El reencuentro
Hannah salió del despacho del comisario. Apenas había dado dos pasos cuando...
-¿Hannah?
Se giró. Michael, su amigo desde hace muchos años y prometido de su amiga Eleanor. El gesto de sorpresa fue inmediato... y luego, la sonrisa.
-No puede ser...
No hizo falta más. Se abrazaron fuerte. De los abrazos que dicen mucho sin palabras.
-¿Qué haces aquí?
-Soy la nueva inspectora.
-Inspectora? Ele lo sabe? No me ha dicho nada.
-Queria que fuese una sorpresa. No quería condicionar la situación. Por cierto, felicidades por la boda.
-Gracias... Tenemos que vernos, señorita madrina. Para empezar a concretar la boda
-Está hecho.
-Vamos -dijo Michael-. Te esperan.
La sala de reuniones empezaba a llenarse. Los agentes entraban sentándose en sus puestos
Hannah entró junto a él.
El comisario carraspeó.
-Bien... empezamos.
Las miradas se giraron hacia ella.
-Os presento a la nueva inspectora.
Breve pausa.
-Hannah Jones. Será la nueva Inspectora a partir de ahora.
Algunas cabezas asintieron. Otras, la evaluaron.
-A Michael ya lo conoces -añadió.
-Sí.
-Monty -señaló-. Uno de nuestros expertos informáticos.
-Encantado -dijo él, levantando la mano.
-Igualmente.
El comisario siguió mencionando nombres. Rutina.
-¿Mallory?, donde está?
Silencio.
-Llega tarde -respondió alguien.
Hannah se tensó, aunque nadie lo notara.
Fuera
-¿En serio? -gruñó Alex-. ¿Un niño?
El ladrón se encogió de hombros.
-Pensé que habría algo de valor.
-Sí -replicó Alex-. Se llama dignidad. Pero parece que eso no lo conoces, Lincolm Grey. -Era un ladrón de poca monta bastante conocido por él.
-Oye... Creo que me has roto la nariz
-Cállate o te irá peor.
Otro paso.
-Esperaba más de ti.
-Era una bolsa bonita... Pensaba que tendría algo de valor.
Alex negó con la cabeza.
-Seguro que era un juguete.
Entraron en Comisaría.
-Hola, Lizzie. Lo llevo dentro donde dormirá bien hoy.
Cuando salió del calabozo...
-Alex -anunció Lixxy, sonriendo demasiado-. Te están esperando.
Algo en ese tono... en esa sonrisa, le pareció extraño. Pero Alex ya llegaba tarde.
-Perfecto.
-Ah -añadió Lizzie, con una risita-. No tardes más.
Alex frunció el ceño. Pero siguió adelante.
Abrió la puerta con determinación.
-Perdón por llegar tarde -dijo, sin mirar aún-. He traído visita. Ese Lincoln Grey siempre haciendo de las suyas...
Un paso y otro más y se detuvo. El mundo se congeló a su alrededor. Literalmente. El sonido desapareció, las voces. Todo. Solo quedó ella. Hannah. Hannah Jones estaba ahí, de pie delante de él.
Su cerebro tardó un bastante en reaccionar. Demasiado. No podía. Pero sí, era ella.
El aire se volvió denso a su alrededor.
Y entonces llegó todo de golpe. El recuerdo, el dolor, y ese algo que nunca se fue. Su corazón dormido durante años... empezó a latir. Fuerte y doloroso. Como si se despertara de golpe. Como si no supiera hacerlo despacio.
Y ella... Estaba ahí, serena, altiva y controlada. Como si nada hubiera pasado. Como si no sintiera nada. Como si él no hubiera existido en su vida. Eso... Eso lo que lo encendió.
Rabia caliente e instantánea se apoderó de él. Porque sabía, sabía perfectamente cómo romper eso. Cómo derretir esa capa de hielo.
Una media sonrisa apareció en su boca. Esa, la que ella tanto odiaba.
-Vaya... -dijo, con calma fingida-. No sabía que la princesa de hielo había regresado al pueblo.
Ahí estaba. La mecha encendida. Era solo cuestión de segundos que reaccionara. Siempre era igual. Contó mentalmente: Tres... Dos... Uno...
Ella empezó a caminar despacio con pasos firmes y medidos. Cada paso... acercándose. Reduciendo la distancia entre ellos. Reduciendo el aire a su alrededor.
Hasta que estuvieron cerca. Muy cerca. Sus tacones de diez centímetros hacia que estuvieran casi hasta su metro ochenta de altura. Se detuvo demasiado cerca.
Ella entró en su mundo como sucedía en esas situaciones. Cerrando la puerta detrás de ella. Todo el mundo desaparecía a su alrededor. Hasta quedar solo ellos dos en ese pequeño mundo.
Su rival. Su mejor rival.
-No sabía que seguías aquí. Creía que hacía tiempo que habías huido de este lugar, príncipe de fuego -respondió ella.
Esa voz. Sus armas no era sus puños, era su lengua. Era perfecta.
Alex notó el cambio a su alrededor. La tensión. La temperatura había aumentado.
Podía sentirlo en su piel, en su respiración. Sus ojos brillaban furiosos, de fuego contenido.
Y eso... le gustó más de lo que debería.
-Alguien tiene que hacer bien el trabajo -replicó él.
El ambiente se tensó cargado y peligroso.
-Curioso -dijo ella-. Pensaba que ya habías dejado de intentarlo. Fue directa y sin rodeos, como siempre.
Alex sonrió un poco más.
-Y yo pensaba que habías aprendido a no huir.
Ese fue un golpe limpio.
"Dios. Está preciosa". -pensó, mirándola a los ojos.
Más que antes, más que nunca. Y eso... eso era un problema.