Dos mañanas
Alex
El sonido del mar fue lo primero que escuchó. No una alarma, ni voces... El mar.
Alex abrió los ojos lentamente. El techo de madera del barco. La luz colándose entre las rendijas. El suave balanceo. Su casa. O lo más parecido a una.
Se incorporó despacio, pasándose una mano por la cara.
Había dormido poco. Como siempre. Se levantó, descalzo, y salió a cubierta.
El aire era fresco y limpio. Apoyó las manos en la barandilla y respiró hondo.
El café humeaba entre sus dedos minutos después. Negro. Sin azúcar. Miró al mar. Como si buscara algo. Como si esperara una respuesta. No la hubo. Pero tubo una pequeña sensación, incómoda y diferente. Frunció el ceño.
-Hoy...
No terminó la frase. No hacía falta. Sabía que ese día no iba a ser como los demás.
Tobías apareció a su lado, moviendo la cola.
-¿Tú también lo notas?
El perro ladeó la cabeza y Alex esbozó una sonrisa.
-Vamos.
El sonido de sus zapatillas volvió. El mismo ritmo pero no la misma sensación.
Hannah
El despertador no hizo falta esa mañana. Hannah ya estaba despierta. Mirando al techo pensando demasiado. Se levantó sin dudar. Como si el movimiento evitara que se centrara en sus pensamientos.
El baño se llenó de vapor. Ese día eligió una camisa blanca, falda azul marino ajustada y tacones de diez centímetros.
Estaba perfecta. Llevaba el maquillaje impecable. El pelo peinado en suaves ondas.
Control. Todo bajo control. O eso parecía.
Entró en la habitación de Connor. Y ahí... Todo cambió.
Connor dormía atravesado en la cama. Un brazo sobre la cabeza. Una pierna doblada. Destapado. Su pequeño desastre.
Hannah sonrió. Se acercó despacio. Le apartó un mechón de la cara. Le acarició el pelo con suavidad y se inclinó.
-Sigue soñando bonito... -susurró contra su frente-. Yo me encargo de lo demás.
Le besó con cuidado. Como si no quisiera romper nada.
En la cocina, dejó una nota en el frigorífico.
Salió de casa. El aire le dio de lleno. Miró hacia el mar. Ese mismo mar aunque parecía distinto. Suspiró y caminó hacia el coche.
Comisaría
El coche se detuvo. Hannah no salió enseguida. Se miró en el espejo retrovisor. Respiró. Se aplicó pintalabios. Un gesto lento y preciso. Sus ojos se encontraron con los suyos.
-Tú puedes.
Bajó del coche. Los tacones sonaban firmes contra el suelo. Seguros con cada paso medido, cada gesto controlado.
Abrió la puerta de la comisaría. Su nuevo lugar de trabajo.
-Buenos días.
-Buenos días.
Hannah se acercó al mostrador.
-Busco al comisario.
La chica levantó la vista. Y se quedó congelada.
-...¿Hannah Jones?
Un segundo de reconocimiento.
-¿Lizzie?
-¡No puede ser!
Se levantó casi de golpe.
-¡Eres tú!
-Soy yo.
Ambas sonrieron.
-Cuánto tiempo...
-Demasiado.
-Está en su despacho -dijo Lizzie-. Al fondo, a la derecha.
-Gracias.
Hannah se giró y se alejó en esa dirección.
Lizzie esperó a que desapareciera por el pasillo. Cogió el teléfono. Marcó. Sonrió.
-No sabes quién ha regresado...
Pausa.
-Esto va a ser increíble.
Despacho del comisario
-Tu currículum es impecable. Primera de tu promoción. Puntuación perfecta en todas las marcas.
Hannah mantuvo la postura. Recta. Segura.
-Gracias.
El comisario la observó.
-Me gustaría que te quedaras de forma permanente.
Ahí estaba, Hannah sostuvo su mirada.
-Aún no lo sé.
-¿No?
-He venido a cerrar lo que tengo pendiente.
No añadió nada más.
-Después... decidiré.
El comisario asintió lentamente.
-Tenemos varios casos abiertos.
Le deslizó una carpeta. Hannah la abrió. Pasó páginas rápidamente y eficiente.
-¿Y este? -preguntó.
El comisario dudó. Solo un segundo.
-Ese no es tuyo. Es caso cerrado.
Hannah alzó la mirada.
-¿Por qué?
Se produjo un silencio largo y denso.
-Porque pertenece al anterior inspector jefe.
Hannah se tensó levemente.
-¿Bradford?
El nombre cayó entre ellos como una losa. El comisario apoyó las manos sobre la mesa.
-Murió hace tres semanas.
Hannah no apartó la mirada.
-Lo sé. Por eso, estoy aquí.
Y eso... Lo cambió todo.