Fuego y Hielo

Capítulo 1: Parte 3

La casa

El coche se detuvo frente a la casa con un ronroneo leve que se mezcló unos segundos con el sonido del mar.

Hannah no bajó de inmediato.

Se quedó con las manos sobre el volante, quietas, notando el cuero cálido bajo los dedos y el pulso todavía acelerado por el viaje. El aire acondicionado llevaba rato apagado. La ventanilla seguía bajada y el aire de North Harbour entraba como una mano conocida: sal, tierra seca y algo entre alivio y nostalgia.

A través del parabrisas, la casa se alzaba tal como la recordaba.

Fachada blanca, porche con la madera descolorida por el sol, macetas a ambos lados de la entrada, jardín delantero demasiado cuidado para un pueblo acostumbrado al viento y a la humedad. La luz caía igual sobre las ventanas, una franja dorada que arrancaba destellos al cristal.

Todo seguía en su sitio. Y, sin embargo, nada se sentía igual. Ya no estaban sus padres.

—¿Ya hemos llegado, mamá?

Connor ya se desabrochaba el cinturón con impaciencia, inclinado hacia delante antes de que ella contestara. Flequillo revuelto, camiseta arrugada, mejillas encendidas por las horas de coche. Los ojos, grandes y atentos, iban de la casa al jardín y del jardín a ella, con esa curiosidad que nunca se agotaba.

Hannah parpadeó, como si saliera de un pensamiento hondo.

—Sí.

Connor sonrió y abrió la puerta con energía. Hannah salió después.

El aire era cálido, denso, familiar. Le rozó los brazos y le levantó el pelo oscuro que caía suelto sobre los hombros, con ondas marcadas por la brisa. Se quedó un segundo inmóvil junto al coche, respirando. Llevaba una blusa ligera clara y pantalones cómodos. No buscaba destacar, pero había algo en ella: la postura recta, la elegancia natural, la forma de observar todo como si midiera distancias, recuerdos y posibilidades al mismo tiempo.

Connor se colocó a su lado, pequeño y delgado, mochila colgada de un hombro, entre la excitación y la impaciencia. Se parecía a ella de una manera que dolía. La única discordancia era ese castaño del flequillo desordenado. Pero tenía el mismo gesto de mirar antes de hablar, la misma manera de fruncir el ceño cuando algo no cuadraba. Rasgos suaves, todavía infantiles, pero con una viveza que lo hacía parecer a punto de echar a correr. Y la naricilla respingona idéntica a la de su madre.

Hannah miró, por reflejo, al otro lado de la calle.

La casa de enfrente seguía igual. El porche, el jardín, la verja blanca, el césped recortado. Todo igual.

Frunció el ceño.

—Es raro… —murmuró.

La puerta de su casa se abrió de golpe.

—¡Hannah!

Allison cruzó el camino con la rapidez con la que resolvía todo. No le dio tiempo a reaccionar antes de que los brazos de su hermana mayor la envolvieran en un abrazo que no preguntaba, no medía, no esperaba. Cálido, apretado, de bienvenida absoluta.

Hannah se quedó quieta al principio, sorprendida, y después se rindió con una sonrisa pequeña, apoyando una mano en la espalda de Allison.

Allison se separó lo justo para mirarla. Cabello recogido a medias, mechones sueltos, expresión abierta y viva que la hacía parecer más joven al sonreír. Los ojos le brillaron con alivio real.

—Estás aquí —dijo, como si no terminara de creerlo. —Estás de verdad aquí. No puedo creer que hayas regresado a casa.

Hannah soltó una risa suave.

—Eso parece.

Volvió a mirar la casa de enfrente. No pudo evitarlo.

—Es raro no ver al señor Mallory cortando el césped.

Allison siguió su mirada y soltó un resoplido corto, divertido.

—Se han ido de vacaciones. Un mes o así. Ya era hora de que disfrutaran la jubilación.

Hannah asintió despacio.

—Ah… —sonrió con cariño.

Y aun así, algo en esa respuesta le dejó una nota desafinada, como si algo se ocultara detrás de un gesto banal. No tuvo tiempo de darle vueltas.

—¡TÍA HANNAH!

Un torbellino pelirrojo salió disparado desde la puerta.

Chloe, su sobrina de ocho años.

Llegó con la fuerza de quien no conoce la distancia personal y se lanzó contra Hannah sin frenar. Hannah soltó una exclamación y rió al recibir el impacto, agachándose para devolverle el abrazo.

Chloe era pura energía: pelo rojo brillante, ojos azules chispeantes, pecas en la nariz y esa sonrisa que iluminaba toda la cara. Tenía algo de Allison en la expresión y algo de toda la familia en la forma de hablar antes de abrir la boca. Por lo demás, era idéntica a su padre, Stu.

—¡Eh! ¡Cuidado! —dijo Hannah entre risas.

—¡Estás aquí! —repitió Chloe, apretándola.

—Así es.

Chloe se separó y se volvió hacia Connor, que observaba con mezcla de diversión y cautela.

—¡Connor!

Fue hacia él como si no hubieran pasado meses.

Connor apenas reaccionó antes de recibir otro abrazo, más fuerte que el primero. Su prima era más alta. Algo injusto, pensó.

—¡No te veía desde Navidad!

—Yo tampoco —dijo Connor, riéndose mientras intentaba zafarse.

Chloe lo soltó solo para agarrarlo de las manos.

—¡Ven! ¡Vamos a jugar!

Y antes de que nadie ordenara nada, salieron corriendo hacia el jardín trasero como si hubieran ensayado el movimiento toda la vida. Sus voces se mezclaron en el aire, brillantes, rápidas, perdiéndose entre los árboles y la luz.

Allison los siguió con la mirada y sonrió.

—Eso ha sido fácil.

Hannah la observó un momento.

—Son niños.

Y en su voz había algo más blando, más descansado, como si ver a Connor tan libre le permitiera respirar mejor.

Entraron en la casa. El olor era el mismo: madera antigua, jabón suave, flores secas y algo indefinible que solo existe en casas habitadas por gente que ha vivido junta mucho tiempo. Hannah se detuvo en la entrada, dejando que los ojos recorrieran el recibidor, el pasillo, la mesa auxiliar con una fotografía algo torcida, la lámpara junto al sofá.

Todo seguía en su sitio: las cortinas, el aparador, las plantas junto a la ventana. Incluso la luz del salón parecía la misma, como si el tiempo aquí se hubiera quedado congelado.




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