El reencuentro
Hannah salió del despacho del comisario con la carpeta entre las manos y la sensación de que el aire dentro de la comisaría pesaba más de lo normal. El pasillo olía a café recién hecho, papel y aire acondicionado demasiado fuerte. A su alrededor se cruzaban agentes, teléfonos sonando y conversaciones a media voz. Vida cotidiana. Rutina policial.
Y, aun así, ella seguía sintiendo algo extraño bajo la piel. Como si el pueblo entero estuviera conteniendo la respiración.
Apenas había dado dos pasos cuando una voz la detuvo.
—¿Hannah?
Se giró automáticamente. Michael. El reconocimiento fue inmediato. Su viejo amigo y prometido de su mejor amiga. No pudo reprimir una sonrisa. No una sonrisa educada ni distante. Una sonrisa real. De las que nacen sin pensar.
—No puede ser… —murmuró él.
Hannah apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Michael la abrazara. Fue un abrazo fuerte, cálido y sincero. De los que cargan años enteros dentro sin necesidad de explicarlos. Michael siempre había sido así: cercano, leal y emocionalmente transparente incluso cuando intentaba aparentar calma.
Hannah cerró los ojos un segundo durante el abrazo. North Harbour seguía teniendo personas capaces de hacerla sentirse en casa sin pedir permiso.
Cuando se separaron, Michael la sostuvo por los hombros todavía sonriendo.
Seguía prácticamente igual que años atrás. Algo más alto, algo más ancho y bastante más adulto. El uniforme le quedaba bien y la barba corta endurecía ligeramente unos rasgos que siempre habían sido demasiado amables para dedicarse a aquello.
—¿Qué haces aquí?
—Soy la nueva inspectora.
Michael abrió los ojos.
—¿Inspectora? Espera… ¿Ele lo sabe?
Hannah soltó una pequeña sonrisa.
—Sí. Pero quería que fuera una sorpresa
Michael soltó una risa incrédula.
—Claro que quería una sorpresa. Es Eleanor.
Eso era cierto. Hannah negó levemente con la cabeza.
—No quería condicionar nada.
Michael seguía mirándola como si todavía estuviera intentando asumir que realmente estaba allí.
—Por cierto —añadió ella. —Felicidades por la boda.
La expresión de Michael se suavizó inmediatamente.
—Gracias.
Y después sonrió de lado.
—Tenemos que vernos, señorita madrina. Hay demasiadas cosas que organizar y Eleanor está entrando peligrosamente en modo militar.
Hannah soltó una risa breve.
—Eso suena exactamente a Eleanor.
—Porque lo es.
Michael señaló entonces hacia el final del pasillo.
—Vamos. Te esperan.
La sala de reuniones empezaba a llenarse poco a poco. Agentes entrando con cafés en la mano, conversaciones cruzadas y sillas arrastrándose sobre el suelo mientras tomaban asiento.
En cuanto Hannah apareció junto a Michael, varias miradas se giraron automáticamente hacia ella. Algunas eran curiosas, otras sorprendidas y otras la evaluaban sin ningún disimulo.
El comisario carraspeó levemente desde el frente.
—Bien… empecemos.
El murmullo fue apagándose poco a poco.
—Os presento a la nueva inspectora.
Hizo una breve pausa.
—Hannah Jones. A partir de ahora será vuestra inspectora jefe.
Hubo varias reacciones distintas al escuchar el apellido. Un par de agentes mayores intercambiaron miradas rápidas de reconocimiento. Otros simplemente asintieron. Los más jóvenes parecían intentar ubicar por qué ese nombre les resultaba familiar.
North Harbour nunca olvidaba del todo a ciertas personas.
—A Michael ya lo conoces —continuó el comisario.
—Sí.
—Monty —señaló después hacia un hombre delgado y con el cabello oscuro. —Nuestro experto informático.
Monty levantó una mano rápidamente.
—Encantado.
—Igualmente.
El comisario siguió presentando nombres, cargos y funciones con la eficiencia automática de quien ha repetido aquella rutina demasiadas veces. Pero Hannah apenas escuchaba ya. Porque entonces llegó el nombre que había temido escuchar en todo el día.
—¿Mallory? ¿Dónde está?
El silencio duró apenas un segundo.
—Llega tarde —respondió alguien desde el fondo.
Y aunque nadie lo notó… Hannah se tensó. Muy poco, lo justo. Pero suficiente para que su corazón cambiara el ritmo dentro de su pecho.
Fuera
—¿En serio? —gruñó Alex mientras empujaba a Lincoln Gray hacia la entrada de la comisaría. —¿Un niño?
Lincoln se encogió de hombros con la nariz todavía roja.
—Pensé que habría algo de valor.
Alex soltó una risa seca sin humor.
—Sí. Se llama dignidad. Pero parece que eso no lo conoces, Lincoln Gray.
Lincoln resopló. Era un ladrón de poca monta bastante conocido por Alex. Uno de esos tipos que llevaban años entrando y saliendo de comisaría por delitos absurdos, robos pequeños y malas decisiones constantes.
—Creo que me has roto la nariz —protestó Lincoln.
—Cállate o te irá peor.
Siguieron caminando.
El calor del exterior chocó contra ellos como una pared mientras cruzaban el aparcamiento. North Harbour seguía vibrando bajo el sol de verano: coches pasando lentamente, turistas riendo, el sonido lejano del puerto.
Alex negó con la cabeza.
—Esperaba más de ti.
Lincoln resopló otra vez.
—Era una bolsa bonita… Pensaba que tendría algo de valor.
Alex frunció ligeramente el ceño.
—Seguro que era un juguete.
Sin saber muy bien por qué, aquel robo le molestó más de lo que debería.
Entraron finalmente en la comisaría. El aire acondicionado golpeó la piel caliente de Alex mientras avanzaban hacia recepción.
—Hola, Lizzie —saludó sin detenerse demasiado. —Lo llevo dentro. Hoy dormirá bien.
—Qué detalle —murmuró Lincoln.
Alex lo ignoró. Lo dejó encerrado en el calabozo pocos minutos después y cerró la puerta con un sonido metálico seco.
Cuando salió otra vez al pasillo, Lizzie seguía en recepción. Y sonreía demasiado. Demasiado, incluso para ella. Sus ojos azules brillaban divertidos.