Fuego y Hielo

Capítulo 3: Parte 5

Una rendija

La comisaría olía a café recalentado, papeles viejos y cansancio acumulado.

Era tarde. La mayor parte del personal ya se había marchado o fingía trabajar en silencio para parecer más ocupado de lo que en realidad estaba. Desde el pasillo llegaba el zumbido lejano de una impresora y el arrastre ocasional de una silla sobre el suelo. Todo tenía esa quietud extraña de final de jornada en la que el edificio parecía respirar más despacio.

En el despacho principal, Hannah estaba sentada detrás de su mesa con varios informes abiertos delante. Tenía un bolígrafo entre los dedos y la mirada fija en una página que llevaba más de tres minutos sin leer.

No estaba trabajando. Estaba conteniéndose.

La discusión del bar seguía ardiéndole por dentro.

La cara de Michael, visiblemente incómodo. La expresión de Eleanor, entre frustrada y herida. La media sonrisa de Claire, que parecía haber entendido demasiado en demasiado poco tiempo.

Y Alex. Siempre Alex.

Llamaron a la puerta con dos golpes secos.

Hannah no levantó la vista.

—Pasa.

La puerta se abrió despacio.

Alex entró y la cerró detrás de sí con un cuidado poco habitual en él. Se quedó de pie frente al escritorio, con las manos metidas en los bolsillos y esa expresión suya que siempre parecía esconder más de lo que mostraba. Una mezcla de incomodidad, orgullo y algo más difícil de nombrar.

Hannah siguió mirando los papeles.

—Si vienes a empezar otra guerra, estoy ocupada.

Alex soltó aire por la nariz, casi una risa sin humor.

—Vengo a evitar la siguiente.

Eso la obligó a alzar la vista.

Él seguía allí, quieto, en mitad del despacho, como si no supiera muy bien dónde colocarse. No estaba cómodo. Y quizá por eso mismo la escena le afectó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Habla —dijo ella al fin.

Alex exhaló lentamente antes de acercarse un par de pasos.

—Tenemos un caso abierto.

Hannah arqueó apenas una ceja.

—Qué observador.

—Y dos personas a punto de cancelar una boda por nuestra culpa —añadió él.

Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—No dramatices.

—Michael me ha mandado un mensaje hace diez minutos.

—¿Qué decía?

Alex sacó el móvil del bolsillo, lo miró y leyó con una calma casi solemne:

—“Si volvéis a montar eso delante de nosotros, me caso solo.”

A Hannah se le escapó una pequeña sonrisa. La primera de toda la noche.

Alex la vio. No dijo nada. Solo esperó.

—También decía otra cosa —añadió.

Hannah alzó la vista.

—Sorpréndeme.

—“Compórtate como un adulto.” Aunque esa parte iba claramente para mí.

Ella se apoyó mejor en el respaldo de la silla.

—En eso tiene razón.

—Lo sé.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue otra cosa. Más denso. Más humano. Más difícil de esquivar.

Alex bajó la mirada un instante y luego volvió a buscar la suya.

—No sé hacer esto especialmente bien —admitió al fin.

—Eso ya lo sabía.

—Pedir perdón, Hannah.

La frase quedó suspendida en el despacho con una claridad desarmante. Sin ironía. Sin escapatoria. Sin nada que la suavizara.

Ella no se movió.

Alex tragó saliva. Algo poco habitual en él, que discutía con medio pueblo sin pestañear.

—He venido porque hoy me he pasado.

Hannah no respondió, así que él siguió.

—Lo del bar. Lo que dije. Cómo lo dije. Venía enfadado de antes y lo descargué contigo.

—No es la primera vez —dijo ella, más seca de lo que pretendía.

—No —aceptó él sin discutir.

Esa respuesta la desarmó un poco.

Alex dio un paso corto hacia la mesa. No lo suficiente para invadirla. Solo lo suficiente para que el gesto no pareciera una retirada.

—No puedo arreglar lo de hace años en una noche. Ni fingir que no hay cosas que siguen mal. Pero sí puedo hacerme responsable de hoy.

Hannah entrelazó los dedos sobre el escritorio.

—¿Y hoy qué me ofreces exactamente?

—Dejar de comportarme como un idiota.

Ella alzó una ceja.

—Qué ambicioso.

—Estoy empezando por metas realistas.

Aquello le arrancó casi una sonrisa. Casi. Hannah bajó la vista a los papeles, aunque ya no estaba leyendo nada.

—No te confundas. No estoy enfadada solo por hoy.

—Lo sé.

—Ni solo por el bar.

—También lo sé.

La sinceridad de Alex tenía algo peligroso. Era torpe, sí. Pero cuando aparecía, resultaba más difícil ignorarla que cualquier pulla.

Hannah apoyó un dedo sobre el borde del informe.

—Hay cosas que no se olvidan porque pidas perdón.

—No he venido a pedir que las olvides.

Ella lo miró otra vez.

—He venido a pedir una oportunidad para hacerlo mejor desde aquí.

El silencio regresó. Esta vez no pesaba igual. Había algo más suave en él. Algo parecido a una rendija.

Alex se pasó una mano por la nuca, incómodo de verdad por primera vez desde que había entrado.

—Y porque vamos a tener que trabajar juntos. De verdad.

Hannah asintió apenas. Eso era cierto. Muy cierto.

—No voy a poner en riesgo mi trabajo por temas personales —dijo ella.

—Ni yo.

—Entonces compórtate como el subinspector que eres.

Alex esbozó una sonrisa ladeada.

—Intentaré no decepcionar a la inspectora jefe.

—Ya veremos.

Él respiró un poco mejor al oírla. Luego, como si hubiera tomado una decisión que llevaba rato rondándole, cambió de tono.

—Connor me cae bien.

Hannah se quedó inmóvil.

Alex no pareció notar de inmediato el efecto que acababa de provocar. O quizá sí.

—Es listo —continuó—. Y valiente. Hace preguntas incómodas sin pestañear. Eso tiene mérito.

Ella mantuvo el gesto neutro con un esfuerzo que en otra persona habría parecido imposible.

—También habla demasiado.

—Eso no lo sé. Nunca me deja terminar una frase.

Hannah soltó una carcajada, involuntaria. Y en el despacho algo cambió.




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