FLASHBACK
Año 2002
Alex y Hannah, 7 años
El sol de otoño caía oblicuo sobre las calles tranquilas de North Harbour, tiñendo las aceras de una luz dorada que hacía parecer que el pueblo entero estuviera hecho de recuerdos antes de convertirse en uno.
Las hojas secas rodaban por el suelo empujadas por el viento que venía del puerto, mezclándose con el olor a mar, a chimeneas encendiéndose temprano y a meriendas recién hechas escapando por las ventanas abiertas.
Alex arrastraba la bolsa de deporte por la acera mientras volvía del dojo. El cinturón blanco del kimono casi desatado le golpeaba las piernas a cada paso, pero no se molestó en arreglarlo. Le daba igual.
Iba mirando al suelo, dándole patadas a una botella vacía como si aquello bastara para atravesar la tarde.
—Otra vez no ha venido… —murmuró.
Frunció el ceño inmediatamente después. No lo entendía. Antes sí iba. Siempre iba.
Antes Hannah y él hacían todo juntos. Absolutamente todo.
Jugaban en el recreo. Se sentaban juntos en clase. Construían fuertes absurdos en el jardín. Inventaban reglas para juegos que solo ellos entendían. Pasaban tardes enteras hablando de cosas sin sentido hasta que los llamaban para cenar desde una casa o desde la otra.
Eran inseparables. Hannah era su muy mejor amiga. La mejor de todas. Pero ahora no.
Ahora siempre estaba ocupada. Siempre tenía un libro delante. Siempre estaba estudiando algo. Siempre decía aquello de "tengo que terminar esto primero".
Alex bufó.
—Qué rollo…
No entendía cómo podía gustarle tanto estudiar. Para él era fácil. Demasiado fácil. Y precisamente por eso le aburría muchísimo.
No veía sentido en pasarse horas leyendo cosas cuando podían estar haciendo cualquier otra cosa mejor: correr, pelear, explorar el puerto, construir cabañas o competir en cualquier estupidez imaginable.
La botella salió despedida unos metros más adelante tras otra patada distraída.
Pero en realidad había otra cosa molestándolo más. Algo que ni siquiera había sabido cómo explicarle todavía.
Su secreto. Su mayor secreto. Alex había empezado a tocar la guitarra.
Al principio solo había sido curiosidad. Una guitarra vieja que encontró guardada en casa de sus padres y que empezó a tocar por aburrimiento una tarde lluviosa. Pero después… Después algo raro había ocurrido. Ahora no podía dejar de pensar en ello.
Las melodías aparecían solas dentro de su cabeza mientras corría, mientras desayunaba o mientras caminaba por el pueblo. Ritmos, acordes y sonidos que no sabía explicar y que parecían perseguirlo constantemente.
Incluso en ese momento. Sus dedos golpeaban inconscientemente la bolsa de deporte siguiendo un patrón invisible. Tac. Tac-tac. Tac.
Quería contárselo a alguien. Quería contárselo a Hannah. Porque antes Hannah era la persona a la que le contaba todo. Pero ahora… Ahora ya no sabía si podía seguir haciéndolo.
Se detuvo un momento en mitad de la acera.
El viento le revolvió el cabello castaño mientras pensaba con intensidad absoluta. Y entonces, como si acabara de descubrir la solución más importante del mundo, abrió un poco los ojos.
—…¿Y si estudio más?
La idea le hizo torcer la boca inmediatamente. No le gustaba nada. Pero tampoco le gustaba que Hannah ya no quisiera jugar tanto con él.
Miró hacia la casa de enfrente, visible ya al final de la calle.
—¿Y si así me hace caso otra vez? —murmuró.
Y aunque la idea seguía pareciéndole horrible… empezó a considerarla de verdad.
Hannah
La clase olía a lápices recién afilados, hojas de papel y plastilina seca olvidada dentro de algún cajón.
La luz de la mañana entraba por las ventanas iluminando motas de polvo suspendidas en el aire mientras los niños hablaban nerviosos antes de que empezaran a repartir las notas del examen.
Hannah estaba sentada muy recta en su pupitre. Demasiado recta. Las manos juntas sobre la mesa. Esperando.
A su lado, Eleanor Martínez movía el pie sin parar bajo la silla.
—Estoy nerviosa —susurró.
Hannah negó ligeramente con la cabeza sin apartar la vista del frente.
—No hay motivo.
Lo tenía clarísimo. Había estudiado muchísimo. Había repasado cada tema dos veces. Había corregido ejercicios extra. Y había vuelto a repasarlo todo otra vez.
Claro que iba a sacar buena nota. Siempre lo hacía. Porque Hannah odiaba equivocarse.
Le gustaba aprender. Le gustaba entender las cosas. Le gustaba esa sensación concreta de saber que había hecho algo bien. Y aun así…
Sus ojos se desviaron ligeramente hacia atrás. Solo un poco. Lo suficiente para verle.
Alex estaba sentado unos pupitres más atrás, inclinado sobre la silla y mirando distraídamente por la ventana como si absolutamente nada de aquello le importara. Como si estuviera pensando en cualquier otra cosa menos en el examen.
Hannah bajó rápidamente la mirada otra vez. Le echaba de menos. Muchísimo.
Últimamente Alex parecía enfadado con ella y no entendía exactamente por qué. Ella no estaba haciendo nada malo. Simplemente le gustaba estudiar.
Eso no significaba que ya no quisiera estar con él. Solo… tenía que esperar un poco. En Navidad todo volvería a ser igual. Seguro.
Porque Alex era su muy mejor amigo.
La puerta del aula se abrió entonces y la señorita Fletcher entró con una pila de exámenes entre las manos.
Los niños se callaron poco a poco.
—Bien, chicos.
La profesora dejó los papeles sobre la mesa.
—Vamos a decir las notas del examen.
Hannah sintió cómo Eleanor dejaba de respirar dramáticamente a su lado.
Ella, en cambio, se sentó todavía más recta. Estaba preparada.
—Hannah Jones…
Un segundo de pausa.
—Un nueve y medio. Excelente examen.
Una pequeña satisfacción cálida atravesó el pecho de Hannah inmediatamente. Sonrió apenas. Lo sabía. Claro que lo sabía.