Fuego y Hielo

Capítulo 3: Parte 7

FLASHBACK Primer Combate Año 2005 – North Harbour Alex y Hannah, 10 años El dojo olía a madera pulida, sudor y nervios. Siempre olía así durante los torneos. Las voces rebotaban contra las paredes en todas direcciones. Padres llamando a sus hijos. Entrenadores corrigiendo posturas a última hora. Niños corriendo entre los bancos con los cinturones medio desatados mientras alguien gritaba que faltaban cinco minutos para empezar. Niños con el judogi demasiado grande, con rodillas raspadas, con el pelo pegado de sudor y con esa mezcla de ganas de vomitar y ganas de ganar que solo tienes a esa edad. Era un caos. Un caos familiar. Alex Mallory estaba sentado en uno de los bancos junto al tatami principal estirándose los hombros mientras fingía no escuchar nada de lo que ocurría a su alrededor. Había crecido mucho aquel año. Por primera vez empezaba a alcanzar a los chicos más altos de su edad y había descubierto algo que le gustaba bastante: la gente empezaba a fijarse en él antes de combatir. Algunos niños lo miraban con respeto. Otros con fastidio. Y unos cuantos con miedo. A Alex le encantaba. Le gustaba entrar al tatami sabiendo que el otro ya estaba preocupado. Le gustaba competir. Le gustaba ganar. Y, sobre todo, le gustaba que los demás lo supieran. Porque ganar no es ganar, es que te miren. Es que tu padre en la grada hinche el pecho. Es que las niñas de tu clase digan "es el mejor". —No te distraigas —la voz de su entrenador lo devolvió al presente. Alex asintió sin apartar la vista del tatami central. Pero se secó las manos en el pantalón disimuladamente porque le sudaban. Porque si te caes delante de todos, te mueres de vergüenza para siempre. Porque allí estaba Hannah Jones. Hannah Jones acababa de salir a combatir. Llevaba el judogi impecable. El cinturón perfectamente atado. El pelo recogido sin un solo mechón fuera de sitio. Como si hubiera nacido preparada para aquel momento. Como si no tuviera miedo nunca. Y eso a Alex le ponía nervioso. Porque a Hannah no le daba vergüenza nada. Y a él sí, aunque no lo dijera. Su rival era un niño bastante más corpulento que ella. Duró menos de un minuto. El chico intentó agarrarla con fuerza. Hannah esquivó el movimiento. Giró la cadera. Y lo lanzó al suelo con una limpieza casi insultante. Con esa cara de "¿ya está?" que pone cuando algo le parece fácil. Con la coleta saltando, con las mejillas rojas, sin celebrar. Como si ganar fuera lo normal. Silencio. Después aplausos. Los padres de ella aplaudiendo mucho. La madre de Alex mirando a Hannah con esa cara de "esta niña va a ser un problema para mi hijo". Alex observó el combate sin sonreír. Sin burlarse. Sin hacer ningún comentario con el estómago encogido, con el cuello caliente. Con esa rabia que te da cuando alguien de tu edad hace algo mejor que tú y además es una niña y además te gusta pero no quieres que te guste. Porque no estaba mirando a una niña. Estaba mirando a un problema. Y los problemas interesantes siempre llamaban su atención. Sabes decir "te odio porque me ganas". Y Alex ya sabía que iba a pasar los próximos veinte años odiándola así. El árbitro levantó la mano de Hannah. Ella no sonrió. Miró directamente a la grada. No buscó a sus padres. Buscó a Alex. Lo encontró. Le sostuvo la mirada dos segundos. Y le hizo un gesto mínimo con la barbilla, de "te toca". A Alex se le pusieron las orejas rojas de vergüenza, de rabia, de emoción. Porque Hannah Jones con el cinturón mal atado de tanto tirar gente al suelo, acababa de retarlo sin palabras delante de todo el dojo. Y él, con las manos todavía sudadas, se levantó. Porque si no se levantaba, perdía. Y si perdía contra ella, no se lo iba a perdonar nunca. El torneo avanzó entre aplausos, gritos y el sonido constante de los árbitros. Alex ganó su primer combate imponiendo fuerza con la cara roja de hacer fuerza de más. Con ese gruñido que ponen los niños cuando quieren parecer mayores. Y miró a la grada enseguida para ver si lo habían visto. Ganó el segundo porque era más rápido. Y porque el otro se tropezó solo y Alex celebró como si hubiera sido un ippon perfecto, levantando los brazos aunque el árbitro ni había pitado todavía. Ganó el tercero porque el otro niño estaba derrotado antes incluso de empezar. Porque si tu rival es Alex Mallory, ya entras perdiendo. Y a Alex eso le encantaba. Le hacía sentirse invencible. Hasta que miraba de reojo el otro tatami. Mientras tanto, Hannah avanzaba por el otro lado del cuadro. Y lo hacía de una forma completamente distinta. No aplastaba, no intimidaba, no parecía especialmente agresiva. Simplemente esperaba. Observaba. Calculaba. Y cuando llegaba el momento exacto... Ganaba sin gritar, sin ponerse roja y con la coleta perfecta. Como si no le importara ganar, que es lo que más rabia da y tú sí que quieres ganar con toda tu alma. Como si ya supiera lo que iba a ocurrir antes que los demás. Como si fuera mayor. Y a Alex eso le daba una rabia rara en el estómago. Porque Hannah a los diez años ya parecía tener doce. Y él a los diez todavía se mordía las uñas cuando se ponía nervioso. Alex empezó a buscarla con la mirada después de cada combate. Sin darse cuenta. Bueno, sí dándose cuenta pero disimulando. Mirando primero al marcador, luego al reloj, luego "casualmente" al tatami de ella. Y si ella ganaba, se enfadaba. Y si ella ganaba rápido, se enfadaba más. Y si ella ni lo miraba, se enfadaba muchísimo más. Solo para comprobar si seguía avanzando. Seguía haciéndolo. Siempre. Cuando anunciaron las semifinales, varios padres ya comentaban el posible enfrentamiento. —Van a encontrarse en la final. —La niña pelea muy bien. —Sí, pero él es más grande. —Y más fuerte. Alex escuchó aquello mientras bebía agua. Y sonrió con el agua cayéndosele por la barbilla porque bebía demasiado rápido para disimular los nervios. Y se secó con la manga, dejando el judogi mojado. Luego miró hacia el otro lado del pabellón. Hannah estaba ajustándose el cinturón. No sonreía. Ni parecía nerviosa. Ni parecía preocupada. Simplemente se preparaba. Se apretó la coleta dos veces. Se recolocó el flequillo. Se mordió el labio por dentro, que es lo que hace cuando tiene miedo pero no quiere que se note. Y Alex lo vio. Como si el resultado todavía no existiera. Y eso le resultó muchísimo más inquietante que cualquier amenaza. Porque Alex ya sabía ganar a base de miedo. Pero a Hannah Jones no le daba miedo nada. Ni él. Y si no le daba miedo, ¿cómo iba a ganarle? Y si no le ganaba delante de todo el pueblo, ¿cómo iba a conseguir que por fin dijera "vale, eres mejor"? Cuando pronunciaron sus nombres, algo cambió. El dojo seguía lleno. Seguían existiendo las conversaciones, los aplausos y las voces. Pero todo sonaba más lejos y más apagado. Como cuando te metes debajo del agua en la piscina y oyes a tu madre gritar tu nombre desde fuera. Como si el mundo hubiera retrocedido unos pasos para dejarles espacio. Alex caminó hacia el centro del tatami con las piernas un poco blandas con las manos sudadas otra vez, con la boca seca con la sensación de que el judogi le pesaba el doble. Hannah ya estaba allí con la coleta más alta que nunca, con las mejillas rojas pero sin sudar, con el cinturón apretado dos veces más fuerte de lo normal porque tenía miedo de que se le soltara delante de todos. Se inclinaron. Se incorporaron. Y se miraron. Y a Alex se le olvidó por un segundo que estaban en una final. Porque Hannah a diez centímetros no parecía enfadada ni chula. Parecía concentrada de verdad con el labio inferior mordido por dentro, con los ojos muy abiertos, con esa cara que pone cuando quiere ganar pero también tiene miedo a hacer daño. No había burlas. No había desafío. No había esa expresión arrogante que Alex encontraba en otros rivales. Había algo mejor. Respeto y un nudo en el estómago. Una cosa que te hace querer ganarle y que a la vez no quieres que llore si pierde. Una cosa que te hace mirar a tus padres en la grada para asegurarte de que te miran y luego mirar otra vez a ella para asegurarte de que también te mira y una tensión extraña que ninguno de los dos sabía explicar. Alex entró al combate como siempre. Dispuesto a ganar con el ceño fruncido, con su gruñido de guerra que ensayaba en casa delante del espejo, con esa forma de entrar fuerte para asustar. Pero en cuanto la tuvo delante notó algo raro. Hannah no parecía nerviosa. Parecía segura. Muy segura con los pies clavados en el tatami como si llevara veinte años ahí; con las manos tranquilas, sin temblar; y con la respiración lenta, que es lo que hacen los mayores. Y aquello lo desconcentró más que cualquier otra cosa. Porque Alex sabía ganar a niños que tenían miedo. No sabía qué hacer contra una niña de su edad que no tenía miedo y que además era Hannah Jones. La niña que competía con él al parchís, a correr en el recreo, que le había dicho el año pasado que los niños eran tontos y que ahora estaba a punto de demostrar que tenía razón delante de todo North Harbour. A Alex se le puso la cara roja. No de esfuerzo. De otra cosa. De "no quiero perder contra ti porque si pierdo te vas a reír, pero tampoco quiero ganarte haciéndote daño porque si lloras me voy a sentir fatal". Se agarraron. Primer intercambio. Alex empujó con fuerza, demasiada fuerza con toda la rabia de no saber si quiere ganarle o gustarle. Hannah cedió medio paso. Y utilizó exactamente esa fuerza para desviarlo. Con una tranquilidad que a Alex le ponía de los nervios. Como si supiera lo que iba a hacer antes que él. Segundo intercambio. Alex atacó abajo. Ella ya estaba moviéndose antes de que llegara. Porque lo conocía desde los cinco años. Tercer intercambio. Cayeron de rodillas. Se levantaron inmediatamente con las rodillas raspadas, con el judogi torcido, con la respiración sonando muy fuerte, como cuando corres en el recreo y te da flato. Volvieron a empezar. El ritmo aumentó. Los pies resbalaban sobre el tatami. Las respiraciones se aceleraban. A Alex se le salía el pelo por todos lados. A Hannah se le soltó un mechón y no se lo colocó. Los aplausos aparecían cada pocos segundos. "¡Vamos Alex!" "¡Vamos Hannah!" Y los dos oían solo el nombre del otro. Y les daba vergüenza que los gritaran tanto. Alex atacaba con potencia. Hannah respondía con anticipación. Él empujaba. Ella entendía. Él intentaba imponer. Ella intentaba comprender. Él peleaba como los niños que quieren demostrar que son fuertes. Ella peleaba como las niñas que ya han entendido que ser fuerte no es empujar más. Y poco a poco el combate dejó de parecer una pelea. Parecía una conversación. Una que solo ellos entendían. Una de esas conversaciones de patio que solo tienen dos personas que llevan juntas desde los cinco años. Sin palabras. A base de "te conozco". En un momento Alex consiguió lanzarla parcialmente. No puntuó limpio. Hannah se levantó antes incluso de que él terminara de incorporarse con la cara roja de rabia y con los ojos brillantes. Sin llorar. Se levantó más rápido para que nadie viera que le dolía. En la siguiente acción fue ella quien estuvo a punto de derribarlo. Alex escapó por centímetros. Tropezando, cayéndose de culo, haciendo reír a dos niños de la grada. Y se levantó con las orejas rojas como tomates, mirando a Hannah con pánico a que ella también se riera. Ella no se rió. El público rugió. El entrenador observaba sin decir una palabra. Porque hay combates que no se entrenan. Se sienten. Y entonces llegó el instante decisivo. La abertura apareció. Alex la vio. La sintió. Era perfecta. Un movimiento más. Un giro fuerte y ganaba la final. Y ganaba delante de su padre. Y ganaba delante de ella. Y por fin ella tendría que decir que era mejor. Ya estaba entrando. Ya estaba ejecutándolo. Ya era suyo. Ya notaba el peso de ella cediendo. Ya oía al árbitro coger aire para gritar ippon. Entonces vio algo. La mano de Hannah había quedado atrapada en una posición incómoda. Si seguía con toda la fuerza... Podía hacerle daño de verdad. Y Alex Mallory, que jamás dudaba... Dudó. Solo una fracción de segundo. Una grieta mínima. Invisible para cualquiera. Es el tiempo que tardas en pensar "si sigo, gano pero la rompo. Si paro, pierdo pero no le hago daño". Pero Hannah siempre había sido mejor leyendo a Alex que el resto del mundo. Lo vio. Lo entendió. Y aprovechó exactamente ese instante. No por mala. Porque si no aprovechas, pierdes. Y porque si él duda por ti, tú dudas por él y entonces perdéis los dos. Giró. Cambió el peso. Entró por debajo. Y lo lanzó. Perfecto, limpio, de libro. Alex golpeó el tatami de espaldas. El techo apareció sobre él. Blanco, inmóvil y lejano. Y le picaban los ojos. Mucho. Pero no iba a llorar. No delante de todos. No delante de ella. Silencio. Y después... Una explosión de voces. Los padres de Hannah gritando. Su entrenador diciendo "¡bien!". Su madre de él aplaudiendo flojo porque no sabía si aplaudir la derrota de su hijo. Y en medio de todo ese ruido, Alex solo oía una cosa: el tatami bajo su espalda y su propio corazón desbocado. Y Hannah, de pie encima de él, con la coleta deshecha por primera vez en todo el torneo, respirando fuerte, mirándolo con una mezcla de orgullo y culpa. —¡Punto! Aplausos. Exclamaciones. Sorpresa. Risas. Y alguien diciendo: —Le ha ganado. ¡La niña le ha ganado a Mallory! Alex siguió tumbado unos segundos. Mirando el techo con el judogi descolocado, con la respiración sonando como un fuelle. No estaba enfadado. No estaba frustrado. Ni siquiera estaba pensando en haber perdido. Estaba pensando en que no le dolía perder. Y eso le daba más miedo que perder. Lo único que sentía era algo extraño. Como si una pieza se hubiera movido dentro de él. Como si algo hubiera cambiado de sitio. Y ya no pudiera volver atrás. Como cuando te cambias de sitio en clase y de repente te gusta tu sitio nuevo aunque sea al lado de la niña que te pone nervioso. Una sombra apareció sobre su cara. Hannah. Le estaba tendiendo la mano. Con la coleta ya medio suelta, con la frente sudada por fin, con las rodillas rojas de haberse tirado al suelo con él. Con una sonrisa pequeña que solo le ponía a él, no a los padres que aplaudían. —Vamos, grandullón. Alex la miró. Le gustó que estuviera sonriendo. Le gustó demasiado. Le gustó tanto que se le olvidó la vergüenza de estar tumbado perdiendo la final delante de todo North Harbour. Le gustó tanto que se le pusieron las orejas rojas otra vez. Tomó su mano. La tenía pequeña, caliente, un poco húmeda de sudor. Y a Alex le pareció la mano más fuerte del mundo. Se levantó. Ya era bastante más alto que ella. Y por primera vez ser más alto no le sirvió de nada, porque ella le había ganado igual. —No tienes que contenerte conmigo —dijo bajito, como si se hubiera picado, pero sin rabia de verdad. Hannah arqueó una ceja. —No lo he hecho —dijo en serio. Porque Hannah estaba orgullosa de haberle ganado limpio, sin que él se dejara. Alex tardó dos segundos en comprender que iba completamente en serio. Y aquello le arrancó una carcajada. Una de verdad. Fuerte, con gallo, de las que te salen por la nariz y te estás aguantando la risa y el llanto a la vez. El entrenador se acercó. —Buen combate. Miró a ambos. Sudados, despeinados, con el judogi torcido, con la cara de haber hecho algo importante sin saber qué. —El primero entre vosotros —hizo una pequeña pausa—. Y seguramente el último. El año que viene separarán las categorías. Ninguno respondió. Seguían mirándose. Como si aquella noticia fuera mucho menos importante que cualquier otra cosa. Alex no sabía poner nombre a lo que sentía. Solo sabía que quería volver a pelear con ella. Volver a verla. Volver a hacerla sonreír. Volver a escucharla decir algo que lo hiciera reír así. Solo sabía que no quería que se fuera a vestuarios sin él. Que quería seguir a su lado aunque hubiera perdido. Y muchos años después comprendería la verdad. Comprendería que aquella derrota había sido la única que le alegró sufrir. Porque ese día, sobre un tatami de North Harbour, mientras una niña de diez años le tendía la mano después de vencerlo... Alex Mallory se enamoró de Hannah Jones, con rodillas raspadas, con orejas rojas y con la mano sudada de ella todavía agarrada a la suya, sin soltarla aunque el árbitro ya les estaba separando.




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