🌊 Cena en casa de Allison
Salieron del Instituto Forense cuando el atardecer ya empezaba a teñir North Harbour de tonos anaranjados y dorados.
La lluvia había desaparecido. El cielo seguía cubierto de nubes, pero algunas grietas dejaban pasar una luz suave y cansada que parecía resistirse a desaparecer.
Alex caminaba junto a Hannah sin ninguna prisa aparente. Tobías avanzaba a su lado, unas veces adelantándose unos metros y otras regresando para comprobar que seguían allí.
El caso Bradford continuaba ocupando un rincón constante de sus pensamientos. Los registros modificados. Las páginas sustituidas. Los silencios. Las ausencias.
Pero durante aquel trayecto había algo distinto. Algo más ligero.
Hannah llevaba el expediente bajo el brazo, aunque ya no lo abría cada pocos pasos como si temiera que las respuestas escaparan de las carpetas.
Alex caminaba con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Observando. Siempre observando los coches, las ventanas, las esquinas. La gente que cruzaba la calle. Las sombras que comenzaban a alargarse sobre las aceras.
Y, en medio de todo aquello, Hannah.
—No me convence nada —murmuró ella al cabo de un rato.
Alex la miró de reojo.
—Eso no es nuevo.
—No me hagas empezar.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho con tono de "te lo dije".
Alex sonrió apenas.
—¿Y tú no llevas todo el día con tono de "seguro que hay algo raro porque siempre hay algo raro"?
Hannah soltó aire por la nariz.
—Porque lo hay.
—Sí —admitió él—. Pero ahora mismo no podemos hacer más que esperar y revisar lo que hemos encontrado con calma.
Ella no respondió enseguida. Simplemente siguió caminando. Aquello también era nuevo. Las conversaciones ya no parecían enfrentamientos inevitables. Eran intercambios naturales. Frases cortas. Réplicas inmediatas. Silencios que no necesitaban llenarse. Como si poco a poco estuvieran recordando cómo era hablar antes de que todo se rompiera.
Tobías se adelantó de pronto hacia un árbol, olfateó algo invisible para los humanos y regresó tranquilamente. Alex le rozó el lomo con los dedos al pasar.
—No sé cómo sigue teniendo tanta energía.
—Porque es más listo que nosotros.
—Eso no era difícil.
Alex se llevó una mano al pecho.
—Ah, o sea que ahora también me insultas con elegancia.
—No. Te estoy concediendo un mérito.
La risa que soltó Alex fue tan espontánea que incluso Hannah sonrió durante un segundo. Solo uno. Pero estuvo ahí.
Cuando llegaron a casa de Allison, la puerta ya estaba abierta. El sonido de voces llegó hasta ellos antes incluso de cruzar el umbral. Alguien estaba riéndose en la cocina. Una tetera silbaba a lo lejos. Se escuchaban pasos. El ruido de los cubiertos. La clase de ruido cotidiano que convierte una casa en un hogar.
Allison apareció en la puerta casi inmediatamente. Y sonrió al verlos.
—Por fin. Ya pensaba que os habíais quedado encerrados en algún archivo con intención de desaparecer del mapa.
Hannah levantó una ceja.
—Casi.
Allison pasó la mirada de Hannah a Alex. Como si verlos llegar juntos fuera lo más normal del mundo.
—Alex.
Él levantó la vista.
—¿Sí?
—Te quedas a cenar.
No sonó como una invitación. Sonó como una decisión.
Alex parpadeó.
—No quiero molestar.
—Molestarías si te fueras.
Hannah soltó un suspiro. Derrotada antes siquiera de intentarlo.
—Lo ves —continuó Allison dirigiéndose a Alex—. En esta casa nadie piensa demasiado las cosas.
—Eso explica bastante —murmuró Hannah.
Desde el interior de la casa llegó una voz infantil.
—¿Es Alex?
Connor apareció corriendo por el pasillo. Y se detuvo en seco al verlo. Su cara se iluminó inmediatamente.
—¡Has venido!
Alex sonrió sin esfuerzo. Sin fingir.
—He venido.
Connor se plantó delante de él.
—¿Te quedas a cenar?
Alex miró a Hannah. Connor ni siquiera le dio tiempo a responder.
—Por favor, di que sí.
Hannah observó la escena. Y sintió aquella extraña mezcla de ternura y vértigo que últimamente aparecía cada vez con más frecuencia. Allison sonrió.
—Ya ves. Democracia absoluta.
Alex se agachó un poco para quedar a la altura de Connor.
—Si me quedo, mañana no te quejes cuando te haga entrenar otra vez.
Los ojos del niño se abrieron aún más.
—¿Mañana también?
—Si no huyes.
—No huyo.
—Eso habría que verlo.
—No, de verdad.
—Entonces quizá.
Connor sonrió triunfante. Y agarró a Alex de la manga.
—Ven.
Lo arrastró hacia dentro con total confianza. Como si lo hubiera hecho cientos de veces. Como si siempre hubiera sido así. Y durante un segundo Hannah se quedó quieta en la puerta observando cómo Alex entraba en aquella casa con una naturalidad casi inquietante.
Dentro ya estaba Stuart, el marido de su hermana. Alto. Despeinado de una forma entrañable. Con una taza de té entre las manos y el eterno acento británico suavizándole cada frase.
—Bueno, por fin.
Miró a Hannah. Luego a Alex.
—Pensé que os habíais quedado atrapados en el trabajo.
—Casi —respondió Hannah.
Stuart abrió los brazos para recibirla. Luego saludó a Alex.
—Aunque empiezo a pensar que ya no tengo derecho a tratarte como visita.
Alex soltó una risa sincera.
—Me temo que empiezo a asumirlo.
—Eso es porque te conocemos demasiado bien.
Connor ya estaba contándole algo a Chloe. Ambos desaparecieron hacia el salón hablando a toda velocidad sobre algún juego inventado en los últimos cinco minutos.
La casa empezó a llenarse de pequeñas escenas cotidianas. Platos colocándose sobre la mesa. Ventanas abriéndose. Una olla humeando en la cocina. Tobías tumbándose junto al sofá con el profundo suspiro de quien sabe que ha llegado al lugar correcto.
Y Alex... Alex parecía formar parte de todo aquello. Sabía dónde dejar la chaqueta. Dónde estaban los vasos. Qué silla evitar porque chirriaba. Y Hannah no pudo evitar notarlo.