Una rendija
La comisaría olía a café recalentado, papeles viejos y cansancio acumulado.
Era tarde. La mayor parte del personal ya se había marchado o fingía trabajar en silencio para parecer más ocupado de lo que en realidad estaba. Desde el pasillo llegaba el zumbido lejano de una impresora y el arrastre ocasional de una silla sobre el suelo. Todo tenía esa quietud extraña de final de jornada en la que el edificio parecía respirar más despacio.
En el despacho principal, Hannah estaba sentada detrás de su mesa con varios informes abiertos delante. Tenía un bolígrafo entre los dedos y la mirada fija en una página que llevaba más de tres minutos sin leer.
No estaba trabajando. Estaba conteniéndose. Estaba con la camisa blanca desabrochada un botón de más por el calor, con las mangas subidas hasta el codo, con el pelo suelto por primera vez en todo el día. Con los muslos apretados bajo la mesa porque no podía dejar de pensar en cómo la había mirado Alex en el bar. Como si quisiera besarla y castigarla a la vez.
La discusión del bar seguía ardiéndole por dentro.
La cara de Michael, visiblemente incómodo. La expresión de Eleanor, entre frustrada y herida. La media sonrisa de Claire, que parecía haber entendido demasiado en demasiado poco tiempo.
Y Alex. Siempre Alex. Y el embarcadero de Playa Norte. Y su boda que no fue.
Llamaron a la puerta con dos golpes secos.
Hannah no levantó la vista. Porque sabía quién era por la forma de llamar.
—Pasa.
La puerta se abrió despacio.
Alex entró y la cerró detrás de sí con un cuidado poco habitual en él. Con llave. Un clic suave que retumbó en el despacho vacío. Se quedó de pie frente al escritorio, con las manos metidas en los bolsillos y esa expresión suya que siempre parecía esconder más de lo que mostraba. Una mezcla de incomodidad, orgullo y algo más difícil de nombrar. Deseo. Culpa. Y hambre atrasada de nueve años.
Hannah siguió mirando los papeles. Pero se le tensó la nuca. Porque olía a él a madera, a sal, a su colonia… Porque estaba a tres metros y ya le afectaba la respiración.
—Si vienes a empezar otra guerra, estoy ocupada.
Alex soltó aire por la nariz, casi una risa sin humor. Le miró la boca. Luego el cuello. Luego apartó la vista como si le quemara.
—Vengo a evitar la siguiente.
Eso la obligó a alzar la vista.
Él seguía allí, quieto, en mitad del despacho, como si no supiera muy bien dónde colocarse. No estaba cómodo. Y quizá por eso mismo la escena le afectó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Porque Alex incómodo era Alex de verdad. Sin coraza. Con la camiseta negra pegada al pecho por el sudor del día, con la mandíbula marcada, con las venas de los antebrazos bajo sus tatuajes a la vista.
—Habla —dijo ella al fin.
Alex exhaló lentamente antes de acercarse un par de pasos. Dos pasos que hicieron que el despacho pareciera más pequeño y que el olor a café dejara de importar.
—Tenemos un caso abierto.
Hannah arqueó apenas una ceja.
—Qué observador.
—Y dos personas a punto de cancelar una boda por nuestra culpa —añadió él.
Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa. Con dedos temblorosos que escondió enseguida.
—No dramatices.
—Michael me ha mandado un mensaje hace diez minutos.
—¿Qué decía?
Alex sacó el móvil del bolsillo, lo miró y leyó con una calma casi solemne:
—“Si volvéis a montar eso delante de nosotros, me caso solo.”
A Hannah se le escapó una pequeña sonrisa. La primera de toda la noche. Y se le escapó mirándole la boca a Alex mientras lo decía. Porque tenía la boca entreabierta y la voz ronca.
Alex la vio. No dijo nada. Solo esperó. La miró como se mira a alguien que acabas de ver reír después de llorar. Como si quisiera comérsela.
—También decía otra cosa —añadió.
Hannah alzó la vista.
—Sorpréndeme.
—“Compórtate como un adulto.” Aunque esa parte iba claramente para mí.
Ella se apoyó mejor en el respaldo de la silla. Y al hacerlo se le marcó el sujetador bajo la camisa blanca. Alex bajó la vista un segundo y se le tensó la mandíbula.
—En eso tiene razón.
—Lo sé.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue otra cosa. Más denso. Más humano. Más difícil de esquivar. Era sexual. Era el silencio de dos personas que saben exactamente cómo suena el otro cuando jadea y que llevan nueve años sin oírlo.
Alex bajó la mirada un instante y luego volvió a buscar la suya.
—No sé hacer esto especialmente bien —admitió al fin.
—Eso ya lo sabía.
—Pedir perdón, Hannah.
La frase quedó suspendida en el despacho con una claridad desarmante. Sin ironía. Sin escapatoria. Sin nada que la suavizara.
Ella no se movió. Pero se le erizó la piel de los brazos.
Alex tragó saliva. Algo poco habitual en él, que discutía con medio pueblo sin pestañear.
—He venido porque hoy me he pasado.
Hannah no respondió, así que él siguió. Se acercó un paso más. Ya estaba al borde de la mesa. A un metro. Podía verle las pecas del cuello. Podía verle el pulso.
—Lo del bar. Lo que dije. Cómo lo dije. Venía enfadado de antes y lo descargué contigo.
—No es la primera vez —dijo ella, más seca de lo que pretendía. Más ronca. Porque lo tenía demasiado cerca y olía demasiado a él.
—No —aceptó él sin discutir.
Esa respuesta la desarmó un poco.
Alex dio un paso corto hacia la mesa. No lo suficiente para invadirla. Solo lo suficiente para que el gesto no pareciera una retirada. Lo suficiente para que Hannah viera cómo se le marcaban los hombros bajo la camiseta. Lo suficiente para que tuviera que apretar los muslos.
—No puedo arreglar lo de hace años en una noche. Ni fingir que no hay cosas que siguen mal. Pero sí puedo hacerme responsable de lo de hoy.
Hannah entrelazó los dedos sobre el escritorio. Para no tocarlo. Porque si le tocaba, le abrazaba.
—¿Y hoy qué me ofreces exactamente?