Lo que no fue
El bar de Will estaba lleno de ese ruido cómodo que solo existe en los lugares donde todo el mundo se conoce.
Vasos chocando en la barra. Risas que subían y bajaban por encima de las conversaciones. El murmullo de una canción vieja sonando muy bajo desde unos altavoces ya cansados. El olor a cerveza, madera y comida recién hecha flotaba en el aire con esa naturalidad que tenía todo en North Harbour cuando el día empezaba a terminar.
Alex estaba sentado frente a Michael con una botella entre las manos, la espalda apoyada en la silla y la expresión a medio camino entre la paciencia y el aburrimiento fingido.
Delante de ellos, Will secaba vasos detrás de la barra con la calma profesional de quien llevaba años viendo dramas ajenos mientras servía otra ronda.
Michael hablaba sin parar. Flores. Invitados. Presupuesto. La madre de Eleanor. Su madre. Sillas plegables. Servilletas. La iglesia. Las tazas. El catering. Todo.
Alex asentía de vez en cuando, aunque apenas escuchaba. Tenía la cabeza en otra parte.
En un niño con demasiada energía y una mirada curiosa que se le había quedado grabada más de la cuenta. En esa forma tan absurda en la que Connor había sonreído al verlo. En lo rápido que había aprendido a hablarle como si se conocieran de siempre.
Le caía bien ese crío. Y eso, por alguna razón, le resultaba más inquietante de lo que debería.
Dejó la botella sobre la mesa.
—¿Tú conoces al padre?
Michael levantó la cabeza con el gesto de alguien que acaba de salir a la superficie de un tema aburridísimo.
—¿El padre de quién?
—De Connor. El hijo de Hannah.
La respuesta salió demasiado rápida.
—¿Ian Sullivan?
Alex permaneció inmóvil. Por dentro, el impacto fue inmediato. Así se llamaba.
Michael dio un trago a su cerveza y siguió con naturalidad.
—Un ricachón de Nueva York. Negocio de coches lujosos de importación. Mucho dinero, poca gracia.
Alex bajó la vista hacia la etiqueta de la botella como si fuera una cosa fascinante.
—Vaya.
Michael lo observó un segundo y sonrió de lado.
—¿Y ahora por qué preguntas eso? Nunca te interesó el tema.
Alex se encogió de hombros.
—He conocido al chico.
—¿Y?
—Me da curiosidad. Es un chico estupendo.
Michael soltó una carcajada.
—Eso, viniendo de ti, roza la ternura.
Alex iba a responder cuando Michael dejó escapar un suspiro largo y apoyó ambos codos sobre la mesa.
—He discutido con Eleanor.
—¿Ya?
—Llevamos prometidos meses. Tocaba innovar.
Alex arqueó una ceja.
—Qué romántico.
Michael soltó una risa cansada.
—Además, organizar una boda da muchos quebraderos de cabeza.
Will apareció junto a la mesa sin hacer ruido y dejó otra cerveza delante de ellos.
—La mitad de los matrimonios del pueblo empezaron con una discusión absurda.
Alex alzó la vista.
—¿Y la otra mitad?
Will sonrió con esa tranquilidad suya que siempre parecía saber más de lo que decía.
—Con una seria.
La puerta del bar se abrió en ese momento. Entraron Hannah y Eleanor.
Y casi al mismo tiempo, Claire apareció desde la puerta de detrás de la barra, con las gafas en la cabeza, los auriculares colgando del cuello y esa expresión suya de adolescente que ya había decidido que el mundo le aburría un poco, pero no lo suficiente como para dejar de observarlo.
Alex no miró enseguida. Lo hizo un segundo más tarde, al oír la risa de Hannah.
Will levantó la cabeza y sonrió de verdad.
—Mira quién aparece.
Hannah fue directa hacia donde estaba y abrazó a Will con una naturalidad familiar, como quien vuelve a casa y no siente necesidad de pedir permiso.
—Sigues igual de guapo, viejo mentiroso.
Will soltó una carcajada.
—Y tú sigues viniendo solo cuando necesitas algo, desastre precioso.
Alex apretó la mandíbula. Michael lo notó al instante y, por supuesto, lo disfrutó en silencio.
—Qué hombre tan maduro —murmuró con una sonrisa perezosa.
—Cállate —le espetó Alex por lo bajo.
Claire avanzó entonces hacia la mesa, tranquila, estudiando la escena con una rapidez casi insolente. Le bastaron tres segundos.
Michael estaba tenso. Eleanor, cansada. Alex, fingiendo indiferencia. Hannah, fingiendo no mirar a Alex.
Y el problema, pensó Claire, era precisamente que ninguno estaba fingiendo demasiado bien.
Se acercó a Hannah y le tendió la mano.
—Claire.
—Hannah.
—Encantada. Me habían prometido una noche tranquila.
Claire echó una mirada rápida al resto de la mesa.
—Veo que hubo publicidad engañosa.
Hannah sonrió de lado. Le cayó bien al instante. Eleanor se dejó caer en la silla con una teatralidad que parecía venirle de serie.
—No hemos parado de discutir desde que empezamos a organizar la boda.
—Eso no es verdad —protestó Michael enseguida.
Eleanor lo miró con absoluta incredulidad.
—Acabas de demostrar que sí.
Claire tomó asiento, apoyando los codos sobre la mesa.
—Empiezo a entender por qué necesitáis un árbitro.
Will dejó un plato de aceitunas entre todos y se retiró con una discreción casi elegante. Hannah cruzó las manos sobre la mesa.
—Bien. Empecemos de cero. Sin madres, sin tradición y sin opiniones externas. ¿Qué queréis vosotros?
Michael abrió la boca. Pero Alex habló primero.
—No pienses demasiado —dijo, sin mirarlo siquiera—. Nunca te ayuda.
Michael soltó una exhalación breve.
—Gracias por el apoyo constante.
—Para eso estoy.
Eleanor miró a Michael con la paciencia de quien ya estaba a punto de agotarse de verdad.
—Quiero algo bonito. Cercano. Que se sienta nuestro.
Michael la sostuvo con la mirada.
—Yo solo quiero casarme contigo. Incluso debajo de un puente si hace falta.
Eleanor intentó seguir enfadada. No lo consiguió.