Fuego y Hielo

Capítulo 4: Parte 4

🌊El Instituto Forense

La mañana siguiente amaneció cubierta por un cielo gris que parecía aplastar lentamente North Harbour.
Hannah salió de comisaría con el teléfono pegado a la oreja mientras caminaba hacia el aparcamiento.
-Te juro que no entiendo cómo puedes hablarme de asesinatos a estas horas -protestó Eleanor al otro lado de la llamada.
Hannah sostuvo el expediente Bradford contra el pecho.
-Es mi trabajo.
-Sí, pero das miedo igualmente.
Eso consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.
La camioneta roja de Alex seguía aparcada donde siempre: vieja, ligeramente oxidada e imposible de ignorar. Y, de alguna forma, exactamente igual a como la recordaba.
-Connor está insoportable desde ayer -dijo Hannah.
-Eso no es nuevo. -continuó Eleanor.
-Ahora habla de Alex cada cinco minutos.
Hannah abrió la puerta del copiloto sin subir todavía.
-Connor habla de cualquier persona que le enseñe cosas peligrosas.
-No. Habla de él distinto. No crees?
Se hizo un breve silencio. Hannah apoyó una mano sobre el techo de la camioneta.
-Ele...
-¿Qué?
-No empieces.
-No estoy empezando nada. Solo digo que hacía años que no te veía tan tranquila.
Eso hizo que Hannah frunciera ligeramente el ceño, porque no quería escuchar esa palabra: tranquila. Como si bajar la guardia fuera algo bueno.
-Estamos trabajando juntos -respondió finalmente.
-Claro.
El tono dejó clarísimo que Eleanor no se lo creía.
-Y además Connor os mira como si fuerais una serie romántica.
Hannah soltó aire por la nariz.
-Connor tiene ocho años.
-Precisamente. Los niños pillan estas cosas antes que vosotros.
Hannah iba a responder cuando escuchó pasos acercándose detrás de ella.
Alex.
Venía hacia la camioneta con dos cafés en la mano y Tobías caminando tranquilamente a su lado. Todavía estaba lo bastante lejos como para no escuchar.
-Hannah -dijo Eleanor de pronto, bajando la voz-. Lo que te hace falta es echar un buen polvo de una vez.
Hannah se quedó completamente congelada, porque justo en ese momento Alex levantó la vista hacia ella. Y la encontró mirándolo con cara de absoluto shock.
Alex se paró confundido.
-¿Qué pasa? -preguntó desde unos metros más atrás.
Hannah abrió la boca. No dijo nada. Eleanor seguía hablando al teléfono, completamente ajena al desastre que acababa de provocar.
-Te lo digo en serio. Llevas tantos años tensa que cualquier día vas a matar a alguien solo por respirar fuerte.
Alex ya estaba delante de ella. Con una ceja ligeramente levantada.
Hannah seguía roja hasta las orejas.
-¿Hannah?
Ella reaccionó de golpe.
-Tengo que colgar.
-Cobarde -se rio Eleanor.
Hannah colgó inmediatamente. Alex la observó unos segundos más. Claramente intentando entender qué acababa de pasar.
-¿Todo bien?
-Perfectamente.
Respuesta demasiado rápida, demasiado seca. Alex entrecerró apenas los ojos. Luego le tendió uno de los cafés.
-Eso ha sonado peligrosamente falso. Café con leche de soja con un toque de vainilla y canela.
Hannah cogió el vaso sin mirarlo.
-Gracias. -sonrió, dentro del vaso. Todavía se acordaba.
Subió finalmente a la camioneta. Alex rodeó el vehículo todavía observándola de reojo. Como si intentara descifrar qué demonios acababa de decir Eleanor para dejarla así.
Tobías subió detrás justo antes de que Alex arrancara.
Durante los primeros segundos solo se escuchó el motor y la lluvia suave golpeando el parabrisas.
Hannah seguía incómoda demasiado consciente de él, de su voz, de su cercanía. Y eso la irritaba todavía más.
Así que atacó primero.
-¿Sigues con este trasto?
Alex giró apenas la cabeza hacia ella.
-Qué manera tan bonita de hablar de mi camioneta.
-Alex, ya la tenías hace nueve años.
Él sonrió apenas mientras tomaba una curva.
-Y sigue funcionando.
-De milagro.
-Las cosas no tienen por qué cambiarse porque sí.
La frase cayó tranquila, natural, pero algo en el tono hizo que Hannah apartara la vista hacia la ventanilla, porque Alex no estaba hablando solo de la camioneta.
Hannah abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo porque, muy a su pesar, se estaba riendo. Y eso era todavía peor. El momento ligero duró poco. Hannah volvió al expediente y el tono cambió otra vez al de Inspectora.
-La modificación del registro sigue sin cuadrarme.
Alex también volvió inmediatamente al caso.
-A mí tampoco.
-Si alguien manipuló el archivo, sabía exactamente qué tocar.
-O sabía exactamente qué dejar.
Hannah levantó la vista hacia él. Ahí estaba otra vez: la forma en que Alex veía huecos antes que pruebas, ausencias antes que respuestas.
-Demasiado limpio todo -murmuró ella.
-Exacto.
Se produjo otro silencio cómodo y peligroso. Porque empezaba a parecer costumbre.

El Instituto Forense de North Harbour parecía más frío por dentro que por fuera.
La recepcionista apenas levantó la vista cuando llegaron al mostrador.
-¿Sí?
Hannah enseñó la placa.
-Inspectora Jones. Necesitamos acceso al archivo Bradford.
La mujer tecleó algo. Esperó y frunció el ceño.
-Necesito autorización superior para abrir documentación sellada.
La mandíbula de Hannah se tensó ligeramente. Alex lo vio al instante y antes de que ella respondiera, dio un paso adelante.
-Vamos, seguro que puedes ayudarnos un poco.
La recepcionista levantó la vista. Alex sonreía de esa forma fácil y peligrosa que parecía funcionar incluso cuando no debería.
-Solo vamos a revisar un par de registros.
La mujer lo observó unos segundos más. Hannah cruzó los brazos, mientras Alex seguía hablando con absoluta naturalidad.
-Además, si seguimos aquí mucho rato, ella va a empezar a intimidar a todo el edificio.
La recepcionista soltó una pequeña risa. Hannah giró la cabeza lentamente hacia él.
-¿Perdón?
-Estoy ayudando.
-Estás haciendo el ridículo.
-Y aun así está funcionando.
La mujer acabó desbloqueando algo en el ordenador.
-Diez minutos.
Alex sonrió satisfecho.
-Sabía que eras mi persona favorita del día. -dijo guiñándole un ojo.
Hannah ya se había dado la vuelta antes de que terminara la frase. Su paso era más rápido de lo normal, más seco. Alex la alcanzó en el pasillo.
-¿Te pasa algo?
-No.
-Claro.
-No todo el mundo necesita convertir una investigación en una audición para encantador profesional.
Alex arqueó una ceja.
-¿Eso eran celos, Inspectora?
Hannah soltó una risa incrédula.
-Eso era vergüenza ajena.
-Entonces te afecta demasiado para no ser celos.
Ella lo miró directamente.
-Alex, por favor. Hay mujeres que caen con eso porque no te escuchan más de cinco minutos seguidos.
-Y aun así tú sigues aquí.
Hannah abrió la boca, la cerró y siguió andando. Alex sonrió apenas, porque aquella discusión no parecía nueva; la había vivido muchas veces.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.