El apartamento de Hannah nunca había pretendido ser grande. Ni lujoso. Ni especialmente ordenado. Pero tenía algo que lo hacía suyo desde el primer vistazo: vida.
Vida de verdad.
No el tipo de vida impecable que se ve en las revistas, sino la que se nota en los detalles pequeños. En los libros apilados en la mesa auxiliar. En la manta doblada con prisa sobre el respaldo del sofá. En las tazas que nunca estaban en su sitio exacto. En el olor suave a jabón, a ropa limpia y a cena casera que siempre parecía quedarse flotando en el aire aunque las ventanas estuvieran abiertas.
Era un piso cálido, recogido y lleno de recuerdos.
En las paredes del salón había fotografías por todas partes. No una o dos. Por todas partes.
Hannah en el colegio, con uniforme y una trenza perfecta que evidenciaba que ya de pequeña quería parecer impecable antes de salir de casa. Estaba sentada, manteniendo lo que parecía una conversación muy interesante con un niño a su lado. El niño tenía el pelo revuelto y la miraba como si ella tuviera todas las respuestas.
Hannah adolescente, con la cara más delgada, la expresión más desafiante y esa belleza todavía sin pulir que ya anunciaba la mujer en la que se convertiría después. La fotografía la capturaba en medio de una discusión con el mismo chico de antes, ya adolescente también. Él tenía los brazos cruzados. Ella, el dedo acusador. Ninguno cedía.
Connor desde bebé, dormido sobre un pecho, envuelto en mantitas demasiado grandes, con una carita redonda y tranquila que ya entonces parecía tener algo muy suyo.
Connor creciendo año tras año: en la playa con arena hasta las rodillas, con una corona de papel en un cumpleaños, abriendo regalos de Navidad con una sonrisa inmensa, salpicado por una lluvia de verano, dormido en el sofá con un libro abierto sobre el vientre.
Y también estaban las fotos de la familia.
Eddie, siempre más pequeño de lo que realmente era en la memoria de Hannah. Incluso con veinticinco años seguía siendo su hermano menor.
Las risas de Allison congeladas en imágenes de distintas épocas: Allison con veinte años, Allison abrazando a Connor, Allison junto a Hannah en una terraza, Allison en la cocina de los Jones con una fuente de comida en las manos y esa mirada de “yo ya he resuelto esto antes de que tú lo hayas pensado”.
Había marcos sobre las repisas, sobre la estantería, sobre la encimera, sobre una pequeña mesa junto a la ventana.
El apartamento entero parecía construido alrededor de la idea de recordar. Y aun así, no resultaba triste. Resultaba acogedor. Como si aquellas imágenes fueran la manera que Hannah tenía de decirse a sí misma que todo lo importante seguía aquí, aunque el mundo intentara cambiar demasiado deprisa.
Salió del baño secándose el pelo con una toalla, todavía con la piel ligeramente húmeda. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Cómoda. Sencilla. Muy lejos de la versión rígida y controlada que llevaba en la comisaría.
Se recogió el cabello en un moño flojo mientras caminaba por el pasillo y soltó un suspiro cansado. El piso estaba en silencio. Pero no por mucho tiempo. Estaba esperando la llegada de su hijo.
Apenas había dado dos pasos hacia la cocina cuando llamaron a la puerta. Hannah se detuvo un segundo. Como si necesitara prepararse. Y luego fue a abrir.
En cuanto giró el pomo…
—¡Mami!
Connor se lanzó hacia ella sin ningún tipo de aviso. La rodeó con los brazos y hundió la cara en su camiseta con la confianza absoluta de quien sabe exactamente dónde pertenece.
Hannah sonrió sin poder evitarlo y lo abrazó con fuerza. Enterró la cara un segundo en su pelo. Todavía olía a sol, a calle y a un poco de mar. Su pequeño. La personita que más amaba del mundo.
—Hola, cariño —murmuró.
—¡Tengo un montón de cosas que contarte! —dijo él, separándose solo lo justo para mirarla.
Tenía los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas por la tarde y esa energía desbordante que parecía no agotarse nunca. Llevaba el flequillo castaño revuelto y la camiseta ligeramente torcida, como si hubiera llegado corriendo todo el camino hasta allí.
Hannah alzó una ceja, divertida.
—Seguro que sí. Pero primero… —se apartó un poco y le señaló el pasillo— date un baño. Y rápido. Pronto estará la cena.
Connor hizo una mueca inmediata, pero obedeció.
—Vale… pero no te olvides, ¿eh?
—No me olvido, mi vida.
Salió corriendo por el pasillo como una pequeña ráfaga de ruido. Hannah lo siguió con la mirada unos segundos antes de cerrar la puerta. Su hermana Allison ya estaba dentro. Se había quitado el bolso y lo había dejado sobre una silla. Llevaba la expresión tranquila de quien ya se sentía cómoda en esa casa, como si el apartamento también le perteneciera un poco por derecho afectivo. Siempre había sido así entre ellas: un lugar al que llegar sin tener que pedir permiso.
—Está imposible —comentó Allison con una sonrisa.
Hannah dejó la toalla sobre el respaldo de una silla y caminó hacia la cocina.
—Lo sé —respondió—. Pero prefiero eso a que esté callado.
Entraron juntas. El ambiente cambió ligeramente. Más tranquilo. Más adulto. Más de hogar.
La cocina era pequeña pero cálida. Había una lámpara encima de la mesa que dejaba caer una luz suave sobre la madera, y en la encimera se alineaban una tabla de cortar, un cazo, una espátula y un plato con pan ya preparado. En una esquina, una cafetera aún templada terminaba de llenar la estancia con ese olor que siempre parecía prometer calma aunque el día hubiera sido una tormenta.
Allison se apoyó en la encimera.
—Por cierto, Eddie va a venir unos días.
Hannah levantó la vista al instante.
—Tengo muchas ganas de verle —dijo con sinceridad, y en su tono hubo un cariño auténtico, casi inmediato, al pronunciar el nombre de su hermano pequeño. Siempre le seguiría pareciendo más niño de lo que era, aunque ya tuviera veinticinco años.