Fuego y Hielo

Capítulo 3: Parte 1

Comisaría

La comisaría estaba llena de ruido. Teléfonos sonando. Teclados golpeándose sin descanso. Pasos rápidos cruzando pasillos. Voces mezcladas con el zumbido constante del aire acondicionado. Movimiento. Rutina. Vida.

Y, aun así, en mitad de todo aquello existía un silencio extraño que no encajaba con nada.

Hannah no levantaba la vista de la pantalla de su ordenador. Sentada perfectamente recta tras el escritorio, con la espalda firme y los hombros tensos bajo la camisa clara, trabajaba con esa precisión casi quirúrgica que parecía convertir cada movimiento suyo en algo calculado. Pasaba páginas, escribía notas y revisaba informes como si nada existiera fuera de aquella mesa. Como si no pudiera sentirlo. Pero lo sentía.

Porque el enfado le quemaba las yemas de los dedos. Llevaba tres días viendo a Connor con sus hoyuelos, con la forma exacta de su pelo al despeinarse, y Alex ni una puñetera pregunta. Ni una. Había asumido que era de otro sin despeinarse. Como si ella hubiera rehecho su vida en dos meses. Como si no la conociera.

Porque a unos metros de distancia estaba Alex. Sentado con un informe abierto entre las manos, fingiendo leer algo que llevaba diez minutos sin avanzar de página. Cada pocos segundos levantaba la vista sin querer.

Siete años. El crío tendría siete. Eso ponía a Hannah liándose con alguien en 2017. Como mucho. Pocos meses después de la isla. Meses después de dejarlo. Mientras él seguía sin tocar a nadie que no fuera para olvidar. La idea le retorcía el estómago y le ponía la polla dura a la vez, y eso le ponía más furioso.

Y ahí estaba ella. Otra vez.

El cabello oscuro recogido de forma perfecta. La mandíbula ligeramente tensa. Las gafas apoyadas junto al teclado. La forma exacta en que se mordía apenas el interior de la mejilla cuando algo la irritaba. Seguía haciéndolo.

Alex apartó la vista un instante demasiado tarde.

Y Hannah, que había sentido aquella mirada incluso antes de devolverla, volvió rápidamente a la pantalla. Fue la primera en romper el contacto. Como siempre.

Alex cerró finalmente el informe con un suspiro seco y se inclinó hacia atrás en la silla.

—Brown.

Joe Brown levantó la cabeza sobresaltado desde el escritorio contiguo.

—¿S-sí?

Alex alzó apenas una carpeta.

—Llévale esto a la inspectora.

Joe miró el informe. Luego a Alex. Luego, sin querer, a Hannah. Y automáticamente volvió a bajar la mirada.

—V-vale.

Cogió la carpeta con cierta torpeza y cruzó la sala como quien atraviesa un campo minado. Se detuvo frente al escritorio de Hannah completamente rígido.

—I-inspectora…

Hannah levantó la vista.

—¿Sí?

Joe dejó el informe sobre la mesa con cuidado excesivo.

—E-esto…

Ella abrió la carpeta y empezó a revisar las páginas en silencio. Joe tragó saliva. El silencio de Hannah siempre daba más miedo del necesario. Pasó una página. Luego otra. Y entonces habló sin levantar todavía la vista.

—¿Cómo te llamas?

Joe parpadeó.

—J-Joe. Joe Brown.

—Joe —repitió ella con calma—. Esto está mal hecho.

Joe se quedó completamente quieto.

—¿M-mal…?

Hannah levantó finalmente los ojos hacia él.

—Mal en plan que si entregamos esto así, nos tumban el caso en menos de diez minutos.

Joe asintió muy rápido.

—S-sí, claro. Mal de verdad.

Silencio.

—¿Algo más? —preguntó Hannah.

Joe dudó. Muchísimo.

—N-no… bueno… sí… es que…

Se calló otra vez. Hannah lo observó unos segundos.

—¿Qué?

—N-nada. Perdón.

Ella cerró parcialmente la carpeta.

—Corrígelo.

—S-sí.

Joe empezó a girarse.

—Y Joe.

Se detuvo inmediatamente.

—¿S-sí?

—Deja de ponerte nervioso.

Joe intentó sonreír.

—L-lo intento.

Volvió hacia la mesa de Alex con el informe pegado al pecho. Pero no se sentó. Se quedó de pie.

—D-dice que está mal.

—Ya.

—Y q-que lo arregle.

—Hazlo.

Joe asintió. Pero seguía sin moverse. Alex levantó finalmente la vista.

—¿Qué?

Joe dudó otra vez.

—N-nada… es que… —miró de reojo hacia Hannah. Luego hacia Alex. Y frunció un poco el ceño. —H-hay tensión.

Silencio.

Alex lo miró fijo.

—Trabaja, Brown.

—S-sí.

Joe se giró rápidamente… pero volvió a mirar a Hannah. Luego a Alex otra vez. Algo no terminaba de cuadrarle.

Monty ya no disimulaba. Michael había dejado de teclear. Hasta la centralita bajó el volumen. Porque aquello no era tensión laboral. Era sexo mal resuelto. Eran dos personas que se habían visto desnudas y ahora fingían que no se acordaban cómo respiraba el otro.

El ruido de la comisaría continuaba alrededor, pero cada vez más gente empezaba a escuchar sin disimular.

Joe volvió a hablar sin mirar directamente a ninguno de los dos.

—P-perdón… pero…

Tragó saliva.

—¿V-vosotros…?

Se quedó bloqueado a mitad de frase. Monty levantó la vista desde su ordenador. Michael giró lentamente la silla. Joe se puso rojo instantáneamente.

—N-nada, nada… olvídalo.

—Termina la frase —dijo Monty divertido.

Joe se hundió un poco más.

—N-no importa.

Entonces Hannah habló sin apartar la vista de la pantalla.

—Brown.

—S-sí.

—Trabaja.

—S-sí.

Alex se pasó una mano por la cara.

—Por favor.

Joe levantó ambas manos incómodo.

—S-sí, ya estoy…

Pero seguía sin escribir. Porque estaba observándolos. Y poco a poco empezaba a encajar piezas. La forma en que se miraban. Cómo se tensaban. Cómo parecían enfadados incluso cuando no hablaban.

Y entonces ocurrió.

Hannah se levantó de golpe. La silla chocó contra el suelo con un sonido seco que hizo que media sala dejara de moverse. Cruzó directamente hacia Alex sin dudar un segundo. Hasta detenerse frente a su escritorio.

La placa brillaba sobre la mesa. Alex J. Mallory.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.