Fuego y Hielo

Capítulo 1: Parte 5

El encuentro

Connor caminaba sin rumbo por el puerto con las manos en los bolsillos de la sudadera ligera que se había puesto esa mañana. El sol empezaba a subir y la madera del paseo marítimo crujía bajo las pisadas de turistas, pescadores y familias que llenaban North Harbour de ruido y movimiento.

El puerto bullía de vida.

Había música desde una terraza cercana. Gaviotas gritando sobre los barcos. Bicicletas pasando rápido. El olor mezclado de sal, gasolina y comida recién hecha flotaba en el aire cálido mientras las embarcaciones se balanceaban en el agua azul brillante.

Pero Connor apenas veía nada de eso. Caminaba con la cabeza baja, absorto, esquivando gente por instinto. Su mente llevaba semanas atrapada en el mismo sitio. Su padre.

No sabía quién era. No sabía dónde estaba. No tenía una foto ni un nombre ni una historia. Nada. Bueno… casi nada.

Terminó sentado en un banco junto al aparcamiento, apartado del paseo principal. Desde allí se veía el mar entre filas de coches y algunos veleros atracados balanceándose bajo el viento.

Connor suspiró bajito y metió la mano en el bolsillo.

Sacó una bolsita de terciopelo azul.

La sostuvo entre los dedos con cuidado, como si fuera frágil. Importante. El terciopelo estaba desgastado en las esquinas por el tiempo y por las veces que él la había abierto a escondidas durante años. La observó en silencio. Como si fuera lo único que lo conectaba con alguien a quien jamás había visto.

No necesitaba abrirla. Sabía lo que había dentro. Sabía lo que significaba.

Sus dedos apretaron un poco más la tela azul. Y entonces sintió el tirón. Rápido, brusco, violento.

La bolsita desapareció de sus manos. El niño parpadeó, confundido. Miró su palma vacía sin entender qué acababa de pasar. Hasta que lo vio.

Un hombre alejándose a la carrera entre los coches del aparcamiento. Y entonces reaccionó.

—¡EH!

Su voz salió más aguda de lo normal, rota por el susto. Pero era tarde. El ladrón ya corría.

Alex

Alex vio todo: el movimiento, el tirón y al niño.

Todo ocurrió en menos de dos segundos.

Iba caminando rápido por el aparcamiento con el cabello todavía húmedo de la ducha y una camiseta negra pegándosele a la piel por el calor creciente. El móvil seguía en su bolsillo después de ignorar otra llamada de Elena, y Tobías avanzaba junto a él con paso tranquilo y atento. Hasta que ocurrió aquello. Alex no dudó.

—Tobías.

El perro se tensó al instante. Todo su cuerpo cambió de postura, alerta, preparado.

—Quédate con él.

No hizo falta decir más. Tobías fue automáticamente hacia el niño y se colocó junto al banco en posición firme y protectora, observando alrededor con atención absoluta.

Mientras tanto, Alex ya estaba corriendo. Rápido. Muy rápido.

Y en cuanto vio mejor al ladrón entre los coches, lo reconoció de inmediato. Lincoln Gray. Perfecto.

Soltó una exhalación seca entre dientes mientras aceleraba más. Lincoln era de esos tipos que llevaban años sobreviviendo alrededor del puerto con robos pequeños, trapicheos y suficientes estupideces como para conocer media comisaría por su nombre. Alex ya lo había detenido más veces de las que podía recordar. Y, claramente, Lincoln no había aprendido nada.

El ladrón giró entre dos coches intentando ganar distancia, pero Alex le alcanzó antes de que saliera del aparcamiento. Sus zapatillas golpearon el asfalto con fuerza mientras acortaba espacio con facilidad insultante.

Lincoln llegó a girarse medio segundo.

—¡Mallory, espera…!

Demasiado tarde. Alex lo agarró del brazo, giró el cuerpo y ejecutó un movimiento limpio y preciso. Una llave rápida de Taekwondo.

El cuerpo de Lincoln golpeó el suelo con un sonido seco. El aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado.

—Se acabó.

La voz de Alex salió fría y peligrosa. Sacó las esposas casi automáticamente. Clic.

—¡No he hecho nada, tío!

Alex ni lo miró mientras lo levantaba de un tirón.

—Claro que no, Lincoln. Y yo soy bailarín profesional.

Lincoln resopló algo incomprensible mientras intentaba zafarse.

—Solo era una bolsita.

Eso hizo que la mirada de Alex se endureciera más.

—Se la has robado a un niño.

—No sabía que era un crío.

Alex lo sostuvo del brazo con más fuerza.

—Y eso mejora muchísimo la situación, claro.

—Joder, Mallory…

—Vamos.

De vuelta

Connor no se había movido del banco. Tobías seguía junto a él, olfateando el aire de vez en cuando, atento a todo, aunque movía la cola cada pocos segundos como si intentara tranquilizarlo. Connor lo observaba fascinado. Nunca había visto un perro así. Tan grande, tan inteligente y tan serio.

Alex regresó sujetando al ladrón por el brazo.

—Cállate, —gruñó cuando el hombre empezó a protestar otra vez.

El ladrón siguió hablando. Alex soltó un suspiro corto y le golpeó la nariz con el antebrazo sin fuerza, pero lo suficiente para hacerlo callar.

—Mucho mejor.

Entonces su atención se centró por completo en el niño.

El niño era pequeño y bajito. Delgado, de complexión ligera y cabello castaño despeinado bajo el viento del puerto. El flequillo le caía constantemente sobre los ojos y tenía las mejillas todavía algo redondeadas de la niñez.

Pero no fue eso lo que llamó la atención de Alex. Fueron sus ojos. Grandes, marrones y demasiado tranquilos. Había miedo en ellos, sí. Pero también algo más. Una calma rara en un niño tan pequeño. Como si estuviera acostumbrado a gestionar emociones más grandes de las que le correspondían.

Alex frunció levemente el ceño antes de sacar la bolsita azul del bolsillo de Lincoln. La sostuvo frente a él.

—¿Es tuya?

El niño asintió enseguida. Pero no estaba mirando la bolsita. Lo estaba mirando a él. Como si acabara de ver aparecer a un superhéroe de verdad.

—¿Cómo has hecho eso?




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