Fuego y Hielo

Capítulo 2: Parte 1

Punto de vista: Hannah

Hannah tenía las manos apoyadas sobre la mesa que presidía la sala de reuniones. Una a cada lado de la carpeta abierta, los dedos tensos contra la madera pulida mientras intentaba mantener una calma que ya empezaba a resquebrajarse por dentro.

El comisario hablaba a su lado.

La estaba presentando oficialmente. Explicando su historial. Su experiencia. Sus méritos. Palabras. Solo palabras.

Porque Hannah apenas lograba procesarlas. Su pulso iba demasiado rápido. No era nerviosismo. O al menos no únicamente nerviosismo. Era algo peor. Era algo más antiguo y peligroso.

La sala estaba llena del zumbido suave del aire acondicionado, del roce de papeles y del olor mezclado de café y colonia masculina barata. Afuera, el sol de verano golpeaba las ventanas de la comisaría llenando el pueblo de luz cálida y movimiento, pero allí adentro el aire parecía cada vez más pesado.

Y entonces... La puerta se abrió.

—Perdón por el retraso.

Esa voz.

—He traído visita.

El mundo se detuvo. Literalmente. Hannah no respiró, no pensó, no se movió. Porque ahí estaba él. Alex Mallory.

El tiempo pareció plegarse sobre sí mismo durante un instante imposible.

Llevaba una camisa oscura arremangada hasta los antebrazos sobre una camiseta gris ajustada. Los tatuajes asomaban sin ningún cuidado bajo las mangas dobladas, negros contra la piel ligeramente bronceada, como si el mundo entero no mereciera el esfuerzo de ocultarlos. Vaqueros desgastados, botas oscuras y esa actitud despreocupada que siempre parecía rozar la insolencia. Como si nada hubiera cambiado. Como si los años no existieran para él.

Hannah tragó saliva. Y su corazón se detuvo. Había olvidado lo guapo que era.

El pensamiento apareció tan rápido y tan brutal que casi le dio rabia haberlo pensado. Error. Eso era un error enorme.

Llevaba el pelo más corto que antes. Más adulto. El flequillo ya no le caía sobre los ojos ocultándole parte de la mirada como cuando eran jóvenes. Y eso era muchísimo peor. Porque ahora podía verle bien los ojos. Verdes, intensos y demasiado vivos.

Sintió algo arder bajo la piel. No calor. No exactamente. Fuego. Como lava lenta recorriéndole las venas, bajando por el cuello, instalándose en el estómago, más abajo. Nueve años. Nueve años y su cuerpo seguía reconociéndolo antes que su cerebro.

La camiseta gris se le pegaba al torso y Hannah supo, sin quererlo, que debajo seguía estando igual. Duro. Caliente. Suyo. No. Ya no. Nunca más.

Y entonces Alex sonrió. Y todo se volvió rojo. No metafóricamente. Rojo de verdad.

Rabia. Ira. Orgullo herido. Deseo. Cosas demasiado viejas y demasiado vivas como para ponerles nombre sin romper algo.

Porque cuanto más enfadada estaba ella... Más sonreía él. Y eso la enfureció todavía más. Y la excitó todavía más. Y odiaba que las dos cosas pasaran al mismo tiempo.

Hannah se incorporó despacio. Sin apartar la mirada de Alex Mallory ni un solo segundo.

Cada movimiento suyo fue lento, medido y preciso. Los tacones resonaron contra el suelo de la sala mientras avanzaba hacia él con esa elegancia peligrosa que siempre había tenido incluso cuando estaban discutiendo. Hasta detenerse frente a él. Muy cerca. Demasiado cerca.

El olor le llegó de golpe. Jabón, mar, piel caliente. El mismo de la isla. El mismo que llevaba nueve años intentando olvidar y que su cuerpo recordaba mejor que su nombre.

Y entonces ocurrió lo de siempre. El mundo desapareció alrededor. La sala dejó de existir. También el comisario. Sus compañeros. Las miradas clavadas sobre ellos. Todo.

Solo quedaban Alex y Hannah. Otra vez. Como siempre.

—No sabía que seguías aquí, príncipe de fuego, —dijo ella manteniendo la voz firme. Pero sabía perfectamente que él notaba todo lo demás. El pulso en su cuello. La forma en que la blusa blanca se le pegaba a la piel por el aire acondicionado. El modo en que sus pechos subían y bajaban demasiado rápido bajo la tela.

Alex inclinó apenas la cabeza. Sus ojos bajaron medio segundo a su boca y volvieron a subir. Ese medio segundo le quemó.

—Alguien tiene que hacer bien el trabajo.

El silencio entre ambos se volvió denso, cargado y peligroso. Hannah sostuvo su mirada sin pestañear, aunque por dentro se estaba muriendo. Porque él la miraba como si pudiera verla desnuda. Como si recordara exactamente cómo gemía. Como si supiera que con dos pasos más y una mano en su cintura, ella se olvidaría de los 9 años, del orgullo y de la comisaría entera.

—Curioso, —replicó. —Pensaba que ya habías dejado de intentarlo.

Directa, sin rodeos. Como siempre. Como defensa. Porque si no atacaba, se derretía.

Alex sonrió un poco más. Dio medio paso. Solo medio. Pero el calor de su cuerpo le golpeó el pecho y Hannah tuvo que clavarse las uñas en las palmas para no retroceder. O para no abalanzarse.

—Y yo pensaba que habías aprendido a no huir.

El golpe fue limpio. Perfecto. Y durante un segundo algo dentro de Hannah se quebró. Solo un segundo. Pero fue suficiente.

Porque él seguía sonriendo como si aquello fuera un juego. Como si no hubiera nada realmente importante en juego entre ellos. Como si no supiera que con esa frase, con esa mirada, con ese olor, podía hacer que se corriera solo de recordarlo. Y no, no esta vez. No volvería a caer ahí.

—No tienes ni idea de lo que dices, —soltó ella. La voz le salió más baja de lo que quería. Más rota.

—Entonces explícamelo, —respondió Alex inmediatamente. Bajó la voz también. Solo para ella. Y ese tono le rozó la columna como dedos.

—No pierdo el tiempo con causas perdidas.

—¿Ahora soy una causa perdida?

—Siempre lo has sido.

Alex apoyó ligeramente la lengua contra el interior de la mejilla antes de sonreír otra vez. Hannah vio el gesto y se le secó la boca. Sabía lo que hacía esa lengua. Dónde había estado. Durante horas.




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