Fuego y Hielo

Capítulo 1: Parte 4

Dos mañanas

Alex

El sonido del mar fue lo primero que escuchó. No una alarma, voces o pasos en cubierta.

El mar.

Ese rumor profundo y constante que se colaba por las rendijas del barco como si la madera respirara. Alex abrió los ojos despacio, atrapado a medias entre el sueño y esa vigilia ligera en la que nunca llegaba a hundirse del todo. El techo de madera, las sombras del amanecer y el balanceo bajo su cuerpo le recordaron, con una familiaridad que dolía, dónde estaba.

Su casa. O lo más parecido que tenía a una.

Se incorporó, pasándose una mano por la cara. La barba de un par de días le raspó la palma. El cabello, más largo de lo que debería, se le había desordenado durante la noche, y apartárselo de los ojos fue un gesto automático. Había dormido poco. Como siempre.

Se quedó sentado en el borde de la cama, inclinado hacia delante, escuchando el chasquido de las cuerdas contra el mástil y el vaivén del barco golpeando el agua con una paciencia vieja, casi maternal. El interior olía a sal, a madera húmeda y a café de la víspera.

Se puso de pie descalzo y salió a cubierta.

El aire de la mañana le golpeó la cara con una frescura limpia, distinta al calor aplastante del mediodía. Era un aire joven, con el brillo grisáceo del puerto antes de que el pueblo despertara. Las gaviotas gritaban en los muelles y, más lejos, se oía el golpeteo de herramientas, motores arrancando y persianas metálicas subiendo en los comercios.

Apoyó las manos en la barandilla del velero y respiró hondo.

Frente a él, el mar se extendía con una calma engañosa. La luz temprana lo pintaba de plata y azul apagado, con líneas de espuma que se rompían y volvían a cerrarse. A esa hora, North Harbour parecía una versión más silenciosa de sí mismo. Menos caótica. Más sincera.

Alex cerró los ojos un segundo. No sabía por qué, pero esa mañana parecía distinta.

No era una idea clara. Era una punzada sutil, una incomodidad difícil de nombrar, como si el día fuera a inclinarse sin que él pudiera evitarlo.

Abrió un armario junto a la cocina, sacó el café molido y preparó la cafetera con movimientos exactos, casi rituales. El aroma lo llenó todo poco después. Negro. Fuerte. Sin azúcar. Lo sirvió en una taza de metal abollada, se apoyó otra vez en la barandilla y bebió un sorbo mirando el horizonte.

Buscaba algo sin saber qué. Una señal, una respuesta, una explicación para esa sensación de que el día no iba a ser como los demás.

Tobías apareció desde el acceso a la cubierta con una sacudida de orejas y la cola moviéndose despacio. Se acercó y apoyó el hocico contra su muslo, como si quisiera recordarle que no estaba solo.

Alex soltó una exhalación breve, casi una risa.

"¿Tú también lo notas?"

Tobías ladeó la cabeza.

Alex bajó la vista y sonrió, apenas.

"Sí. Ya. Yo también."

Se quedó un instante más mirando el mar. El café estaba caliente entre sus manos, y aun así sentía frío en un sitio que no tenía nada que ver con el viento.

Se pasó una mano por la nuca y negó como si quisiera sacudirse el pensamiento. Hoy… No terminó la frase. No hacía falta.

Dejó la taza vacía, se agachó para rascarle la cabeza a Tobías y se calzó las zapatillas con movimientos rápidos, como si arrancar a correr antes de pensar demasiado impidiera que el mundo lo alcanzara.

"Vamos."

Tobías salió primero, ágil, atento, con esa certeza que tienen los animales cuando entienden cosas que los humanos fingen no ver.

Y cuando Alex empezó a correr por el muelle, el golpe seco de sus zapatillas marcó el ritmo de siempre. Uno, otro y otro más. Pero no era la misma mañana. No lo era en absoluto.

Hannah

El despertador no hizo falta aquella mañana. Hannah ya estaba despierta. Había aprendido a abrir los ojos antes de que sus pensamientos se volvieran ruidosos. El techo blanco del dormitorio la recibió sin preguntas, sin treguas, sin consuelo. A veces el silencio de la mañana era amable. Otras veces no. Aquella vez, simplemente estaba ahí.

Se quedó unos segundos mirando la oscuridad tenue que quedaba en la habitación, oyendo el zumbido lejano de la calle, algún coche por la avenida y el rumor amortiguado del mar al otro lado del edificio.

Luego se incorporó despacio.

La luz que entraba por la ventana era suave, tibia, casi dorada. Aún no hacía calor de verdad, pero se intuía. Ese calor que más tarde se quedaría prendido en las paredes, en las sábanas y en la piel.

Fue al baño, abrió el grifo y dejó que el agua fría le despejara la cara. Se recogió el cabello, se observó en el espejo un instante y pasó a su rutina, como si el cuerpo supiera lo que la mente todavía no había decidido.

Ese día eligió camisa blanca impecable, falda azul marino ajustada y tacones de diez centímetros. Todo medido. Todo con intención. Se peinó en ondas suaves, domadas pero no rígidas, como si la elegancia tuviera que parecer natural y no esfuerzo. El maquillaje era discreto, perfecto, limpio.

Control. Eso era lo que veía cualquiera al mirarse. Control. Y, sin embargo, debajo había otra cosa. Una tensión pequeña, compacta, casi invisible. Una espera. Había esperado ese momento durante mucho tiempo.

Cruzó el pasillo en silencio hasta la habitación de su hijo y se detuvo en el umbral. La escena era tan conocida que casi dolía.

Connor dormía atravesado sobre la cama, con un brazo levantado por encima de la cabeza y una pierna doblada en una postura imposible. El edredón estaba a los pies, porque en algún momento de la noche lo había apartado con la facilidad con la que hacía todo lo que no le interesaba. Tenía la boca entreabierta y el flequillo sobre la frente. Parecía más pequeño cuando dormía. Más vulnerable. Menos ruidoso. Y, por eso mismo, más precioso.

Hannah sonrió, tan suave que apenas cambió su expresión.

Se acercó con cuidado, como si el suelo pudiera romperse, le apartó un mechón de la cara y le acarició el cabello con una suavidad lenta, automática. Se inclinó para dejarle un beso en la frente.




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