Fuego y Hielo

Capítulo 2: Parte 5

Connor balanceaba las piernas sentado en el borde de un banco del puerto, mirando el agua con esa fascinación silenciosa que solo le despertaban los barcos. El vaivén suave de las embarcaciones, el crujido de la madera bajo los pasos, el chasquido de las cuerdas contra los mástiles y el olor a sal le parecían cosas tan vivas que no podía dejar de observarlas.

El puerto tenía esa clase de belleza que no necesitaba llamar la atención. Le bastaba con existir.

Las gaviotas sobrevolaban el muelle en círculos perezosos, el sol de la tarde rebotaba sobre el agua y las pequeñas olas golpeaban los cascos de los veleros con una calma casi hipnótica. Connor estaba esperando a su madre, sí, pero no parecía especialmente aburrido. Al contrario. Todo lo que lo rodeaba le parecía una aventura en potencia.

Entonces, de pronto, oyó un suave ladrido a su lado.

Connor giró la cabeza.

—Hola, amiguito.

Tobías apareció como si hubiera salido de la nada, moviendo la cola con esa mezcla de prudencia y confianza que solo tienen los perros que saben exactamente cuándo están ante alguien amable. El pastor alemán se acercó a él, lo olfateó con familiaridad y apoyó el hocico un segundo cerca de su mano.

Connor sonrió al instante.

—¿Te acuerdas de mí?

Tobías dio un pequeño giro, como si confirmara que sí, y luego se alejó unos pasos. Se detuvo. Miró atrás.

Connor frunció el ceño.

—¿Qué haces?

El perro avanzó un poco más. Y volvió a girarse. Esta vez Connor entendió.

—¿Quieres que te siga?

Tobías movió la cola. Connor dudó solo un segundo. Después se levantó del banco.

—Vale… pero no te vayas muy lejos.

Le encantaban los barcos. Y si Tobías lo llevaba a ver más del puerto, todavía mejor.

Siguió al perro entre el ir y venir de la gente, dejando atrás los bancos, las bicicletas aparcadas y el murmullo constante del paseo marítimo. El camino olía a cuerda húmeda, a gasolina y a madera vieja, y a Connor todo aquello le parecía cada vez más interesante.

Alex no levantó la vista de inmediato.

Estaba en la cubierta de su velero, inclinado sobre una de las cuerdas, ajustando un nudo con precisión automática. Sus manos trabajaban solas, acostumbradas a ese gesto repetido cientos de veces. El mundo desaparecía cuando estaba allí. Solo el mar. Solo el barco. Solo el silencio.

Hasta que una pequeña voz lo sacó de sus pensamientos.

—¡Alex!

Levantó la cabeza. Y por un segundo, sonrió sin pensarlo.

—Hombre… —dijo, relajado—. ¿Otra vez tú?

Connor se acercó con esa energía desbordante que parecía no caberle en su pequeño cuerpo.

—¡He venido con tu perro!

Tobías se tumbó cerca, como si todo estuviera exactamente donde debía estar.

Alex soltó una carcajada y se apoyó con naturalidad sobre la barandilla.

—Ya veo. Tiene buen ojo.

Connor miró el barco con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué haces?

—Vivo —respondió Alex, sin darle importancia—. Aquí.

Connor parpadeó.

—¿Vives… ahí?

Alex asintió.

—Sí.

El silencio del niño duró apenas un instante.

—Eso es increíble.

Alex soltó otra carcajada.

—Depende del día.

Connor ya estaba mirando todo con avidez. Las cuerdas. La cubierta. Los pequeños detalles del velero. La manera en que todo parecía tener un orden que él todavía no entendía.

—¿Y esto para qué sirve? —preguntó señalando una de las poleas.

Alex se acercó.

—Eso sirve para ajustar la vela cuando cambia el viento.

Connor frunció el ceño, intentando imaginarlo.

—¿Y si no lo haces?

—Pues el barco no va donde quieres.

El niño lo miró con la seriedad de alguien que acababa de recibir una lección importante.

—Como cuando no haces caso a tu madre.

Alex soltó una carcajada más.

—Exacto.

Siguieron hablando. De cuerdas, de velas, del mar. Connor preguntaba. Alex respondía. Y, sin darse cuenta, Alex fue simplificando todo para él con una paciencia inusual en él. Había algo en ese niño que le hacía hablar de otra manera, como si explicar el mundo fuera de pronto más fácil de lo habitual.

—¿Y no te da miedo? —preguntó Connor al cabo de un rato.

—¿El qué?

—Vivir aquí. Solo.

Alex pensó un segundo antes de responder.

—No —dijo al fin—. El mar es más fácil de entender que la gente.

Connor asintió como si aquello tuviera todo el sentido del mundo. Después cambió de tema con la naturalidad caótica de un niño.

—He conocido a tu sobrino. Dylan me dijo que enseñas taekwondo.

Alex apoyó las manos en la barandilla.

—Más o menos.

—¿Me enseñarías?

Alex lo miró entonces con más atención. Había algo en esa pregunta. Algo directo. Algo limpio. Algo que no era exactamente una petición infantil, sino una confianza inesperada.

—Doy clases en un Dojo —respondió—. Podrías venir.

Connor sonrió enseguida. Tobías suspiró desde el suelo, completamente relajado. Y el tiempo pasó sin que ninguno de los dos lo notara del todo. Las risas. Las preguntas. La calma.

Hasta que una voz cortó ese momento.

—Connor.

Él giró la cabeza al instante.

—¡Mamá!

Su rostro se iluminó de golpe. Alex tardó un segundo más en reaccionar. Aún estaba dentro de aquel instante tranquilo, lejos de cualquier otra cosa, cuando alzó la vista y la vio.

Hannah.

El mundo volvió de golpe. El silencio se alargó un segundo más de lo normal.

Alex tensó apenas la mandíbula. Hannah apretó las llaves entre los dedos, como si necesitara anclarse a algo. Se miraron. Demasiado.

Connor los observó alternando la vista entre los dos.

—¿Os conocéis?

Silencio. Ninguno respondió enseguida.

—Sí… —dijo Hannah al fin—. Desde hace tiempo.

—Crecimos juntos —añadió Alex—. Vivía en la casa de enfrente.

Entonces la miró de verdad. Y luego miró a Connor. Y entendió. El parecido. Los gestos. La forma en que el niño se movía, cómo apretaba la boca al pensar, cómo la miraba a ella. Se parecía muchísimo a su madre. Era el hijo de Hannah.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.