🌊 Camino a casa
El aire de la calle estaba mucho más caliente que el del dojo.
Connor salió primero, como si todavía le sobrara energía después de más de una hora de entrenamiento. Bajó los escalones prácticamente de un salto, girándose mientras intentaba colocarse la mochila sobre un solo hombro.
—Mañana quiero aprender una patada de verdad. ¡De las de las pelis!
Alex cerró la puerta del dojo detrás de ellos. Con llave, despacio, sin prisa. Porque no quiere que esto acabe.
—Hoy ya has aprendido una.
—No —corrigió Connor inmediatamente—. He aprendido una impresionante. ¡De las que hacen BOOM!
Alex arqueó una ceja.
—Ah.
Connor asintió con absoluta seriedad.
—De las que hacen que la gente salga volando.
Alex soltó una risa por lo bajo.
—Eso no funciona así.
—Sí funciona. En las películas sí.
—Las películas mienten. Mucho. Sobre todo las que ves tú.
Connor frunció el ceño como si acabara de descubrir una traición personal.
—Eso es muy decepcionante. Muy decepcionante, Alex.
Hannah caminaba unos pasos por detrás de ellos, observándolos sin intervenir. A propósito. Porque si se pone a su altura, tiene que mirarlo. Y si lo mira ahora, con esa luz, se le nota todo.
La luz dorada del atardecer había desaparecido casi por completo. Las primeras sombras de la noche se extendían entre las calles cercanas al puerto y las ventanas comenzaban a iluminarse una a una. Olía a leña y a mar.
Connor seguía hablando. Mucho. Como si llevara años haciéndolo. Como si Alex fuera alguien a quien hubiera conocido toda la vida. Como si lo hubiera estado esperando.
—¿Y cuánto tardaré en hacer bien una llave?
—Depende.
—¿De qué?
—De si escuchas.
Connor señaló inmediatamente hacia Hannah.
—Eso lo he sacado de mi madre. ¡Lo de no escuchar! ¡Es genético!
Hannah resopló.
—Al menos reconoces algo útil.
Connor sonrió, satisfecho consigo mismo. Alex negó con la cabeza.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Hannah al instante. A la defensiva.
—Tu obsesión por discutir incluso cuando tienes razón.
—No es obsesión si sigo ganando.
—Claro.
Connor los miró alternativamente y sonrió. No porque estuvieran discutiendo. Sino porque parecía que hablaban un idioma propio. Un idioma que él entendía aunque no supiera traducirlo.
Se adelantó unos pasos y luego volvió a girarse.
—Pues yo creo que Alex tiene razón.
Hannah arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—A veces hablas mucho. Mucho, mucho.
Alex intentó ocultar la sonrisa. Fracasó. Se le escapó una carcajada por la nariz.
—Traidor —dijo Hannah, pero mirando a Alex. Con esa mirada de “no le rías las gracias a mi hijo contra mí”.
Connor soltó una carcajada. Alex le revolvió el pelo al pasar junto a él. Fue un gesto completamente automático. Natural. Tan natural que ninguno de los dos pareció darse cuenta.
Pero Hannah sí. Y algo se movió suavemente dentro de ella. No era dolor. No exactamente. Era algo más cálido y más peligroso.
Connor volvió a colocarse mal la mochila. Alex se la colocó sin pensar, ajustándole el tirante sobre el hombro con las dos manos.
—Mañana te van a doler las piernas.
—No me van a doler.
—Sí te van a doler.
—No.
—Mañana no vas a poder sentarte. Vas a andar como un pingüino.
Connor abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—En serio.
—Estoy preparándolo mentalmente.
—Lo estás dramatizando —intervino Hannah. Porque si no interviene, se le saltan las lágrimas. Literal.
—Eso lo dices porque nunca hiciste taekwondo.
Hannah soltó una carcajada. De las de verdad. De las que no le salen desde que volvió.
—Alex, por favor. Lo único que hacías tú era lanzar patadas y esperar que funcionaran.
—Funcionaban.
—Porque yo tenía que arreglar luego tus errores. Como siempre.
Connor volvió a mirar de uno a otro. Fascinado. No había enfado. Ni tensión. Era otra cosa. Algo rápido. Ágil. Como una conversación que llevaban manteniendo toda la vida.
—Eso no es verdad —protestó Alex.
—Lo es.
—Nunca me ganaste en taekwondo.
—Porque el taekwondo consiste básicamente en mover mucho las piernas y esperar impresionar a alguien. Como los pavos reales.
Alex la miró escandalizado.
—Acabas de insultar años de disciplina.
—No —Hannah sonrió. Con esa sonrisa pequeña, de lado, que solo le ponía a él cuando sabía que había ganado. —He resumido años de disciplina.
Connor soltó otra carcajada. Y siguió caminando entre los dos como si aquel fuera exactamente su sitio. Como si siempre hubiera estado allí. Con una mano casi rozando la de Alex. Sin cogerla. Casi.
—Entonces ¿qué era mejor? —preguntó.
—Taekwondo —respondió Alex.
—Judo —dijo Hannah al mismo tiempo.
Connor sonrió inmediatamente.
—Sabía que ibais a decir cosas distintas.
Alex señaló hacia Hannah.
—El judo consiste en esperar.
—Consiste en anticipar.
—Consiste en no hacer nada hasta que el otro se mueve.
—Consiste en leer al otro antes de que se mueva. Por eso siempre te ganaba.
Alex abrió la boca para responder. Hannah habló antes.
—Y por eso siempre ganaba yo.
Connor volvió a reírse. Porque incluso aquello sonaba ensayado. Porque se conocían demasiado. Porque se anticipaban demasiado. Porque parecían incapaces de dejar de responderse. Y a él le gustaba. Le gustaba cómo Alex ya sabía cuándo Hannah iba a corregirlo. Le gustaba cómo Hannah respondía antes de que él terminara las frases. Le gustaba que ninguno pareciera tener prisa por despedirse.
Connor no pensaba en ellos como adultos complicados. Pensaba que encajaban. Como dos piezas de Lego que son de colores distintos pero encajan. Y para un niño de ocho años eso es suficiente. Y es todo.
Hannah los observó durante unos segundos sin decir nada. A Connor caminando entre ambos. A Alex reduciendo el paso sin darse cuenta para adaptarse al ritmo corto del niño. A Tobías avanzando tranquilo a su lado, como si estuviera escoltando al grupo. Como una familia que vuelve a casa sin saber que es una familia. Todo parecía demasiado natural. Demasiado fácil. Y eso la descolocaba más que cualquier discusión.