Fuego y Hielo

Capítulo 4: Parte 6

🌊 Demasiado limpio

La mañana siguiente amaneció envuelta en una lluvia fina que parecía suspendida sobre North Harbour sin decidirse nunca a caer del todo.

Era un día extraño para finales de junio.

El cielo permanecía cubierto por una capa uniforme de nubes grises que apagaban los colores del pueblo y convertían el puerto en una silueta difusa detrás de los cristales empañados.

La comisaría todavía estaba medio vacía cuando Hannah entró en la sala de documentación. Llevaba una carpeta bajo el brazo y un café en la mano.

El cansancio seguía ahí. Pero la sensación que la acompañaba desde hacía días era otra. La impresión constante de que algo no encajaba.Y de que cada respuesta encontrada solo servía para abrir nuevas preguntas.

Alex ya estaba allí. Por supuesto. Sentado sobre una de las mesas metálicas, con varias carpetas abiertas a su alrededor y una pantalla encendida frente a él. Tobías dormía junto al archivador más cercano, completamente ajeno a conspiraciones, informes manipulados o asesinatos sin resolver.

Hannah frenó apenas un instante al verlo. No porque le sorprendiera encontrarlo allí. Hacía días que había dejado de sorprenderle. Y eso empezaba a ser parte del problema.

Alex levantó la mirada.

—Buenos días.

Ella dejó el café sobre la mesa.

—Llevas aquí desde muy temprano.

—No dormí bien.

La respuesta salió tan natural que Hannah tardó un segundo en reaccionar.

Alex volvió a mirar los documentos como si no acabara de admitir algo demasiado personal.

Ella abrió la carpeta lentamente.

—¿Por el caso?

Alex soltó una risa baja.

—Claro.

Pasó una página.

—Vamos a fingir que es solo por eso.

Durante un instante ninguno añadió nada.

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas. El zumbido lejano de los fluorescentes llenaba el silencio. Y entre ambos quedó suspendido algo que ninguno parecía dispuesto a nombrar. Fue Alex quien rompió el momento.

—He revisado otra vez los accesos al despacho de Bradford.

Hannah se acercó automáticamente. Demasiado cerca. Tan cerca que ya ni siquiera parecían conscientes de ello.

—¿Y?

—Hay modificaciones posteriores al cierre oficial del expediente.

Ella dejó su carpeta junto a la suya.

—Eso ya lo vimos ayer.

—Sí.

Alex giró una pantalla hacia ella.

—Pero anoche encontré otra cosa.

Hannah leyó apenas unos segundos. Y frunció el ceño.

—Alguien rehízo la firma digital.

—Dos veces.

Ella levantó la mirada inmediatamente. Alex ya la estaba observando. Porque sabía exactamente lo que acababa de entender.

—Eso no tiene sentido.

—No si intentas ocultar algo deprisa.

Hannah volvió a fijarse en la pantalla. Su mente empezó a ordenar piezas, fechas, accesos, registros, firmas.

Alex la observó hacerlo. Siempre funcionaba igual. Cuando algo no encajaba, Hannah no se precipitaba. Organizaba el caos hasta encontrar una estructura. Hasta descubrir la lógica escondida.

—La hora tampoco encaja —dijo finalmente—. Si Bradford murió cuando dice el informe, nadie debería haber accedido después.

—Exacto.

Hannah apoyó ambas manos sobre la mesa. Alex seguía mirando más allá de los datos. Miraba la intención. La persona detrás de los cambios. El motivo. El patrón.

—¿Sabes qué es lo raro? —preguntó de pronto.

Ella levantó apenas la cabeza.

—¿Qué?

Alex señaló los documentos.

—Todo está demasiado bien hecho.

Hannah guardó silencio. Porque entendía exactamente a qué se refería. Alex continuó.

—La mayoría de la gente que intenta encubrir algo comete errores.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Borra demasiado. Olvida detalles pequeños. Improvisa.

Sus dedos golpearon suavemente la mesa.

—Aquí no.

La lluvia siguió golpeando los cristales. Constante e hipnótica.

—Aquí alguien revisó este caso una y otra vez.

—Corrigió cada detalle.

—Volvió atrás.

—Comprobó todo.

Sostuvo su mirada.

—Hasta dejarlo limpio.

Un escalofrío incómodo recorrió la espalda de Hannah. Porque tenía razón. Aquello no parecía una chapuza. No parecía una manipulación improvisada. Parecía el trabajo de alguien obsesionado con eliminar cualquier imperfección.

—Como si no intentaran ocultar solo una muerte —murmuró ella.

Alex sostuvo su mirada. Y ahí volvió a aparecer. Aquella forma extraña que tenían de llegar juntos a las mismas conclusiones. Sin explicaciones largas. Sin necesidad de justificar cada idea. Como si sus cabezas siguieran funcionando en la misma frecuencia.

—Exactamente.

Tobías levantó una oreja desde el suelo.Luego volvió a acomodarse.

La lluvia continuó cayendo. El resto de la comisaría parecía muy lejos. Solo estaban ellos. El caso. Y la sensación cada vez más incómoda de que alguien seguía manipulando pruebas desde dentro.

Entonces el móvil de Hannah vibró sobre la mesa. El sonido rompió la concentración de inmediato. La pantalla se iluminó.

Ian Sullivan.

Alex no miró directamente el teléfono. No al principio. Pero vio el cambio. Fue mínimo. Un gesto apenas perceptible. Los hombros de Hannah tensándose. La mandíbula apretándose. La forma en que sus ojos abandonaban el informe durante una fracción de segundo.

Después rechazó la llamada. Demasiado rápido. Sin decir una palabra.

El silencio que quedó después fue diferente. Más pesado. Más incómodo.

Hannah volvió inmediatamente a los documentos. Como si nada hubiera pasado.

—Si rehacen firmas digitales tantas veces...

—Es porque alguien sigue revisando el caso —terminó Alex por ella.

Ella asintió. Pero el ritmo ya no era el mismo. Alex lo notó.Y le molestó más de lo que quería admitir.

Ian Sullivan. Otra vez Ian Sullivan. Otra vez ese nombre.

No sabía prácticamente nada sobre él. Solo fragmentos. Que era el padre de Connor. Que seguía llamando. Y que cada vez que aparecía provocaba una reacción inmediata en Hannah.




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