Fuego y Hielo

Capítulo 2: Parte 7

FLASHBACK

Año 2003

Hannah y Alex, 8 años

El papel crujía entre las manos de Alex cada vez que pasaba una página con más brusquedad de la necesaria.

Estaban sentados en el suelo del salón de actos del colegio, rodeados de otros niños que practicaban líneas en voz alta, se probaban coronas de plástico demasiado grandes o corrían de un lado a otro perseguidos por una profesora agotada.

El aire olía a témperas, polvo y telas guardadas demasiado tiempo en un armario.

Alex sostenía el guion con la misma expresión con la que habría mirado una verdura sospechosa. Fruncía el ceño mientras leía en silencio, cada vez menos interesado. A su lado, Hannah repasaba las páginas mucho más rápido, sentada completamente recta sobre las piernas cruzadas, con una concentración casi insultante para alguien de ocho años.

—Es aburrido —murmuró Alex al final.

Hannah ni siquiera levantó la vista.

—Mucho.

Hubo un pequeño silencio.

De esos en los que ninguno quiere seguir haciendo algo, pero tampoco quiere ser el primero en admitirlo.

Alrededor de ellos seguían oyéndose voces, risas y pasos, pero en aquel rincón parecía existir una burbuja aparte. Como si siempre terminaran creando una sin darse cuenta.

Hannah cerró el guion de golpe.

—No tiene sentido.

Alex levantó inmediatamente la cabeza.

—¿El qué?

Ella señaló las hojas con visible indignación.

—Esto. ¿Por qué el príncipe tiene que salvar a la princesa?

Alex se encogió de hombros automáticamente.

—Porque siempre es así.

Hannah negó con fuerza.

—Pues está mal.

Eso hizo que Alex sonriera un poco.

—Entonces no lo hagas.

—No puedo —protestó ella—. Soy la princesa.

Alex bajó la mirada hacia su propio papel.

—Y yo el príncipe…

Otra pausa.

Hannah giró ligeramente la cabeza hacia él, observándolo de reojo.

—¿Y por qué aceptaste ser el príncipe si no te gusta?

Alex abrió la boca para responder. Pero se quedó callado. Porque no lo había pensado demasiado. O eso quería creer.

Porque la realidad era otra. Porque cuando la profesora preguntó quién quería ser el príncipe y Hannah ya tenía puesta aquella corona ridícula de princesa sobre el pelo castaño oscuro… él levantó la mano antes incluso de pensarlo. Porque ella era la princesa. Pero eso no iba a decirlo.

Se encogió de hombros.

—Porque nadie más quería.

Hannah lo observó unos segundos más como si no terminara de creérselo del todo.

Y entonces sonrió.

Fue una sonrisa pequeña al principio. Pero peligrosa. Alex ya conocía esa expresión. Significaba que acababa de tener una idea.

—Cambiémoslo.

Alex parpadeó.

—¿El qué?

Hannah levantó el guion entre las manos.

—Todo.

Alex la miró un segundo. Luego otro. Y después sonrió también. Porque, de algún modo, las locuras de Hannah siempre terminaban pareciéndole una buena idea.

Y así, sin discursos importantes ni grandes planes, dos niños de ocho años decidieron romper una historia que llevaba siglos escrita.

✦ ✦ ✦

El murmullo del público llenaba el salón de actos como un mar inquieto al otro lado del telón.

Padres hablando en voz baja. Sillas moviéndose. Algún niño llorando en las primeras filas. Programas de papel doblándose entre manos impacientes.

Desde detrás de la cortina roja, Alex se asomó apenas un centímetro. Y se arrepintió inmediatamente.

Había muchísima gente.

—Hay demasiada gente —susurró.

—Claro —respondió Hannah con tranquilidad absoluta.

Alex giró la cabeza hacia ella. Y por un momento olvidó incluso el escenario.

Llevaba un vestido blanco que parecía un poco demasiado grande para su cuerpo pequeño, con mangas transparentes y una falda llena de capas que se arrastraban apenas por el suelo. Pero Hannah lo llevaba con una seguridad tan natural que dejaba de parecer un disfraz.

El pelo oscuro estaba medio recogido con pequeñas flores sujetas entre los mechones y algunos rizos suaves escapándose alrededor de la cara.

No parecía una princesa. Parecía alguien que no necesitaba que nadie la rescatara.

Alex bajó la vista hacia sí mismo.

El traje rojo del príncipe era horrible. Picaba. Y además tenía una capa absurda que llevaba molestándolo toda la tarde.

—Recuerda —dijo Hannah bajando un poco la voz—. Lo nuestro.

Alex asintió. Lo nuestro. Eso significaba: ignorar completamente el guion.

Desde el lateral del escenario, la señorita Fletcher levantó una mano indicando que empezaban.

Y entonces el telón se abrió.

La luz del foco les golpeó directamente en la cara.

El murmullo desapareció poco a poco.

Silencio.

Alex dio un paso al frente. El corazón le golpeó una vez fuerte dentro del pecho. Dudó apenas un segundo.

Luego habló.

—Había una vez… un príncipe que no sabía hacer nada.

Un murmullo recorrió el salón.

Detrás del telón alguien susurró:

—¿Qué?

Hannah bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

—Nada de nada —continuó Alex muy serio—. Ni luchar, ni montar a caballo… ni siquiera sabía rescatar a alguien.

Más murmullos.

Desde un lateral llegó una voz desesperada:

—¡El guion! ¡Seguid el guion!

Alex ni siquiera miró hacia allí. Y Hannah avanzó un paso.

—Y había una princesa —dijo con total naturalidad— que sí sabía hacerlo todo.

Algunas risas escaparon entre el público.

—Sabía luchar —continuó ella—. Y escalar torres. Y abrir puertas sin llaves.

—¡Eso no es así! —susurró el director desde detrás de una cortina.

Pero ya era demasiado tarde. Porque ambos estaban completamente dentro de aquello.

—Un día —dijo Alex entrando de lleno en la improvisación— el príncipe fue secuestrado.

—Por un dragón muy torpe —añadió Hannah inmediatamente.

—Que también necesitaba ayuda.

Las primeras carcajadas reales empezaron a escucharse entre las filas.




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