🌊 Demasiado limpio
La mañana siguiente amaneció envuelta en una lluvia fina que parecía suspendida sobre North Harbour sin decidirse nunca a caer del todo. Era un día extraño para finales de junio. De esos días tristes de verano que te hacen querer quedarte en la cama. El cielo permanecía cubierto por una capa uniforme de nubes grises que apagaban los colores del pueblo y convertían el puerto en una silueta difusa detrás de los cristales empañados.
La comisaría todavía estaba medio vacía cuando Hannah entró en la sala de documentación. Llevaba una carpeta bajo el brazo y un café en la mano. Y el pelo recogido, con un boli, con la cara lavada, y casi sin maquillar.
El cansancio seguía ahí, pero la sensación que la acompañaba desde hacía días era otra. La impresión constante de que algo no encajaba. Y de que cada respuesta encontrada solo servía para abrir nuevas preguntas. Como con Alex.
Alex ya estaba allí. Por supuesto. Sentado sobre una de las mesas metálicas, con varias carpetas abiertas a su alrededor y una pantalla encendida frente a él, con la misma camiseta de ayer, con ojeras y con el pelo revuelto de pasarse la mano. Tobías dormía junto al archivador más cercano, completamente ajeno a conspiraciones, informes manipulados o asesinatos sin resolver, con la pata encima del pie de Alex, como siempre.
Hannah se frenó apenas un instante al verlo. No porque le sorprendiera encontrarlo allí. Hacía días que había dejado de sorprenderle. Y eso empezaba a ser parte del problema. Porque cuando esperas encontrar a alguien cada mañana, ya es rutina. Y cuando es rutina, es peligroso.
Alex levantó la mirada.
—Buenos días.
Ella dejó el café sobre la mesa.
—Llevas aquí desde muy temprano.
—No dormí bien.
La respuesta salió tan natural que Hannah tardó un segundo en reaccionar. Porque no dormí bien suena a "estuve pensando en ti". Y los dos lo sabían.
Alex volvió a mirar los documentos como si no acabara de admitir algo demasiado personal. Como si no acabara de admitir que ayer, después de la cena en casa de Allison, se quedó mirando el techo pensando en ella y en Connor y en la palabra "familia numerosa".
Ella abrió la carpeta lentamente.
—¿Por el caso?
Alex soltó una risa baja y amarga.
—Claro —pasó una página, sin leerla—. Vamos a fingir que es solo por eso. Que es más fácil.
Durante un instante ninguno añadió nada.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas. El zumbido lejano de los fluorescentes llenaba el silencio. Y entre ambos quedó suspendido algo que ninguno parecía dispuesto a nombrar. Miedo. Ganas. Fue Alex quien rompió el momento.
—He revisado otra vez los accesos al despacho de Bradford.
Hannah se acercó automáticamente. Demasiado cerca. Tan cerca que ya ni siquiera parecían conscientes de ello. Tan cerca que él podía verle la peca pequeña que tiene debajo del ojo izquierdo.
—¿Y?
—Hay modificaciones posteriores al cierre oficial del expediente.
Ella dejó su carpeta junto a la suya. Rodilla con rodilla debajo de la mesa.
—Eso ya lo vimos ayer.
—Sí.
Alex giró una pantalla hacia ella.
—Pero anoche encontré otra cosa. A las 2:47 de la mañana, cuando no podía dormir y preferí venir aquí antes que seguir mirando el techo.
Hannah leyó apenas unos segundos. Y frunció el ceño.
—Alguien rehízo la firma digital.
—Dos veces.
Ella levantó la mirada inmediatamente. Alex ya la estaba observando. Porque sabía exactamente lo que acababa de entender. Porque piensa igual que ella. Siempre ha pensado igual que ella y eso es lo que le vuelve loca.
—Eso no tiene sentido.
—No si intentas ocultar algo deprisa. Tiene sentido si intentas ocultarlo bien. Si eres un perfeccionista. Si eres de dentro y sabes que te van a auditar.
Hannah volvió a fijarse en la pantalla. Su mente empezó a ordenar piezas, fechas, accesos, registros, firmas.
Alex la observó hacerlo. Siempre funcionaba igual. Cuando algo no encajaba, Hannah no se precipitaba. Organizaba el caos hasta encontrar una estructura. Hasta descubrir la lógica escondida. Y se mordió el labio inferior. Y a Alex se le fue la vista ahí sin querer.
—La hora tampoco encaja —dijo finalmente—. Si Bradford murió cuando dice el informe, nadie debería haber accedido después.
—Exacto.
Hannah apoyó ambas manos sobre la mesa. Y se inclinó. Y su camiseta se abrió un poco por el cuello. Y Alex apartó la vista. Rápido, con esfuerzo. Alex seguía mirando más allá de los datos. Miraba la intención. La persona detrás de los cambios. El motivo. El patrón.
—¿Sabes qué es lo raro? —preguntó de pronto.
Ella levantó apenas la cabeza.
—¿Qué?
Alex señaló los documentos.
—Todo está demasiado bien hecho.
Hannah guardó silencio. Porque entendía exactamente a qué se refería. Alex continuó.
—La mayoría de la gente que intenta encubrir algo comete errores.
Se inclinó ligeramente hacia delante. Y ahora estaban a veinte centímetros. Otra vez.
—Borra demasiado. Olvida detalles pequeños. Improvisa.
Sus dedos golpearon suavemente la mesa, cerca de los de ella.
—Aquí no.
La lluvia siguió golpeando los cristales. Constante e hipnótica.
—Aquí alguien revisó este caso una y otra vez.
—Corrigió cada detalle.
—Volvió atrás.
—Comprobó todo —sostuvo su mirada—. Hasta dejarlo limpio. Como si nunca hubiera existido. Como si nunca hubiera pasado. Como si pudieras borrar a una persona.
Un escalofrío incómodo recorrió la espalda de Hannah. Porque tenía razón. Aquello no parecía una chapuza. No parecía una manipulación improvisada. Parecía el trabajo de alguien obsesionado con eliminar cualquier imperfección, de alguien obsesionado con controlar la historia.
—Como si no intentaran ocultar solo una muerte —murmuró ella.
Alex sostuvo su mirada. Y ahí volvió a aparecer. Aquella forma extraña que tenían de llegar juntos a las mismas conclusiones. Sin explicaciones largas. Sin necesidad de justificar cada idea. Como si sus cabezas siguieran funcionando en la misma frecuencia. Como un viejo matrimonio que termina las frases del otro.