📘 FLASHBACK
🎨 EL MURO
Año 2010 – 15 años
Jason Smith eligió el peor momento posible para acercarse a Hannah Jones.
El paseo marítimo de North Harbour estaba lleno de ruido, turistas despistados y adolescentes obligados a participar en un proyecto municipal que ninguno había pedido. Un sábado de junio que prometía ser el más aburrido.
El ayuntamiento había decidido decorar el viejo muro del embarcadero. Según los profesores, aquello fomentaba la creatividad. Según los alumnos, era trabajo gratis.
Cubos de pintura, rodillos, brochas y manchas de colores ocupaban media explanada.
Y, en mitad de todo aquello, Hannah Jones estaba subida a una escalera pintando el cielo de un mural que todavía parecía una mala idea. Con una coleta alta, una camiseta enorme de su padre manchada de azul y concentrada como si estuviera pintando la Capilla Sixtina.
Alex la observaba desde varios metros más allá mientras pasaba un rodillo azul sobre una zona que ya era azul. No estaba pintando. Estaba mirándola. Otra vez.
Y entonces apareció Jason, con una flor arrugada, una expresión aterrorizada y demasiada esperanza.
Alex supo inmediatamente que aquello iba a acabar mal. No sabía para quién. Pero mal.
—Hannah...
Ella bajó la mirada.
—¿Sí?
Jason tragó saliva. Le temblaba la mano con la que sujetaba la flor.
—¿Quieres venir al baile conmigo?
El ruido del paseo pareció bajar de volumen. Varios alumnos dejaron de pintar. Otros fingieron no escuchar mientras escuchaban absolutamente todo.
Hannah parpadeó sorprendida.
—¿Al baile?
—Sí —Jason se puso todavía más rojo—. Conmigo.
Alex apoyó el rodillo contra el muro con más fuerza de la necesaria.
—Qué escena más emocionante. Casi lloro de la emoción.
Hannah giró la cabeza, fulminándolo.
—Alex.
—¿Qué?
—No.
—¿No qué?
—No empieces.
Alex abrió los brazos. Todo manchado, todo indignado.
—No estoy haciendo nada.
—Exacto.
—¿Y eso qué significa?
—Que todo gira a tu alrededor incluso cuando te quedas callado. Y que eres un bocazas.
Aquello arrancó varias risas. Alex sonrió. Esa sonrisa torcida que le sale cuando Hannah le regaña y que a ella le da más rabia todavía.
—Eso ha sonado más a cumplido que a insulto.
Jason decidió que su dignidad había sufrido bastante por un día.
—Bueno... ya me dirás algo —y salió prácticamente huyendo.
Hannah bajó de la escalera de un salto.
—Eres imposible.
—No he dicho nada.
—No hacía falta. Siempre haces lo mismo.
Alex sonrió. Y precisamente esa sonrisa hizo que Hannah quisiera empujarlo. Lo hizo. Alex respondió manchándole la muñeca de pintura amarilla. Ella cogió pintura azul; él, pintura roja.
El profesor apareció justo a tiempo para recibir una lluvia de pintura sobre su camisa blanca.
Silencio absoluto.
El hombre respiró profundamente. Una vez. Dos.
—Mallory... Jones...
Nadie respondió. Hannah intentó esconderse detrás de Alex, que era más alto.
—Acabáis de ganaros el privilegio de terminar el mural vosotros solos.
🎨 EL CASTIGO
A las cinco de la tarde el puerto estaba casi vacío. Los turistas habían desaparecido. Los barcos se balanceaban suavemente sobre el agua. Las cuerdas golpeaban los mástiles con un ritmo lento. El aire olía a sal. Y el sol comenzaba a teñir el horizonte de naranja. Era la hora más bonita de North Harbour.
Alex pintaba en un extremo del muro. Hannah, en el otro. Seis metros de distancia. Cien metros de orgullo. Y dos corazones adolescentes latiendo muy fuerte sin entender por qué.
Pasaron varios minutos sin hablar. Hasta que Hannah rompió el silencio.
—Podrías haber cerrado la boca.
—Podrías haber dicho que no a Jason.
Ella giró lentamente la cabeza.
—¿Eso era? ¿Te molesta que me inviten al baile?
Alex siguió pintando. Mirando fijo el muro para no mirarla a ella.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
—Claro.
—No todo gira a tu alrededor.
—Eso ya me lo has dicho.
—Y sigue siendo verdad.
Alex suspiró. Luego habló antes de poder detenerse.
—Pues no vayas al baile con él.
Silencio.
Hannah se volvió despacio con el corazón dándole un vuelco que no supo explicar.
—¿Perdón?
Alex maldijo inmediatamente haber abierto la boca. Se puso rojo hasta las orejas.
—Nada. Olvídalo.
—No me des órdenes.
—No te las estoy dando. Te estoy... diciendo que es un muermo. Que baila fatal.
—Pues deja de actuar como si lo hicieras, como si fueras mi novio o algo así.
Volvió el silencio. Pero esta vez era distinto. Menos enfadado. Más incómodo. Más nervioso. Como cuando dices algo que suena a verdad sin querer.
Porque los dos habían entendido perfectamente lo que acababa de pasar. Y ninguno quería hablar de ello.
🎨 BAJAN LAS ARMAS
Pasaron varios minutos. Alex fue el primero en rendirse, como siempre.
—Te estás quedando sin azul.
—Lo sé.
Le acercó el bote, sin mirarla, empujándolo con el pie.
—Gracias.
Cinco minutos después:
—Eso está torcido.
—No está torcido.
—Está torcido.
Alex observó su trabajo. Suspiró.
—Vale. Un poco. Tienes razón. Una vez cada diez años.
Hannah sonrió. Y fue suficiente. Porque siempre era suficiente. Con ellos las guerras nunca terminaban con grandes reconciliaciones. Terminaban con pequeñas rendiciones. Un bote de pintura. Una sonrisa. Una frase tonta. Y de repente todo volvía a estar bien.
🎨 LOS SUEÑOS
—¿Qué quieres hacer cuando acabemos el instituto?
Alex trazó una línea sobre el muro. Hannah se encogió de hombros. Sentándose en el suelo, abrazándose las rodillas.
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la mía —continuó pintando—. No sé si quiero irme. O quedarme. O estudiar. O abrir una librería. O desaparecer una temporada. O quedarme aquí para siempre. O todo a la vez.