Fuego y Hielo

Capítulo 2: Parte 3

Hannah

Hannah abrió la puerta del coche con un movimiento automático y dejó caer el bolso en el asiento del copiloto. El móvil le siguió un segundo después, resbalando sobre la tapicería antes de quedarse quieto junto a la consola central. Cerró la puerta con un golpe suave, más contenido de lo que en realidad sentía, y durante unos segundos se quedó completamente inmóvil.

Apoyó la cabeza en el reposacabezas. El techo del coche fue lo único que vio. Y, aun así, no consiguió dejar de sentirlo.

El corazón le latía demasiado rápido. Demasiado fuerte. Como si aún siguiera dentro de aquella sala, con la voz de Alex resonando en el aire, con esa tensión absurda, esa rabia vieja y esa cercanía insoportable que conseguía desarmarla más que cualquier otra cosa.

Cerró los ojos y soltó el aire lentamente. Se obligó a respirar hondo, como si el cuerpo pudiera obedecerle solo porque ella lo ordenaba. No pudo. No del todo.

Se inclinó hacia el asiento de al lado, tomó el móvil y desbloqueó la pantalla con un gesto distraído. Apenas pensó en lo que hacía. Solo necesitaba algo distinto. Algo que la sacara de allí, aunque fuera durante tres minutos.

Buscó una canción. La eligió casi por instinto.

🎶 Donde Baja el Ruido — North Harbour 🎶

Los primeros acordes llenaron el interior del coche con una suavidad casi inesperada. No era una canción que pidiera atención. Era una canción que la iba reclamando poco a poco, sin prisas, como si supiera exactamente en qué punto de una respiración ajena tenía que entrar.

Hannah no se movió al principio. Solo escuchó.

La voz del solista comenzó como un murmullo cálido, y la música, lenta y envolvente, fue ocupando el espacio que hasta entonces estaba lleno de tensión. Los hombros de Hannah, que llevaban demasiado tiempo elevados, empezaron a bajar apenas unos milímetros. Su respiración seguía inestable, pero ya no tan rota.

"Se le enreda el mundo en la respiración..."

Los dedos, que seguían tensos sobre su regazo, empezaron a aflojarse muy despacio. Uno a uno. Como si el cuerpo recordara de pronto que no tenía por qué estar en guardia todo el tiempo.

"Late demasiado fuerte el corazón..."

Hannah exhaló más hondo.

Las imágenes de la sala se fueron desdibujando poco a poco. La silla de Alex. Su sonrisa. La forma en que la había mirado. La forma en que ella había reaccionado como si todavía tuviera veintiún años y él acabara de pinchar la única herida que nunca terminaba de cerrar.

"Luces que no paran de parpadear..."

Su mandíbula, todavía tensa, terminó cediendo un poco. No del todo. Pero sí lo suficiente.

El estribillo llegó con esa clase de calma que no te arrastra, sino que te acompaña.

"Donde baja el ruido y puedo respirar..."

Hannah abrió los ojos lentamente. La frase le golpeó de una manera extraña, casi íntima.

"Donde el pecho aprende a no gritar..."

Tragó saliva. No sabía por qué esa línea exacta le había parecido tan personal, tan precisa, como si la canción hubiera sido escrita para sostener justo aquel momento.

"No hay prisa en el tiempo, no hay que demostrar..."

Sus hombros descendieron un poco más.

Y por primera vez desde que había salido de la sala de reuniones, sintió que podía volver a notar el peso de su propio cuerpo sin querer escapar de él.

Cerró los ojos otra vez. Y, al hacerlo, por unos segundos, dejó de pensar en Alex Mallory.

No fue magia ni una curación instantánea. Pero sí un descanso. Y, en aquel instante, eso bastaba.

El segundo verso avanzó como una marea más tranquila. Las palabras siguieron entrando, suaves, serenas, hasta que Hannah apoyó por completo las manos sobre sus muslos y dejó de pelear con la tensión que aún quedaba en sus hombros.

"Y si el miedo vuelve a llamar... no le cierres... déjalo pasar."

Respiró hondo. Esta vez, de verdad.

La canción continuó llenando el coche hasta que el ruido del mundo exterior dejó de parecer tan urgente. Cuando llegó el último estribillo, el interior del vehículo parecía otro lugar. Más amplio. Más silencioso. Más habitable.

"Donde baja el ruido... puedo respirar..."

Y esta vez era verdad. La canción terminó.

El silencio volvió, pero ya no pesaba. No como antes.

Hannah abrió los ojos despacio. Se incorporó un poco y notó que su respiración por fin era estable. El pulso seguía ahí, sí, pero ya no le martilleaba el pecho con aquella violencia absurda.

No estaba bien. Pero estaba mejor. Mucho mejor. Giró la llave y el motor cobró vida con un ronroneo suave.

Y entonces el móvil vibró sobre el asiento del copiloto. La pantalla se iluminó. Llamada entrante.

Hannah bajó la vista y leyó el nombre: Ian Sullivan.

Cerró los ojos un segundo, como si el universo tuviera un sentido del humor especialmente cruel.

—Lo que faltaba para terminar el día… —murmuró.

No contestó.

Bar de Will

El bar de Will estaba lleno del murmullo habitual de final de la jornada. Conversaciones a media voz, el sonido de vasos chocando, alguna risa dispersa y el olor reconfortante de cerveza, madera vieja y comida recién hecha.

Era el tipo de lugar que parecía respirar con la gente que lo habitaba.

En una de las mesas, Michael, Monty y otros tres policías compartían cervezas después del turno, con esa relajación cansada de quienes por fin habían terminado de fingir que la jornada no los había devorado vivos. En la barra, Alex estaba sentado solo, con un botellín entre los dedos y el ceño ligeramente fruncido.

No parecía estar escuchando nada. Pero lo estaba oyendo todo.

Will limpiaba vasos detrás de la barra con la calma de alguien que ya conoce la escena antes de que ocurra.

A unos metros, Claire ocupaba una silla alta con sus auriculares enormes, un libro abierto entre las manos y unas gafas de sol que no tenían el menor sentido a aquella hora.

—Yo solo digo que esto va a cambiar —comentó uno de los policías desde la mesa—. Se nota.




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