Connor
Connor balanceaba las piernas sentado en el banco con una impaciencia que parecía incapaz de apagarse. La punta de sus zapatillas rozaba el borde de la madera una y otra vez, marcando un ritmo irregular mientras hablaba sin parar, atropellando las palabras por puro entusiasmo.
A su lado, Chloe lo observaba con una sonrisa divertida, apoyada ligeramente hacia él, como si llevara un buen rato disfrutando del espectáculo.
—Y entonces apareció, así, de repente —decía Connor, gesticulando con las manos pequeñas pero expresivas—. Y habló conmigo como si me conociera de toda la vida. Te lo juro, Chloe... es la persona más guay que he conocido nunca.
Hizo una pequeña pausa, pensativo, como si estuviera ordenando sus propias emociones.
—Bueno... después de mi madre.
Chloe soltó una risita.
Frente a ellos, un mural ocupaba toda la pared lateral del paseo: un estallido de colores vivos, formas desordenadas, líneas que parecían no seguir ninguna lógica y que, aun así, encajaban con una armonía extraña. En letras grandes podía leerse Bienvenidos a North Harbour, y alrededor de la frase se desplegaban manchas azules, naranjas, verdes y rojas que parecían moverse cada vez que la luz cambiaba. Era caótico, pero bonito. Como si alguien hubiera decidido que el desorden también podía tener belleza.
Connor lo miraba de vez en cuando mientras hablaba, aunque no terminaba de saber por qué aquel mural le llamaba tanto la atención. Había algo en él que le resultaba familiar, aunque no pudiera explicarlo. Algo en esa mezcla imposible de colores le daba la sensación de estar mirando algo vivo. Algo que latía.
—¿Y cómo se llama? —preguntó Chloe, curiosa.
Connor se giró hacia ella con la misma expresión orgullosa que había tenido al decirlo antes.
—Alex.
El nombre salió de su boca con una seguridad casi solemne.
En ese momento, una voz los interrumpió desde un poco más allá.
—¿Chloe?
Ambos giraron la cabeza. Un chico se acercaba hacia ellos con una sonrisa fácil, vestido con un uniforme blanco de taekwondo que contrastaba con la luz cálida del paseo marítimo. Tenía el aire de alguien acostumbrado a moverse con soltura, con una energía tranquila y una forma de andar despreocupada que llamó la atención de Connor de inmediato.
Chloe se puso en pie casi de un salto.
—¡Dylan! —exclamó—. ¡Cuánto tiempo!
Se abrazaron con naturalidad, como si el tiempo que había pasado no importara demasiado.
—Nos vimos en la fiesta de fin de curso del cole, ¿no? —dijo él al separarse.
—Sí... —Chloe sonrió—. A ver si llega ya el cuatro de julio y lo celebramos todos juntos.
—Eso está hecho.
Connor los observaba en silencio, curioso, con la cabeza ligeramente inclinada. Chloe advirtió su mirada y se giró hacia él.
—Dylan, él es Connor, mi primo.
Connor se incorporó un poco sobre el banco.
—Hola.
—Hola —respondió Dylan con una media sonrisa amable.
Connor no tardó en fijarse en la ropa.
—¿Y eso que llevas?
Dylan bajó la vista, como si acabara de recordar que seguía vestido con el uniforme del dojo.
—Ah, esto... es de taekwondo.
Connor abrió un poco más los ojos.
—¿Sabes pelear?
Dylan se encogió de hombros con una naturalidad casi divertida.
—Más o menos. Me ha enseñado mi tío.
Connor inclinó la cabeza, interesado de inmediato.
—¿Tu tío?
—Sí.
—¿Y es bueno?
Dylan sonrió esta vez con un punto de orgullo.
—El mejor.
Connor frunció ligeramente el ceño, como si estuviera revisando la información por dentro.
—¿Cómo se llama?
—Alex.
El silencio que siguió fue breve, pero lo bastante largo como para que algo se acomodara dentro de Connor. Levantó la vista despacio.
—¿Alex?
—Sí —repitió Dylan, sin entender del todo su reacción—. ¿Por qué?
Connor sonrió con una seguridad repentina. Una certeza que no tenía explicación.
—Creo que conozco a tu tío.
Dylan lo miró un segundo, extrañado, y luego intercambiaron esa clase de silencio que ocurre cuando dos niños intuyen que están a punto de descubrir algo sin saber aún qué.
Después, casi al mismo tiempo, los tres desviaron la mirada hacia el mural. Los colores parecían moverse con la luz. El azul le recordó al terciopelo de su bolsita. El verde a unos ojos que había visto hacía solo una hora.
Connor entrecerró los ojos y sonrió un poco.
—Es chulo.
Dylan asintió.
—Mi padre dice que fue un castigo o algo así.
Connor no apartó la vista.
—Pues a mí me gusta.
Y, por alguna razón, no supo explicar por qué, sintió que eso era cierto de un modo mucho más profundo de lo que parecía. Como si ese caos de colores le perteneciera.
La sala de reuniones empezó a llenarse poco a poco, el murmullo de voces mezclándose con el sonido de sillas arrastrándose sobre el suelo y el roce de carpetas, vasos de café y hojas que alguien había dejado mal apiladas sobre la mesa.
Hannah llegó a la puerta al mismo tiempo que Alex. Casi chocaron. Se detuvieron a escasos centímetros el uno del otro. Durante un segundo, ninguno dijo nada.
El aire se cargó. Él olía a mar y a madera de velero. Ella a jabón y a café recién hecho. Olores que no deberían mezclar, pero que juntos encendían algo. Hannah sintió el calor de su cuerpo sin tocarlo. Llevaba 20 minutos intentando olvidar cómo la había mirado en el pasillo.
Alex alzó ligeramente una ceja y, con una media sonrisa que ya empezaba a resultarle insoportable, hizo una pequeña reverencia exageradamente educada, dejándola pasar primero. Sus ojos bajaron medio segundo a su boca. Solo medio segundo.
Hannah no respondió. Simplemente entró y él la siguió. Demasiado cerca. Lo suficiente para que ella notara su aliento en la nuca un instante antes de que él frenara.
Alex se dirigió directamente al fondo de la sala y se dejó caer en una silla con esa postura suya, relajada hasta rozar la insolencia. Una pierna cruzada, un brazo apoyado sobre el respaldo, el cuerpo aparentemente relajado aunque Hannah conocía demasiado bien la tensión escondida bajo esa calma fingida. Era la misma tensión de la isla a las 3 de la mañana. La de un cuerpo que finge dormir pero está despierto.