Nuevo equilibrio
El despacho de Hannah estaba en silencio cuando Alex entró. No era un silencio incómodo. Tampoco tenso. Era otro tipo de silencio. Más denso. Más concentrado.
Y Tobías entró justo detrás de él. El pastor alemán avanzó un par de pasos, olfateó el aire con tranquilidad, como si comprobara que todo seguía donde debía, y después miró hacia Hannah y terminó de cruzar la puerta cuando Alex la cerró tras ellos. Con el hombro, porque traía dos cafés. Uno para él. Otro para ella.
No hubo permiso. Tampoco hizo falta.
Hannah no levantó la vista. Sabía perfectamente quién acababa de entrar. Por el olor a café. Por cómo respiraba Tobías cuando estaba contento. Porque eran las 8:01 y Alex siempre llega un minuto tarde a propósito para no parecer ansioso.
Tenía el expediente de Eliah Bradford abierto sobre el escritorio, dividido en secciones perfectamente organizadas. Informes forenses. Registros de llamadas. Fotografías de la escena. Declaraciones.
Todo clasificado. Todo etiquetado. Todo encajando demasiado bien. Demasiado limpio para ser verdad. Como su tregua.
—Has llegado tarde —no sonó a reproche.
Alex se quitó la chaqueta mientras se acercaba.
—He llegado cuando tocaba. Dejó el café de ella a su izquierda, sin decir nada, con leche de soja, vainilla y un toque de canela. Hannah lo vio por el rabillo del ojo. No dio las gracias. Pero rodeó el vaso con los dedos un segundo más de lo necesario, buscando el calor.
Tobías dio una vuelta sobre sí mismo antes de tumbarse junto al escritorio con la comodidad de quien ya considera aquel lugar parte de su territorio. Justo en medio de los dos.
Alex pasó a su lado y, sin mirarlo siquiera, le rascó detrás de una oreja. El perro cerró los ojos con un gesto automático y familiar. Ese gesto que solo hace con Alex y con Connor. Hannah se fijó. Y se le encogió algo en el pecho, porque el perro y su hijo ya habían elegido al mismo hombre.
Hannah deslizó una carpeta hacia él.
—La autopsia.
Alex la recogió. Lo primero que hizo no fue leer. Observó el documento. La firma. La fecha. La estructura. El tipo de informe. Después empezó a leer en voz baja.
—Causa de la muerte: herida por arma de fuego en la cabeza. Trayectoria compatible con disparo a corta distancia.
—Suicidio —añadió Hannah. Pero sin convicción.
Tobías apoyó el hocico sobre las patas delanteras, con las orejas giradas hacia ella.
Alex pasó la página. Volvió atrás. Se detuvo.
—Compatible… —repitió la palabra despacio. Hannah alzó la vista.
—¿Qué ves?
—Que compatible no significa concluyente. Significa “no me quiero mojar”.
Hannah se inclinó ligeramente hacia delante. Su rodilla rozó la pata de la mesa y, por debajo, la pierna de Alex. Fue un roce mínimo. Se le erizó la piel.
—Explícamelo —no había desafío en su voz. Solo interés. Interés real. Por primera vez sin pulla.
Alex giró el informe para que ambos pudieran verlo. Se agachó a su lado, hombro con hombro, como anoche. Olía a jabón barato y a café. Hannah tuvo que contener la respiración.
—La trayectoria encaja con un disparo autoinfligido. —su dedo recorrió varias líneas— Pero no descarta intervención externa.
Hannah sostuvo la mirada sobre el papel. Para no mirarlo a él. Porque si lo miraba a esa distancia, lo besaba.
—¿Estás diciendo que alguien pudo dispararle?
—Estoy diciendo que el informe no lo descarta. Que alguien escribió “compatible” para no tener que escribir “no lo sé”.
Volvió el silencio.
—Residuo de pólvora en la mano dominante —dijo Hannah.
—Sí.
—En la mano derecha.
—Exacto —Alex levantó la vista—. Era zurdo.
La frase quedó suspendida sobre el escritorio. Ahora sí importaba. Era la prueba de que anoche no se habían imaginado cosas trabajando juntos.
Alex cerró parcialmente la carpeta.
—Si alguien manipuló la escena...
—Seguiría pareciendo un suicidio —terminó ella.
Se miraron un segundo de más. Con orgullo. Con ese “joder, somos buenos” que solo se dicen con los ojos dos personas que se conocen desde los cinco años.
—Hora estimada de la muerte: entre las diez y las doce de la noche —leyó Hannah.
—Una ventana demasiado amplia.
—Demasiado cómoda —corrigió ella—. Hecha para que nadie mire con lupa.
Se miraron. Y, por primera vez en mucho tiempo, no chocaron. Se alinearon.
—¿Te cuadra? —preguntó ella, con ganas de que él dijera que no, para no sentirse loca.
—No —dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—A mí tampoco.
Fue un cambio pequeño. Tan pequeño que nadie más lo habría notado. Pero ambos sí. Porque era la primera vez en nueve años que estaban de acuerdo en algo importante sin gritar.
Ya no buscaban errores para llevarse la contraria. Buscaban la verdad y eso era distinto.
—De momento no lo compartiremos con nadie —dijo Hannah, cerrando una carpeta.
—No.
La respuesta de Alex fue inmediata. Demasiado inmediata.
—Si estamos equivocados...
—No pasa nada.
—Y si no...
—Alguien ya sabe más de lo que debería —terminó ella, con la voz un poco rota, porque de repente entendió que esto era peligroso de verdad.
El silencio que siguió fue más pesado. Y Alex, sin pensarlo, dejó la mano apoyada en el borde de la mesa, a dos centímetros de la de ella. No la tocó. Pero la cubría.
—Lo revisamos todo.
—Desde el principio.
—Solo nosotros. Tú, yo y el perro.
Tobías movió la cola contra el suelo. Como diciendo “por fin”.
Fuera el ruido de la comisaría seguía existiendo. Dentro del despacho parecía otro mundo. El único mundo donde podían estar bien sin hacer daño a nadie.
Entonces alguien se detuvo al otro lado de la puerta. Un segundo. Dos.
Toc. Toc.
Tobías levantó la cabeza de golpe. Orejas erguidas. Un gruñido bajo, casi imperceptible, que solo hace cuando no le gusta alguien.