darse cuenta. Dio un paso. Y luego otro. Atravesó el jardín delantero de su casa con una seguridad extraña, como si sus piernas decidieran antes que él.
La hierba le rozó las zapatillas mientras se acercaba a la valla blanca que separaba ambas viviendas.
Se detuvo allí y apoyó las manos sobre la madera caliente por el sol.
—Hola —dijo.
La niña tardó un segundo en responder.
—Hola.
Su voz era suave. Bajita. Casi un susurro perdido entre el viento y las gaviotas.
Alex la observó mejor ahora que estaba cerca. Tenía los ojos oscuros, atentos. No parecía tímida. Solo cuidadosa, de las que primero miran y luego deciden.
Detrás de ella, los adultos seguían entrando cajas en la casa. El bebé había empezado a llorar otra vez y la hermana mayor intentaba entretenerlo haciendo caras exageradas mientras lo sostenía apoyado sobre una cadera.
—¿Te mudas aquí? —preguntó Alex.
Ella asintió.
—Hoy.
Se hizo un silencio. Uno de esos silencios raros que no incomodan, pero que tampoco sabes muy bien cómo llenar.
Alex miró el caos de la mudanza: las cajas, la bicicleta infantil atada sobre el coche y las ventanas abiertas de la casa vacía después de tantos meses.
Luego volvió a mirarla a ella.
—Yo vivo ahí —dijo señalando su casa, aunque era evidente.
La niña siguió la dirección de su dedo.
—Ya lo he visto.
Y por primera vez sonrió. Fue apenas una curva en la comisura de los labios.