Cuando las piezas encajan
Alex ya tenía la mano en la puerta cuando la voz de Hannah lo frenó.
—Espera.
Él se giró solo lo justo para mirarla. Con la mano todavía en el pomo de la puerta cerrada con llave. Con la respiración contenida desde lo de Connor.
Hannah seguía en el despacho, de pie junto al escritorio, con el cuaderno de Bradford abierto delante de ella y varios documentos esparcidos a su alrededor. La luz de la tarde entraba por la ventana en una franja oblicua, cayendo sobre el papel, sobre la madera y sobre el borde de su rostro concentrado. Tenía esa expresión suya de cuando algo dejaba de ser una sospecha y empezaba a convertirse en una línea firme de pensamiento. Y tenía la camisa blanca arrugada, el primer botón desabrochado, el cuello rojo de haber estado conteniéndose para no besarlo.
—¿Fuiste tú quien encontró el cuerpo? —la pregunta quedó suspendida entre los dos y el olor a café frío y a colonia de él.
Alex tardó un segundo en responder.
—Sí —no añadió nada más.
Hannah sostuvo su mirada. No había reproche en la respuesta. Solo precisión. Esa clase de precisión que no era fría, sino necesaria. Esa precisión que le salía cuando quería no temblar.
—Entonces el informe tiene poca utilidad.
Alex arqueó una ceja, casi divertido pese al momento.
—Eso es nuevo. Normalmente os encantan los informes.
—No me sirve porque no estabas tú dentro de esas páginas —respondió Hannah, sin apartar la mirada—. No aparece que fueras tú quien lo encontró. Lo escuché comentar a algunos compañeros, pero aquí no está. Y si no estás tú, no me fío. Porque tú no mientes cuando se trata de un cadáver.
Alex dejó la puerta medio abierta durante un instante, como si dudara entre marcharse o quedarse. Al final, volvió a entrar y cerró detrás de sí con un gesto más lento que antes. Otra vez el clic. Otra vez encerrados. Otra vez sin escapatoria.
—La pistola estaba junto a su mano derecha —dijo sin rodeos—. Pero Bradford era zurdo.
Hannah alzó la vista de golpe. Y sin querer se inclinó hacia él, a 50 centímetros.
—Eso no aparece aquí.
—Ya lo sé.
Alex avanzó hacia el escritorio. Se puso a su lado, no enfrente. Hombro con hombro. A la altura de su cuello.
Hannah apartó varios papeles sin pensarlo, haciendo sitio de forma automática, como si ya estuvieran acostumbrándose a trabajar demasiado cerca. Como si llevaran años haciendo eso. Él señaló el plano que había sobre la mesa.
—La silla estaba girada hacia la ventana —explicó—. Como si se hubiera levantado… o como si alguien la hubiera movido después.
Hannah recorrió con el dedo la imagen del despacho. Su dedo rozó el de Alex sobre el plano. Los dos lo notaron. Ninguno lo apartó un segundo más de lo necesario. Y ese segundo quemó.
—En el informe pone que estaba frente a la mesa.
—Pues el informe miente —replicó Alex con una calma seca que lo volvía más peligroso. Con la voz baja, pegada a su oreja, como si le hablara al oído.
Hannah abrió el cuaderno de Bradford y pasó páginas hasta dar con una anotación marcada con fuerza.
—Bradford escribió que ya no confiaba en nadie.
Alex soltó una pequeña exhalación por la nariz.
—Con razón.
Hannah levantó otra hoja. Tuvo que estirarse por encima de Alex para alcanzarla. Su pecho rozó su brazo. Su pelo le rozó la mandíbula. Alex cerró los ojos un instante.
—¿Sabes algo más?
Alex negó apenas con la cabeza.
—El informe del forense ha desaparecido. Cada vez mejora más esta historia.
Durante unos segundos no hubo nada más que el roce del papel, el sonido lejano de la comisaría y la respiración de ambos moviéndose en el mismo espacio. Respirando al mismo ritmo sin darse cuenta.
Y entonces empezaron a hablar. No como antes. No para enfrentarse. Sino para encajar piezas.
Hannah señaló una fecha. Alex corrigió una posición. Ella levantó una nota. Él aportó un detalle sobre la disposición de la habitación. Ella habló de una llamada recibida antes de la hora de la muerte. Él recordó el tiempo que pasó entre su llegada y la escena ya asegurada. Uno lanzaba una pieza. El otro la recibía y la colocaba en el hueco exacto. Como siempre. Como en el colegio cuando eran rivales y se copiaban sin copiarse. Como si fueran dos mitades de la misma cabeza.
Sin darse cuenta, habían dejado de discutir. Estaban construyendo. Y cuanto más construían el caso, más se destruía la distancia.
—Si la pistola estaba mal colocada —dijo Hannah, pasando el dedo por la fotografía—, alguien preparó la escena. Se inclinó más. Su rodilla tocó la de Alex bajo la mesa. No la apartó.
—Y si falta el informe forense —añadió Alex—, alguien alteró el procedimiento después. Su mano quedó apoyada en el respaldo de la silla de ella, a centímetros de su nuca. Sin tocarla. Pero marcando territorio.
Hannah levantó la vista. Y se encontró a Alex a 20 centímetros, mirándole la boca.
—Entonces no fue solo un suicidio.
Alex la sostuvo. Con los ojos oscuros. Con ganas de besarla y de decirle “¿ves? Tú y yo juntos somos imbatibles, por qué coño nos separamos”.
—Fue un montaje.
La frase quedó flotando entre ambos con una claridad casi brutal. Y por primera vez desde que habían empezado a hablar, estaban exactamente en el mismo punto en el caso y en la vida.
Hannah se puso en pie despacio y recorrió el despacho con la mirada. Ya no veía su oficina. Veía una escena del crimen. La mesa, la ventana, el hueco donde alguien había movido una silla, la distancia hasta la puerta, la forma en que la luz caía sobre el escritorio. Todo se transformaba bajo sus ojos en una coreografía distinta, más siniestra. Alex la miró caminar. La miró entera. Piernas, cadera, espalda.
Alex también parecía estar viendo la habitación de otra manera.
—Tenemos que reconstruirlo todo —dijo ella. Con voz ronca. Porque tener a Alex detrás mirándola así le ponía la piel de gallina.