(Punto de vista: Hannah)
Hannah tenía las manos apoyadas sobre la mesa que presidía la sala de reuniones, una a cada lado, con los dedos ligeramente tensos contra la madera. El Comisario hablaba a su lado, presentándola, diciendo cosas que apenas lograba procesar. Su pulso iba demasiado rápido. No era nerviosismo, o al menos no solo eso. Era otra cosa. Algo más antiguo y más peligroso.
La puerta se abrió.
-Perdón por el retraso -dijo esa voz-. He traído visita.
Esa voz que reconocería en cualquier lugar.
El mundo se detuvo a su alrededor. Literalmente.
Hannah no se movió, no respiró, no pensó. Porque ahí estaba. Alex.
Llevaba una camisa arremangada sobre una camiseta gris, los tatuajes asomando sin ningún tipo de cuidado en sus antebrazos, como si el mundo no mereciera que se los ocultara. Vaqueros rotos, botas, esa actitud despreocupada de siempre, como si nada hubiera cambiado.
Hannah tragó saliva y su corazón se detuvo. Había olvidado lo guapo que era.
"Error. Eso era un gran error." - se regañó.
Llevaba el pelo más corto, el flequillo ya no le caía sobre los ojos, casi ocultándolos. Esos ojos verdes y eso era peor. Mucho peor. Sintió su sangre arder, no caliente, sino arder de verdad, como lava deslizándose lentamente bajo la piel.
Y entonces Alex sonrió y todo se volvió rojo. No metafóricamente. Rojo. Rabia, ira... algo que no quería nombrar. Porque cuanto más se enfadaba ella, más sonreía él. Y eso la enfureció.
Hannah se incorporó despacio sin apartar los ojos de él. Cada paso medido, controlado, preciso, hasta detenerse frente a él, a su altura. Demasiado cerca.
El mundo desapareció a su alrededor: La sala, ni sus compañeros, ni el Comisario. Solo ellos. Otra vez. Como siempre.
-No sabía que seguías aquí, príncipe de fuego -repitió ella, manteniendo la voz firme, aunque sabía que él notaba todo lo demás.
-Alguien tiene que hacer bien el trabajo-replicó él.
El silencio se volvió denso, cargado y peligroso.
-Curioso -dijo ella-. Pensaba que ya habías dejado de intentarlo.
Directo, sin rodeos, como siempre. Alex sonrió un poco más.
-Y yo pensaba que habías aprendido a no huir.
El golpe fue limpio.
Algo dentro de Hannah se quebró durante un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente. Porque él seguía sonriendo, como si todo fuera un juego, como si no hubiera nada en juego. Y no... no esta vez. No volvería a caer.
-No tienes ni idea de lo que dices -soltó ella.
—Entonces explícamelo —dijo Alex.
—No pierdo el tiempo con causas perdidas —replicó Hannah.
—¿Ahora soy una causa perdida? —preguntó él.
—Siempre lo has sido —respondió ella.
—Vaya. Eso duele.
—No lo suficiente.
—Puedes intentarlo otra vez —dijo Alex con una media sonrisa.
—No eres tan importante —contestó Hannah.
—Y tú sigues mintiendo fatal.
—Y tú sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues volviendo.
—Y tú sigues provocando.
—Y tú sigues cayendo.
—Y tú... —empezó Hannah.
-Ya estamos de nuevo -murmuró Michael desde algún punto lejano.
Pero no lo escucharon. No sabían parar. Uno lanzaba y el otro recogía sin pensar, sin medir, como si siguieran en aquel escenario años atrás, como si nada hubiera cambiado.
-Chicos.
Nada.
-Chicos.
Seguían.
-¡Chicos!
Los dos se giraron a la vez, furiosos.
-¿QUÉ?
Todos les estaban mirando soprendidos.
El mundo volvió de golpe: la sala, las miradas, el Comisario.
Hannah sintió el calor subirle por el cuello hasta las mejillas y se quedó completamente quieta, demasiado consciente de todo.
-Creo que será mejor aplazar la reunión una hora -dijo el Comisario con calma medida-. Para que... os tranquilicéis.
Nadie discutió.
Alex fue el primero en salir, sin mirarla. Hannah giró sobre sí misma y salió en dirección opuesta, rápido, demasiado rápido. Necesitaba respirar. Necesitaba espacio. Necesitaba desaparecer.
No se detuvo hasta doblar el pasillo. Entonces llegó el silencio. La soledad. Por fin.
Soltó un resoplido poco elegante y se dejó caer contra la pared, deslizándose lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Cerró los ojos.
-Genial, Hannah. Genial.
Un sonido suave la sacó de su propio eco. Un perro estaba a su lado.
Se acercó despacio, olfateándola, como si comprobara si seguía entera.
-Sí, sí... estoy bien -murmuró ella, sin abrir los ojos-. Creo.
El perro se sentó a su lado, demostrando ser una presencia tranquila, constante. Hannah dejó caer la cabeza hacia atrás.
-Había olvidado lo irritante que puede llegar a ser.
El silencio la envolvió un momento.
-¿Cómo es posible...? -resopló-. ¿Cómo es posible que siga perdiendo el control así?
Tobías ladeó ligeramente la cabeza.
-No, en serio -insistió ella, girándose un poco hacia él-. Soy adulta. Se supone que soy adulta.
El perro parpadeó.
-Y además soy su superior. ¿Lo parezco?
Tobías la miró fijamente.
-Ya. Eso pensaba.
Suspiró, esta vez más suave.
-Debería comportarme como tal.
Su respiración empezó a acompasarse, el latido bajando poco a poco.
-No puede afectarme así -añadió en voz baja-. No otra vez.
El perro no se movió. No hacía falta.
Se quedó a su lado hasta que su respiración se calmó, hasta que el fuego dejó de arder... lo suficiente.