Alex
El golpe seco de las zapatillas contra la tierra marcaba el ritmo. Uno, otro, otro.
El sendero bordeaba los acantilados de North Harbour, entre tierra rojiza y vegetación salvaje. El océano aparecía y desaparecía entre los árboles, brillante bajo el sol de finales de junio.
El aire le quemaba los pulmones, pero Alex no bajaba el ritmo. No sabía correr despacio. Nunca había sabido. Ni correr, ni vivir, ni sentir.
El sudor le bajaba por la nuca y se perdía bajo la camiseta oscura pegada al cuerpo. La tela marcaba los músculos en tensión y el vaivén de la respiración. Llevaba pantalones cortos negros, zapatillas gastadas y gafas oscuras que le tapaban los ojos verdes.
Los auriculares escupían guitarras y batería a todo volumen. Ruido suficiente para no pensar. O para fingir que podía. No funcionaba.
Tobías corría varios metros por delante, ágil entre el sendero y la hierba seca. El pastor alemán conocía el recorrido. De vez en cuando giraba la cabeza para comprobar que Alex seguía detrás. Siempre lo hacía.
Alex respiró más hondo mientras el calor le llenaba el pecho.
El pueblo apareció entre la vegetación: tejados claros, el faro, los barcos balanceándose en el puerto.
North Harbour.
A veces sentía que el pueblo era demasiado pequeño para todo lo que había pasado allí. O demasiado grande para olvidar.
La música seguía sonando.
Y aun así, el recuerdo volvió.
Última llamada de Bradford
El móvil vibró en el bolsillo de la sudadera. Alex lo sacó sin dejar de caminar. La pantalla se iluminó.
Bradford.
Frunció el ceño y contestó.
—Dime.
Al otro lado no hubo silencio normal. Había viento. Algo metálico golpeando a intervalos.
Alex se detuvo.
—¿Bradford?
La respiración tardó un segundo.
—Alex…
La voz sonaba baja, tensa. Contenida.
Alex se irguió. Toda su atención se encendió.
—¿Dónde estás?
—Escúchame, —lo cortó Bradford. —No tengo mucho tiempo.
Eso le revolvió el estómago. Bradford jamás dramatizaba.
—¿Qué pasa?
Un silencio demasiado largo.
—Tenías razón.
El mundo pareció pararse. El puerto, el viento, todo.
—¿Sobre qué?
Otra respiración irregular.
—El caso… no está cerrado.
Alex apretó la mandíbula. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Oírlo de Bradford era distinto.
—¿Qué has encontrado?
Se oyó un movimiento cerca.
—No es solo una desaparición.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Explícate.
—Hay nombres que no deberían aparecer ahí.
Alex empezó a caminar rápido. La adrenalina le golpeaba el pecho.
—¿Qué nombres?
Bradford no contestó enseguida. Cuando habló, la voz era más baja.
—Si te digo esto… no hay vuelta atrás.
Alex apretó el teléfono.
—Bradford…
—Prométeme que no vas a contarlo.
—No lo haría.
—Promételo.
La urgencia no era normal. Eso daba miedo.
—Lo prometo, —cedió.
Un suspiro cansado cruzó la línea.
—No confíes en nadie.
Alex soltó una risa seca.
—Eso tampoco es nuevo.
—Alex…
La forma en que dijo su nombre le tensó el estómago.
—Esto es más grande de lo que crees.
Un golpe seco sonó al otro lado. Algo cayendo.
—¿Bradford?
Silencio.
—¿Bradford?
Una respiración agitada, lejana.
—Si algo me pasa…
No terminó.
—No digas eso. Dime dónde estás.
El viento se coló en la llamada.
Y la línea se cortó.
Presente
El ladrido de Tobías lo arrancó del recuerdo tan rápido que dolió.
Alex parpadeó, volvió al presente de golpe. El corazón le golpeaba por algo que había ocurrido semanas atrás. Se quitó un auricular y respiró hondo, como si pudiera expulsar el recuerdo. No podía.
—Vamos, —murmuró.
Tobías salió disparado. Alex reanudó la carrera.
El sol caía alto sobre North Harbour, hacía brillar las ventanas y los barcos mientras el pueblo se llenaba de turistas, bicicletas y música. La vida seguía. Aunque Bradford estuviera muerto. Aunque algo no encajara.
Aunque la sensación de peligro siguiera bajo su piel como una alarma silenciosa.
El cartel de madera del bar de Will crujía con la brisa marina.
Alex apenas había reducido el paso cuando una voz lo golpeó.
—¡TÍO!
Dylan apareció corriendo desde la entrada. Alex no tuvo tiempo de frenar antes de que el niño se le echara encima.
—¡Eh! ¡Cuidado, que estoy sudando!
Dylan se apartó riéndose. Diez años, pelo negro despeinado, la misma sonrisa descarada de Will a esa edad.
—Das asco.
—Gracias, campeón.
Alex le revolvió el pelo.
—¿Has crecido o me estoy encogiendo?
—Las dos cosas.
Alex se llevó una mano al pecho.
—Traidor.
Tobías se acercó moviendo la cola.
—¡Tobías!, —exclamó Dylan agachándose.
El perro aceptó las caricias con paciencia.
—Te lo dejo cinco minutos, —dijo Alex. —Cuídalo.
—Siempre lo cuido.
—Eso dices… pero luego le enseñas cosas raras.
Dylan frunció el ceño.
—No son raras.
—Hablas con él como si te contestara.
El niño lo miró muy serio.
—A veces lo hace.
Alex parpadeó.
—…vale, me voy.
Dylan soltó una carcajada.
Alex empujó la puerta. El ruido lo envolvió: cristal, conversaciones, risas, música baja.
El bar de Will olía a cerveza fría, madera vieja y comida recién hecha. Las ventanas abiertas dejaban entrar luz cálida y el sonido del puerto.
Claire ocupaba una esquina como si fuera territorio propio. Trece años, auriculares enormes, gafas de sol dentro, un libro abierto.
Alex la miró.
—Buenos días, criatura del bosque.
Claire levantó apenas la vista. Lo miró. Volvió al libro.
Alex asintió.
—Siempre es un placer.
Ella levantó el dedo corazón sin mirarlo. Alex sonrió de lado. Definitivamente hija de Will.