Fuego y Hielo

Capítulo 4: Parte 2

🌊 Connor y el Dojo

El dojo olía a madera pulida, esfuerzo reciente y sudor todavía caliente, a goma de tatami, a calcetines olvidados en la mochila y a infancia.

Había algo en aquel lugar que parecía inmune al paso del tiempo. Como si las estaciones pudieran cambiar, los años avanzar y el mundo entero transformarse, pero allí dentro todo siguiera funcionando bajo las mismas reglas. Las mismas reglas de 2005. Cuando Alex Mallory perdía contra Hannah Jones.

El sonido de pies descalzos sobre el tatami. El golpe seco de una caída bien ejecutada. El roce de los uniformes. El silencio respetuoso entre movimientos.

Alex estaba solo cuando Connor llegó. No lo oyó entrar. Pero lo sintió. Porque Connor entra como lo hace su madre: haciendo ruido, ocupando espacio, sin pedir permiso.

—¡Eh!

La voz rompió la calma del dojo con una energía imposible de ignorar. Alex levantó la cabeza y sonrió antes siquiera de darse cuenta. Fue automático. Involuntario.

—Has llegado pronto.

Connor cruzó la sala prácticamente trotando. Con el judogi mal puesto, un calcetín más alto que otro y la mochila a rastras. Con 8 años. Con prisa por vivir.

—Tenía prisa por venir.

Aquello hizo que la sonrisa de Alex creciera un poco más. No hubo saludo formal. Ni distancia. Ni esa incomodidad que a veces existe entre adultos y niños que apenas se conocen. Solo naturalidad. Como si ambos llevaran mucho más tiempo compartiendo aquel espacio. Como si su cuerpo lo reconociera.

Alex dejó a un lado las protecciones que estaba guardando.

—¿Quieres empezar?

Connor asintió tan rápido que casi pareció un rebote.

—Sí. ¡Sí, sí, sí!

—Bien.

Alex se colocó frente a él.

—Entonces empezamos por lo básico.

Connor puso cara de resignación inmediata. La misma cara de Hannah cuando le dices “hay que hablar”.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre funciona.

—Eso es sospechoso, muy sospechoso.

Alex soltó una carcajada.

—Postura.

Connor obedeció. Más o menos. Levantó la barbilla demasiado. Tensó los hombros. Y colocó los brazos con una rigidez tan exagerada que parecía preparándose para una foto militar.

Alex negó con la cabeza.

—No tanto —apoyó una mano sobre uno de sus hombros y lo bajó ligeramente. Con cuidado. Porque es pequeño. Porque no quiere hacerle daño. Porque a Alex le sale ser delicado con él sin saber por qué. —Relájate.

Connor intentó copiar exactamente lo que hacía. Fracasó. Alex tardó tres segundos en darse cuenta.

—Otra vez.

Connor resopló. Fuerte, teatral, como su madre.

—Lo estoy haciendo bien.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Connor.

—Alex.

Alex se quedó mirándolo. Connor le devolvió exactamente la misma mirada. La misma cabezonería. El mismo ceño fruncido. Durante dos segundos. Tres. Cuatro. Hasta que Alex acabó soltando una carcajada.

—Otra vez.

Connor volvió a colocarse. Esta vez exageró todavía más. Alex apenas movió una mano. Connor perdió el equilibrio. No llegó a caer. Pero estuvo cerca.

—¿Ves?

Connor cruzó los brazos. Ofendido y con morritos.

—Es que no empujas fuerte.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Cómo que el problema?

Alex volvió a colocarse frente a él.

—No se trata de empujar más fuerte. —señaló su cabeza— Se trata de saber cuándo no hacerlo.

Connor parpadeó. Claramente no lo entendió. Pero tampoco iba a admitirlo. Porque es un Jones. Y los Jones nunca admiten que no entienden algo.

—Lo he entendido perfectamente.

—Claro.

—Perfectamente.

—Explícamelo.

Connor abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.

—Es una pregunta trampa.

Alex volvió a reír con esa risa que no le sale con nadie más que con él.

—Otra vez.

Y volvieron a empezar. Una. Dos. Cinco. Diez veces.

Cada intento un poco mejor. Cada error un poco menos torpe. Cada corrección más natural. Hasta que Connor acabó dejándose caer sobre el tatami con una exhalación dramática. Boca arriba, en forma de estrella, sudado.

—Esto es dificilísimo. ¡Imposible! ¡Nivel 100!

Alex se sentó frente a él. A su altura. Con las piernas cruzadas, como un niño más.

—Lo es.

—Tú haces que parezca fácil.

Alex apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Porque llevo mucho tiempo haciéndolo.

—¿Cuánto?

Alex se quedó pensativo. Mirando al niño que tiene delante.

—Mucho. Toda la vida. Casi veinte años.

Connor asintió. Pareció aceptar la respuesta como una unidad de medida válida. Después se quedó observándolo unos segundos. Y volvió a preguntar. Con esa curiosidad que da miedo.

—¿Mi madre también hacía esto?

Alex arqueó una ceja.

—¿Pelear?

—Sí.

Alex sonrió. Una sonrisa triste y orgullosa a la vez.

—Tu madre era aterradora.

Connor abrió mucho los ojos.

—¿En serio? ¡Mi madre!

—En serio.

—Eso explica muchas cosas.

—Bastantes.

Connor asintió solemnemente.

—Ya decía yo.

Alex soltó una pequeña risa.

—¿Por qué?

—Porque es muy mandona. Y porque siempre gana a todo. Hasta al Mario Kart y eso que yo soy buenísimo.

—Siempre lo ha sido.

Connor sonrió.

—¿Ya discutíais cuando erais pequeños?

Aquella pregunta hizo que Alex tardara un poco más en responder. No porque no supiera la respuesta. Sino porque había demasiadas. Y todas dolían.

—No discutíamos.

—¿No?

—Competíamos.

Connor pareció fascinado.

—¿Y quién ganaba?

Alex lo miró. Pensó en el torneo de judo. Pensó en las notas. Pensó en las carreras. Pensó en cientos de discusiones absurdas. Y sonrió. Con nostalgia de verdad.

—Depende.

Connor entrecerró los ojos. Como hace Hannah cuando te pilla mintiendo.

—Eso significa que ganaba ella.

Alex soltó una risa por la nariz.

—Muchas veces, sí.




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