Donde empieza la batalla
La tarde caía despacio sobre North Harbour, dorando los bordes de los edificios y dejando sobre las calles una luz tibia, casi líquida, que hacía brillar las fachadas de madera como si todavía guardaran el calor del verano. El aire olía a sal, a pan recién hecho y a madera húmeda secándose al sol. Las gaviotas cruzaban el cielo en círculos lentos, y el rumor del puerto, aunque amortiguado por la distancia, seguía presente en cada rincón del pueblo como una respiración continua.
Connor caminaba al lado de Hannah con la mochila colgada de un hombro y un cinturón nuevo enrollado en la mano como si fuera un trofeo.
No podía estarse quieto.
Iba dando pequeños saltos, esquivando las baldosas sueltas de la acera, cambiando de lado cada pocos pasos y lanzando preguntas con la misma energía con la que otros niños habrían disparado una pelota.
—¿Crees que Alex será muy estricto?
Hannah siguió caminando sin mirarlo. Porque si lo miraba, veía a Alex. El pelo despeinado igual. Los hoyuelos. La forma de andar como si el suelo fuera suyo. Y eso la ponía enferma. De ganas. De rabia. De memoria.
—Seguramente. Más de lo que te conviene.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende de cuánto quieras quejarte. “Y de cuánto quiera él tocarme sin tocarme. Como en la comisaría. Como en el gimnasio. Como siempre.”
Connor sonrió, encantado con la respuesta.
—No me voy a quejar —hizo una pausa teatral. —…Mucho.
Hannah negó con la cabeza, pero el gesto le salió casi amable. Casi. Porque por dentro estaba contando los metros que quedaban para el dojo. Para verlo en chándal. Para verle los antebrazos. Para verle jadeando. Y odiándose por desearlo con Connor agarrado a su mano.
—Ya. Te creo.
Connor, satisfecho consigo mismo, siguió andando mientras se entretenía saltando entre las líneas de las baldosas como si entre una y otra hubiera lava. Hannah lo miraba y veía dos versiones de Alex a la vez: el de 8 años del 2003 que le cogió la mano en el escenario y el de 21 del 2016 que se la quitó en la isla. Y el de ahora, 30, que no sabía que ese niño que saltaba era suyo.
La calle se fue estrechando hasta que el dojo apareció al doblar la esquina. El edificio no destacaba por ostentoso, sino por sólido: fachada limpia, grandes ventanales, una puerta de cristal y una placa metálica junto a la entrada que brillaba un poco con la última luz de la tarde. Y dentro, a través del cristal, una figura. Espalda ancha. Camiseta negra pegada por el sudor. Moviéndose. Alex.
Connor redujo el paso. Alzó la vista hacia ella, leyendo en voz alta, con la concentración de quien cree estar descifrando algo importante:
—Edificio rehabilitado gracias a la donación de Jay Fisher.
Se quedó quieto un instante. Luego miró de nuevo la placa. Y después a su madre.
—Otra vez Jay Fisher.
Hannah alzó una ceja. Pero no miraba la placa. Miraba dentro. Miraba la nuca de Alex. La línea de los hombros. La forma en que se pasaba la mano por el pelo cuando estaba cansado. La misma que había visto en la cubierta del barco en 2016 mientras él la miraba desnuda.
—¿Otra vez?
Connor señaló la placa con una mezcla de asombro y convencimiento.
—Está por todas partes en este pueblo.
Hannah no respondió enseguida. Miró la entrada del dojo y después volvió a mirar a Connor. A su hijo. Su hijo con la naricilla respingona de ella y los hoyuelos de él. Su hijo que estaba a punto de entrar a que su padre le enseñara a pelear sin saber que era su padre.
Él alzó la cabeza con inocencia aparente, pero la pregunta que venía después no lo era en absoluto.
—¿Por eso te gustaba tanto?
Hannah sintió el pequeño golpe escondido en la frase. Y otro más grande en el bajo vientre. Porque sí. Le gustaba Jay Fisher. Le gustaba Alex. Le gustaba el compositor que componía canciones que la hacían llorar en la cocina y el tío que ahora estaba a diez metros sudando sin camiseta. Y le gustaba tanto que le dolían las rodillas.
Connor no lo sabía del todo, claro. Pero intuía más de lo que parecía. Había empezado a unir piezas desde hacía semanas, y el nombre de Jay Fisher se había convertido para él en algo mucho más grande que un compositor misterioso.
Hannah tragó saliva. Se recolocó la camisa sin darse cuenta. Se soltó un botón del cuello. Hacía calor. No era por el calor. Era porque Alex acababa de girarse dentro del dojo y, a través del cristal, la había visto. Y la había mirado exactamente como la miró en el puerto. Como si todavía la recordara desnuda. Como si quisiera volver a verla así.
Hannah apartó la vista hacia la puerta.
—Vamos. —dijo con voz más baja. Más ronca. Como si hubiera corrido.
Connor sonrió de lado, como si acabara de confirmar una teoría largamente sospechada, y empujó primero la puerta del dojo. Sin saber que su madre acababa de contenerse para no quedarse mirando al hombre que le hizo con los ojos.
Entró al interior buscando aprender a pelear.
Sin saber que ya estaba dentro de la batalla más importante de su vida. Y sin saber que su madre acababa de entrar en la suya: no enamorarse otra vez del hombre que le enseñó a su hijo a fruncir el ceño igual que ella.
El lugar olía a tatami limpio, sudor reciente y madera tratada con esmero. Había sacos colgados en una esquina, espejos en una pared y varias esterillas perfectamente alineadas sobre el suelo.
Un par de alumnos entrenaban en silencio disciplinado en el extremo más alejado de la sala.
Connor se quedó inmóvil apenas cruzó el umbral. Parecía un templo. Uno de verdad.
No había ruido innecesario allí dentro. Solo el sonido de los pies deslizándose sobre el tatami, las respiraciones medidas y algún golpe seco contra la colchoneta cuando alguien corregía una técnica.
En el centro del espacio, Alex combatía con otro hombre corpulento.
Connor no lo había visto al entrar. Sus ojos se abrieron un poco más.