Fuego y Hielo

Capítulo 4: Parte 5

🌊 Cena en casa de Allison

Salieron del Instituto Forense cuando ya empezaba a atardecer.
La luz tenía ese tono suave y un poco cansado de las horas en que el sol ya no calienta, pero todavía se resiste a desaparecer del todo.
Alex caminaba junto a Hannah sin prisa, con Tobías pegado a su lado como si supiera perfectamente que esa era la dirección correcta. No había urgencia en sus pasos. Tampoco la tensión seca que habían arrastrado durante gran parte del día. Seguían pensando en Bradford, en el archivo, en lo que no encajaba... pero el trayecto hasta casa de Allison tenía algo distinto. Mucho más ligero.
Hannah llevaba el expediente bajo el brazo, aunque ya no lo miraba cada dos segundos como si fuese a escapar. Alex, a su lado, iba con las manos en los bolsillos de la chaqueta y con esa manera suya de observar las calles que parecía relajada, pero nunca lo era del todo. Registraba todo. El tráfico, las sombras, el reflejo de la luz sobre el asfalto, Tobías adelantándose unos pasos y luego volviendo a su altura. Y, en medio de todo eso, estaba Hannah.
-No me convence nada -murmuró ella al cabo de un rato, rompiendo el silencio.
Alex la miró de reojo.
-Eso no es nuevo.
-No me hagas empezar.
-No he dicho nada.
-Lo has dicho con tono de "te lo dije".
Él sonrió apenas.
-¿Y tú no llevas todo el día con tono de "seguro que hay algo raro porque siempre hay algo raro"?
Hannah soltó una exhalación breve por la nariz, más cansada que molesta.
-Porque lo hay.
-Sí -admitió Alex-. Pero ahora mismo no podemos hacer más que esperar a revisar lo que encontramos con calma.
Hannah no contestó enseguida. Solo siguió caminando.
Ese era el tipo de conversaciones que estaban empezando a tener con naturalidad: frases cortas, réplicas inmediatas, silencios que no incomodaban. Ya no parecían dos personas obligadas a compartir espacio. Parecían algo mucho más difícil de nombrar.
Tobías se giró de pronto, como si oliera algo interesante, y se adelantó unos metros antes de volver a ellos con la misma tranquilidad con la que había ido. Alex le rozó el lomo con la punta de los dedos al pasar.
-No sé cómo sigue con tanta energía -comentó Hannah.
-Porque es más listo que nosotros.
-Eso no era difícil.
Alex la miró, fingiendo indignación.
-Ah, o sea que ahora también me insultas con elegancia.
-No. Te estoy concediendo un mérito.
Él soltó una risa baja y Hannah, por un segundo, también.

Cuando llegaron a casa de Allison, la puerta ya estaba abierta. El sonido de voces, una tetera silbando en alguna parte y el murmullo doméstico de una casa viva les dio la bienvenida antes incluso de que alguien los viera.
Allison apareció en el marco de la puerta con esa energía suya que siempre parecía ocupar más espacio del que tenía. Al verlos, sonrió de inmediato.
-Por fin. Ya pensaba que os habíais quedado encerrados en algún archivo con la intención de desaparecer del mapa.
Hannah alzó una ceja.
-Casi.
Allison pasó la mirada de Hannah a Alex, sin la menor sorpresa por verlos juntos. Como si fuera lo más normal del mundo.
-Alex -dijo, con total naturalidad-. Quédate a cenar.
No lo formuló como pregunta. Tampoco como invitación incómoda. Fue un "ya estás aquí".
Alex parpadeó apenas, más por la facilidad del gesto que por la invitación en sí.
-No quiero molestar.
-Molestarías si te fueras -replicó Allison con total firmeza.
Hannah se quedó mirándola un segundo, derrotada antes de empezar.
-Lo ves -murmuró Allison, dirigiéndose a Alex como si Hannah no estuviera-. Ya sabes que en esta casa no se piensa demasiado las cosas.
-Eso lo explicaría bastante -dijo Hannah.
Desde dentro de la casa llegó una voz infantil.
-¿Es Alex?
Connor apareció corriendo por el pasillo y se frenó en seco al verlo. Sus ojos se iluminaron al instante.
-¡Has venido!
Alex sonrió de forma inmediata, sin necesidad de fingir nada.
-He venido.
Connor se plantó delante de él con una energía casi temblorosa.
-¿Te quedas a cenar?
Alex miró a Hannah, como si la respuesta dependiera de ella. Connor ni siquiera esperó.
-Por favor, di que sí.
Hannah observó esa escena con una mezcla extraña de ternura y algo que todavía le costaba nombrar sin apartar la mirada demasiado rápido.
Allison sonrió desde la puerta.
-Ya ves. Democracia absoluta.
Alex se agachó apenas para quedar a la altura de Connor.
-Si me quedo, mañana no te quejes de que te haga entrenar otra vez.
Connor abrió mucho los ojos.
-¿Mañana también?
-Si no huyes.
-No huyo.
-Eso habría que verlo.
-No, de verdad que no huyo.
Allison soltó una carcajada.
-Perfecto. Ya está decidido entonces.
Connor le cogió a Alex de la manga con confianza total y tiró de él hacia dentro como si lo hubiera hecho mil veces.
No había solemnidad. No era un invitado mas. No había distancia. Solo una naturalidad tan grande que Hannah se quedó quieta un segundo en el umbral, mirando cómo Alex entraba en la casa como si llevara toda la vida haciéndolo.

Dentro ya estaba Stuart, el marido de Allison. Altísimo, despeinado de una forma encantadora, con esa presencia cálida que llenaba una habitación sin necesidad de alzar la voz. Tenía una taza en la mano y el acento británico suavizándole cada palabra.
-Bueno, por fin -dijo, levantando una ceja al ver a Alex-. Pensé que Hannah os había secuestrado a todos en el trabajo.
-Casi -respondió Hannah.
Stuart sonrió y abrió los brazos para saludarla a ella primero, luego a Alex como si fueran parte del mismo lote de regreso a casa.
-Alex. Aunque creo que ya no tengo derecho a decir eso como si no fueras un mueble más de esta familia.
Alex soltó una risa sincera.
-Me temo que empiezo a asumirlo.
-Eso es porque te conocen demasiado bien -dijo Allison desde la cocina.
Connor ya estaba contándole algo a Chloe, que había aparecido con la emoción tranquila de quien sabe que esa noche va a ser buena. Los dos acabaron corriendo por el pasillo hacia la mesa baja del salón, discutiendo sobre algo que solo tenía sentido para ellos.
La casa empezó a llenarse de esas pequeñas cosas que no hacen ruido pero construyen hogar: platos, cubiertos, una olla humeante, risas, alguien abriendo una ventana, Tobías tumbándose con el suspiro profundo de quien también se siente en su sitio.
Alex se movía allí con una naturalidad casi inquietante. No parecía un compañero de trabajo, no era una visita. Parecía alguien que ya sabía dónde estaban las servilletas, qué silla chirriaba y cuál era el vaso de Connor. Y Hannah lo notó, claro que lo notó.




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