Donde empieza la batalla
La tarde caía despacio sobre North Harbour, dorando los bordes de los edificios y dejando sobre las calles una luz tibia, casi líquida, que hacía brillar las fachadas de madera como si todavía guardaran el calor del verano. El aire olía a sal, a pan recién hecho y a madera húmeda secándose al sol. Las gaviotas cruzaban el cielo en círculos lentos, y el rumor del puerto, aunque amortiguado por la distancia, seguía presente en cada rincón del pueblo como una respiración continua.
Connor caminaba al lado de Hannah con la mochila colgada de un hombro y un cinturón nuevo enrollado en la mano como si fuera un trofeo.
No podía estarse quieto.
Iba dando pequeños saltos, esquivando las baldosas sueltas de la acera, cambiando de lado cada pocos pasos y lanzando preguntas con la misma energía con la que otros niños habrían disparado una pelota.
—¿Crees que Alex será muy estricto?
Hannah siguió caminando sin mirarlo.
—Seguramente.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende de cuánto quieras quejarte.
Connor sonrió, encantado con la respuesta.
—No me voy a quejar.
Hizo una pausa teatral.
—…Mucho.
Hannah negó con la cabeza, pero el gesto le salió casi amable.
—Ya. Te creo.
Connor, satisfecho consigo mismo, siguió andando mientras se entretenía saltando entre las líneas de las baldosas como si entre una y otra hubiera lava.
La calle se fue estrechando hasta que el dojo apareció al doblar la esquina. El edificio no destacaba por ostentoso, sino por sólido: fachada limpia, grandes ventanales, una puerta de cristal y una placa metálica junto a la entrada que brillaba un poco con la última luz de la tarde.
Connor redujo el paso. Alzó la vista hacia ella, leyendo en voz alta, con la concentración de quien cree estar descifrando algo importante:
—Edificio rehabilitado gracias a la donación de Jay Fisher.
Se quedó quieto un instante. Luego miró de nuevo la placa. Y después a su madre.
—Otra vez Jay Fisher.
Hannah alzó una ceja.
—¿Otra vez?
Connor señaló la placa con una mezcla de asombro y convencimiento.
—Está por todas partes en este pueblo.
Hannah no respondió enseguida. Miró la entrada del dojo y después volvió a mirar a Connor.
Él alzó la cabeza con inocencia aparente, pero la pregunta que venía después no lo era en absoluto.
—¿Por eso te gustaba tanto?
Hannah sintió el pequeño golpe escondido en la frase.
Connor no lo sabía del todo, claro. Pero intuía más de lo que parecía. Había empezado a unir piezas desde hacía semanas, y el nombre deJay Fisher se había convertido para él en algo mucho más grande que un compositor misterioso.
Hannah apartó la vista hacia la puerta.
—Vamos.
Connor sonrió de lado, como si acabara de confirmar una teoría largamente sospechada, y empujó primero la puerta del dojo.
Entró al interior buscando aprender a pelear.
Sin saber que ya estaba dentro de la batalla más importante de su vida.
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Interior — dojo
El lugar olía a tatami limpio, sudor reciente y madera tratada con esmero. Había sacos colgados en una esquina, espejos en una pared y varias esterillas perfectamente alineadas sobre el suelo.
Un par de alumnos entrenaban en silencio disciplinado en el extremo más alejado de la sala.
Connor se quedó inmóvil apenas cruzó el umbral. Parecía un templo. Uno de verdad.
No había ruido innecesario allí dentro. Solo el sonido de los pies deslizándose sobre el tatami, las respiraciones medidas y algún golpe seco contra la colchoneta cuando alguien corregía una técnica.
En el centro del espacio, Alex combatía con otro hombre corpulento.
Connor no lo había visto al entrar. Sus ojos se abrieron un poco más.
Alex se movía con una rapidez limpia, casi silenciosa. No había ni un gesto sobrante. Cada desplazamiento parecía calculado al milímetro, pero no frío. Había algo vivo en su forma de moverse, una precisión que nacía de la costumbre y de la experiencia.
Connor abrió la boca.
—Madre mía…
Hannah se había detenido unos pasos detrás de él. No dijo nada. Solo observó.
Había visto a Alex pelear antes, claro. Demasiado antes. Pero aquello no era ya el chico impulsivo que recordaba de la infancia. Era otro hombre. Más sereno. Más peligroso. Más difícil de leer. Más completo, de alguna forma incómoda.
El otro hombre lanzó un agarre fuerte. Alex giró sobre sí mismo con una naturalidad casi insultante, aprovechó el impulso contrario y lo derribó con una limpieza impecable.
El cuerpo del rival golpeó el tatami con un sonido seco.
Luego soltó una carcajada, aún en el suelo.
—Algún día te pillaré, Mallory.
Alex le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.
—Hoy no.
Connor lo miró como si acabara de ver a un superhéroe de verdad.
El hombre derrotado se puso en pie sacudiéndose el uniforme. Era fuerte, seguro de sí mismo, experimentado. No parecía humillado. Solo superado por alguien mejor.
—Lo es —dijo con naturalidad, notando la cara de Connor—. Lleva años invicto aquí.
Alex se giró al escuchar la voz del niño.
Primero vio a Connor. Su expresión cambió al instante, aunque solo fuera un poco. Luego vio a Hannah. Y algo dentro de él se removió.
Connor salió disparado hacia él con la emoción de siempre.
—¡Alex!
Se chocaron los puños como si se conocieran de toda la vida. Natural. Automático. Casi instantáneo.
Alex sonrió.
—Eh, campeón.
Connor apenas podía contenerse.
—Mi madre ha dicho que puedes enseñarme taekwondo.
Alex alzó la vista hacia Hannah por encima del hombro.
—¿Ah, sí?
—No pongas esa cara —replicó ella, dejándose caer el bolso sobre un banco cercano—. Te he hecho un favor.
—Claro.
Connor seguía observándolo con una fascinación absoluta.
—Eres buenísimo.