Fuego y Hielo

Capítulo 4: Parte 8

📘 FLASHBACK

🎨 EL MURO

Año 2010

Alex y Hannah tienen 15 años

Jason Smith eligió el peor momento posible para acercarse a Hannah Jones.

El paseo marítimo de North Harbour estaba lleno de ruido, turistas despistados y adolescentes obligados a participar en un proyecto municipal que ninguno había pedido.

El ayuntamiento había decidido decorar el viejo muro del embarcadero.

Según los profesores, aquello fomentaba la creatividad. Según los alumnos, era trabajo gratis.

Cubos de pintura, rodillos, brochas y manchas de colores ocupaban media explanada.

Y, en mitad de todo aquello, Hannah Jones estaba subida a una escalera pintando el cielo de un mural que todavía parecía una mala idea.

Alex la observaba desde varios metros más allá mientras pasaba un rodillo azul sobre una zona que ya era azul. No estaba pintando. Estaba mirando. Otra vez.

Y entonces apareció Jason. Con una flor arrugada.Una expresión aterrorizada. Y demasiada esperanza.

Alex supo inmediatamente que aquello iba a acabar mal. No sabía para quién. Pero mal.

—Hannah...

Ella bajó la mirada.

—¿Sí?

Jason tragó saliva.

—¿Quieres venir al baile conmigo?

El ruido del paseo pareció bajar de volumen.Varios alumnos dejaron de pintar. Otros fingieron no escuchar mientras escuchaban absolutamente todo.

Hannah parpadeó sorprendida.

—¿Al baile?

—Sí.

Jason se puso todavía más rojo.

—Conmigo.

Alex apoyó el rodillo contra el muro con más fuerza de la necesaria.

—Qué escena más emocionante.

Hannah giró la cabeza.

—Alex.

—¿Qué?

—No.

—¿No qué?

—No empieces.

Alex abrió los brazos.

—No estoy haciendo nada.

—Exacto.

—¿Y eso qué significa?

—Que todo gira a tu alrededor incluso cuando te quedas callado.

Aquello arrancó varias risas. Alex sonrió.

—Eso ha sonado más a cumplido que a insulto.

Jason decidió que su dignidad había sufrido bastante por un día.

—Bueno... ya me dirás algo.

Y salió prácticamente huyendo.

Hannah bajó de la escalera.

—Eres imposible.

—No he dicho nada.

—No hacía falta.

Alex sonrió.Y precisamente esa sonrisa hizo que Hannah quisiera empujarlo. Lo hizo. Alex respondió manchándole la muñeca de pintura amarilla. Ella cogió pintura verde. Él roja. Ella azul.

Y treinta segundos después ambos estaban completamente concentrados en una guerra que ninguno recordaba haber declarado.

El profesor apareció justo a tiempo para recibir una lluvia de pintura sobre su camisa blanca.

Silencio absoluto.

El hombre respiró profundamente. Una vez. Dos.

—Mallory... Jones...

Nadie respondió.

—Acabáis de ganaros el privilegio de terminar el mural vosotros solos.

🎨 EL CASTIGO

A las cinco de la tarde el puerto estaba casi vacío. Los turistas habían desaparecido. Los barcos se balanceaban suavemente sobre el agua. Las cuerdas golpeaban los mástiles con un ritmo lento. El aire olía a sal. Y el sol comenzaba a teñir el horizonte de naranja.

Alex pintaba en un extremo del muro. Hannah, en el otro. Seis metros de distancia. Cien metros de orgullo.

Pasaron varios minutos sin hablar. Hasta que Hannah rompió el silencio.

—Podrías haber cerrado la boca.

—Podrías haber dicho que no.

Ella giró lentamente la cabeza.

—¿Eso era?

Alex siguió pintando.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no.

—Claro.

—No todo gira a tu alrededor.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y sigue siendo verdad.

Alex suspiró. Luego habló antes de poder detenerse.

—Pues no vayas al baile con él.

Silencio.

Hannah se volvió despacio.

—¿Perdón?

Alex maldijo inmediatamente haber abierto la boca.

—Nada.

—No me des órdenes.

—No te las estoy dando.

—Pues deja de actuar como si lo hicieras.

Volvió el silencio. Pero esta vez era distinto. Menos enfadado. Más incómodo.

Porque los dos habían entendido perfectamente lo que acababa de pasar. Y ninguno quería hablar de ello.

🎨 BAJAN LAS ARMAS

Pasaron varios minutos. Alex fue el primero en rendirse.

—Te estás quedando sin azul.

—Lo sé.

Le acercó el bote.

—Gracias.

Cinco minutos después:

—Eso está torcido.

—No está torcido.

—Está torcido.

Alex observó su trabajo. Suspiró.

—Vale. Un poco.

Hannah sonrió. Y fue suficiente. Porque siempre era suficiente. Con ellos las guerras nunca terminaban con grandes reconciliaciones. Terminaban con pequeñas rendiciones. Un bote de pintura. Una sonrisa. Una frase tonta. Y de repente todo volvía a estar bien.

🎨 LOS SUEÑOS

—¿Qué quieres hacer cuando acabemos el instituto?

Alex trazó una línea sobre el muro. Hannah se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la mía.

Continuó pintando.

—No sé si quiero irme. O quedarme. O estudiar. O abrir una librería. O desaparecer una temporada. O quedarme aquí para siempre.

Alex la observó.

—Eso son muchas cosas para no saber nada.

—¿Y tú sí lo sabes?

Él sonrió con arrogancia exagerada.

—Por supuesto.

—Sorpréndeme.

Alex señaló el horizonte.

—Voy a ser asquerosamente rico.

Hannah soltó una carcajada.

—Qué sueño tan noble.

—Después me compraré un velero enorme.

—Eso pega contigo.

—Y recorreré el mundo como hizo mi abuelo.

—No durarías dos días sin que alguien te tirara por la borda.

Alex sonrió. Pero apenas la escuchó. Porque estaba demasiado ocupado observando cómo la luz del atardecer iluminaba el pelo de Hannah. Y porque, aunque todavía no lo supiera, llevaba años enamorado de ella.

🎶 NORTH HARBOUR

La música llegó desde uno de los bares del paseo. Una guitarra. Luego una voz. Y después una canción que ambos reconocieron inmediatamente.




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