25 años después
El sol caía de lleno sobre el asfalto y el aire temblaba delante del capó. La carretera parecía derretirse a lo lejos bajo el calor de finales de junio mientras el paisaje se deslizaba tras las ventanillas bajadas.
El viento entraba a ráfagas, le alborotaba el pelo a Hannah y metía el olor a sal en el coche mucho antes de que apareciera el mar.
North Harbour siempre olía igual: a sal, a madera húmeda y a verano.
Hannah conducía con una mano en el volante y la otra apoyada junto a la palanca. Llevaba gafas oscuras, aunque la luz se colaba por los bordes y le pintaba reflejos dorados en la piel.
Connor decía que parecía una actriz de películas antiguas cuando conducía. Ella nunca supo qué quería decir con eso.
Desde atrás llegaba el machaqueo constante de una consola portátil.
—¡No, no, no…! ¡Corre, corre, corre!, —murmuró Connor encorvado sobre la pantalla.
Hannah sonrió sin mirar.
—Te vas a marear.
—No. Estoy en una carrera, —contestó él.
—Ya lo veo.
Connor aporreaba los botones y se balanceaba como si eso ayudara al coche del juego. Tenía ocho años, el flequillo revuelto y una energía que hacía imposible que llevara tres horas sentado. Y sin embargo las había aguantado. Las piernas no le llegaban al suelo y a su lado tenía la mochila abierta, llena de cromos de barcos, auriculares y papeles de snacks.
Un segundo después llegó la pregunta inevitable.
—¿Falta mucho, mamá?
Hannah lo miró por el retrovisor. Ojos marrones, expectantes.
—Diez minutos.
—Eso ya lo has dicho.
—Y lo seguiré diciendo hasta que lleguemos.
Connor suspiró como si lo condenaran y dejó caer la cabeza atrás.
—North Harbour parece aburrido.
La carretera empezó a bajar entre pinos y casas bajas.
—Todavía no has llegado, —dijo Hannah.
—Pero no hay nada.
—Porque aún no ves el mar.
Connor levantó la cabeza, interesado.
—¿Hay helados?
—Sí.
—¿De los buenos?
—De los muy buenos.
Apagó la consola de golpe.
—Vale.
Hannah se rió. Había olvidado lo fácil que era negociar con un niño cuando había azúcar.
—En verano esto se llena, —añadió.— "Turistas, música, gente por todas partes..."
Connor se asomó entre los asientos, con la barbilla en el respaldo.
—¿Y en invierno?
Hannah dudó un segundo, mirando la carretera.
—En invierno es tranquilo.
Arrugó la nariz.
—Eso es aburrido.
—Eso es silencio.
—No me convence.
—Yo también prefiero el verano —dijo ella.
En ese momento la radio cambió. Una guitarra suave, reconocible. Demasiado reconocible.
Hannah reaccionó al instante.
—¡No!
Connor dio un bote. —¿Qué pasa?
Ella ya subía el volumen. — ¡Calla!
Y empezó a cantar.
"Volver no es rendirse, es saber dónde arder, donde el alma descansa sin dejar de correr…"
Connor la miró alucinado. Su madre cantaba a voz en grito, sin vergüenza, golpeando el volante al ritmo, con el viento en el pelo.
"Llevo el mundo en las botas, pero el norte en la piel, porque casa es el fuego que me vuelve a encender…"
—¡Mamá…! —se rió él.
Ella lo señaló. —¡Tú también!
Connor no necesitó más. Se unió desafinando.
"¡Porque casa es el grito que me hace renaceeeer!"
Cantaron a gritos mientras el coche bajaba hacia la costa. Connor aporreando el asiento, Hannah desafinando más de lo que admitiría jamás. Un desastre perfecto.
Cuando terminó, Connor se dejó caer contra el respaldo.
—Otra vez.
Hannah negó, todavía sonriendo.
—Ni de broma.
—¡Otra vez!
—Connor…
—Vale —cedió él cruzándose de brazos. —Pero porque yo quiero.
Ella se rió. Connor señaló la radio.
—Hacía mucho que no la escuchaba.
La sonrisa de Hannah se suavizó.
—Hace mucho que no se escucha a North Harbour.
—¿Por qué?
—Siguen en activo, —aclaró bajando el volumen, —pero hace años que no sacan nada nuevo."
—¿Entonces?
—Viven de las antiguas. Giras, reproducciones… esas canciones fueron enormes.
Connor asintió impresionado.
—Pues hicieron bien.
—Sí —dijo Hannah. —Lo hicieron.
Se quedó un instante mirando la carretera.
—¿Y quién las escribió?, —preguntó Connor.
—Nadie lo sabe exactamente.
—¿Cómo?
—Firmaba las canciones como Jay Fisher. Nadie supo nunca quién era.
Connor abrió los ojos.
—¿Como un superhéroe?
—Algo así.
—¿Tenía poderes?
—Escribía canciones que todo el mundo acababa cantando.
—Eso cuenta como poder, —sentenció Connor.
Hannah se rió.
—Ganó un concurso cuando yo tenía doce años. Después explotó. North Harbour se hizo famoso gracias a sus canciones.
—¿Y sigue vivo?
—Nadie lo sabe.
Connor se quedó callado un momento.
—Eso es raro.
—Bastante.
—Pero hizo cosas buenas, —dijo Hannah mientras tomaba la curva.
—¿Cómo qué?
—Donó mucho dinero al pueblo. Para arreglar el puerto, algunas casas, el paseo… ayudó a mucha gente sin que nadie supiera quién era.
Connor miró por la ventanilla. Las primeras casas aparecían entre los pinos.
—Entonces este sitio existe gracias a él.
Hannah vio el mar al fondo.
—En parte, sí.
—Me cae bien.
Hannah lo miró por el retrovisor y algo antiguo y cálido le cruzó la mirada.
—A mí también.
El coche tomó la última curva y apareció: el mar, azul, brillante, inmenso.
Connor se incorporó de golpe.
—¡MAMÁ!
—¿Qué?
—¡ESO ES ENORME!
—Te lo dije.
Pegó la cara a la ventana mientras el puerto se abría ante ellos: barcos, gaviotas, terrazas llenas, música a lo lejos, el faro blanco en el horizonte.
North Harbour seguía allí. Esperándola.
—Vale… esto no es aburrido, —admitió Connor.
Hannah miró al frente y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro se aflojaba.