Fuego y Hielo

Capítulo Especial

🔥❄️ La noche que lo supimos

Año 2010
Alex y Hannah, 15 años

La feria del pueblo siempre olía igual en verano. Olía a azúcar quemado, sal del puerto, humo de parrillas improvisadas y el calor pegajoso de cientos de personas apretadas bajo las luces de colores que cruzaban la paseo de lado a lado.
North Harbour parecía distinto durante las fiestas más ruidoso y más vivo.
La música salía distorsionada de unos altavoces demasiado viejos, los niños corrían entre las mesas de plástico y los adolescentes ocupaban las esquinas como si el pueblo entero les perteneciera por una noche.
Alex Mallory estaba sentado sobre la barandilla del paseo, golpeando distraídamente una chapa contra el metal mientras observaba el caos con una sonrisa torcida.
Tenía el pelo castaño cayéndole sobre la frente, las piernas largas estiradas y esa expresión permanente de chico a punto de hacer algo que probablemente no debería.
A unos metros, Hannah Jones revisaba una lista de números junto al puesto de rifas solidarias. Estaba concentrada demasiado seria para una verbena.
Alex resopló.
-Sabes que nadie normal trae una libreta a una fiesta, ¿no?
Hannah levantó la vista apenas un segundo.
-Y nadie normal lleva veinte minutos sentado sin hacer nada solo para parecer interesante.
-No estoy haciendo nada porque ya soy interesante.
-Eso explica muchas cosas.
Alex soltó una pequeña risa y saltó de la barandilla.
A los quince años, ellos ya funcionaban así: provocación, respuesta, competición constante.
Fuego y Hielo.
El apodo había empezado como una broma entre los vecinos, pero llevaba tanto tiempo persiguiéndolos que casi parecía oficial. Todos pensaban que tarde o temprano acabarían juntos... Si no se mataban antes entre sí.
Alex entraba en los sitios como si el mundo le debiera espacio y Hannah observaba como si el mundo estuviera lleno de errores esperando a ser detectados.
-¿Qué haces exactamente? -preguntó Alex acercándose a la mesa.
-Contar.
-Qué emocionante.
-Más que verte existir, desde luego.
Él apoyó ambas manos sobre la mesa y miró la caja metálica donde iban guardando la recaudación solidaria de la noche.
-¿Cuánto lleváis?
-Mucho.
-Eso no es un número.
-Y tú no eres de fiar con información sensible.
Alex sonrió con descaro.
-Me ofende que pienses eso de mí.
-No lo suficiente.
La señora Maddison apareció entonces detrás del puesto con varias bolsas llenas de tickets.
-Hannah, guarda esto también en la caja.
-Claro.
Alex vio cómo Hannah abría la caja metálica, colocaba los sobres dentro y volvía a cerrarla con rapidez.
-¿Y ya está? -preguntó él-. ¿La seguridad del pueblo depende de una caja vieja y una niña con mala leche?
Hannah cerró la tapa de golpe.
-Depende de que tú no la toques.
-Eso ha sonado personal.
-Porque lo era.
La música subió de volumen desde la plaza principal. Alguien gritó que empezaba el concurso de baile y media verbena se movió hacia el escenario.
En apenas unos minutos, el puesto quedó medio vacío. Y ahí fue donde todo se torció.
La señora Maddison regresó primero. Después miró la mesa. Luego volvió a mirar y palideció.
-¿Dónde está la caja?
Hannah levantó la cabeza de inmediato.
-¿Qué?
-La caja.
El hueco vacío sobre la mesa parecía ridículamente pequeño para el silencio que provocó alrededor.
Alex dejó de sonreír.
-Hace dos minutos estaba ahí.
-No puede desaparecer sola -dijo Hannah.
La señora Maddison empezó a mirar debajo de la mesa, nerviosa.
-No, no, no... no puede...
El alcalde apareció enseguida, seguido por varios adultos hablando todos a la vez.
Confusión. Órdenes inútiles. Nadie escuchando a nadie. Exactamente el tipo de caos que Hannah no soportaba.
-¿Quién estaba aquí? -preguntó ella.
-Todo el mundo -contestó la señora Maddison, alterada.
Alex ya estaba mirando alrededor de la plaza: las entradas, las salidas, las calles laterales, el movimiento de la gente.
-Alguien se lo llevó por detrás -dijo.
-¿Cómo lo sabes? -preguntó Hannah.
Alex señaló una esquina del mantel desplazado.
-La arrastraron. Y con bastante prisa.
Hannah se agachó inmediatamente. Sus ojos recorrieron el suelo. Había marcas, polvo levantado y un roce reciente.
-Tienes razón.
Alex sonrió apenas.
-Guárdame este momento. No ocurre mucho.
-No te acostumbres.
El alcalde seguía hablando demasiado alto.
-Nadie sale de la plaza hasta que aparezca la caja.
-Eso no sirve de nada -murmuró Hannah.
-¿Tienes un plan mejor? -preguntó Alex.
Ella levantó la vista hacia él.
-Sí.
Y esa única palabra bastó para que ambos empezaran a moverse. Al principio no colaboraron, compitieron.
Alex recorrió la verbena preguntando demasiado rápido y metiéndose donde no debía. Saltó una valla para entrar en la parte trasera de los puestos, revisó almacenes y empezó a leer caras con esa intuición impulsiva que siempre parecía meterlo en problemas.
Hannah hizo exactamente lo contrario. Reconstruyó horarios. Preguntó quién había estado cerca de la mesa. Anotó contradicciones y memorizó movimientos.
Y ambos llegaron a conclusiones distintas.
Alex sospechó de Fynn Graham casi enseguida. El hombre del puesto de bebidas estaba nervioso, evitaba mirar directamente y había desaparecido unos minutos justo antes del robo.
-Es él -dijo Alex.
-No -contestó Hannah inmediatamente.
-¿Y eso cómo lo sabes?
-Porque es demasiado evidente.
-Eso no significa que sea inocente.
-Y que tú tengas una corazonada no significa que tengas razón.
Alex chasqueó la lengua.
-Tú piensas tanto las cosas que cuando reaccionas ya ha terminado todo.
-Y tú te lanzas tan rápido que ni siquiera sabes a qué estás corriendo.
La discusión terminó cuando Fynn apareció desde el lateral del almacén. Sudando, tenso y con las manos temblándole.
Alex dio un paso al frente.
-¿Dónde estabas?
-Trabajando.
-¿Solo?
Hannah vio el gesto inmediatamente. La mandíbula apretada, la respiración irregular. Mentía. Y aun así...
-No ha sido él -dijo.
Alex la miró incrédulo.
-¿Ahora también lees mentes?
-No. Leo a las personas.
-Pues estás leyendo fatal. Se te da fatal. -dijo con doble intención.
Por primera vez aquella noche, Hannah dudó un segundo. Solo uno. Porque algo no encajaba. Fynn Graham ocultaba algo. Pero no parecía un ladrón.
Y mientras ella intentaba ordenar las piezas, Alex tomó una decisión impulsiva y se coló en el almacén trasero sin esperar permiso.
-¡Alex! -espetó Hannah siguiéndolo.
-Luego me das las gracias.
-Eso jamás ocurrirá.
El almacén olía a humedad y madera vieja. Había cajas apiladas, herramientas y restos de decoración de fiestas anteriores.
Alex empezó a revisar demasiado deprisa. Hannah demasiado despacio. Hasta que ambos encontraron cosas distintas al mismo tiempo.
Alex vio barro reciente junto a una puerta trasera y Hannah encontró un recibo arrugado bajo una estantería.
-Espera -dijeron los dos a la vez.
Luego se miraron y fue la primera vez en toda la noche que dejaron de intentar ganar.
Alex se acercó al recibo.
-¿Qué pone?
-Un pago aplazado.
-¿De quién?
Hannah leyó el nombre en voz baja y frunció el ceño. Era alguien conocido del pueblo. Alguien relacionado con suministros y materiales. Alguien que llevaba meses con problemas económicos.
Alex señaló el barro.
-Y alguien salió por aquí hace menos de una hora.
Hannah conectó ambas cosas antes que él. No era un robo planeado. Era un acto desesperado.
Entonces escucharon voces fuera. Y, antes de que pudieran salir, la puerta del almacén se cerró de golpe.
Alex soltó un bufido.
-Perfecto.
Hannah cruzó los brazos.
-Esto te pasa por entrar sin pensar.
-Y tú entraste detrás de mí.
-Para evitar que murieras haciendo estupideces.
Alex intentó abrir la puerta. Estaba atascada. Durante unos segundos quedaron encerrados en silencio, iluminados apenas por la luz amarillenta que se colaba desde una ventana alta.
Y entonces ocurrió algo. Algo que ninguno de los dos mencionaría después.
Hannah observó a Alex intentar forzar la cerradura otra vez y entendió de pronto que no estaba fingiendo seguridad. Estaba preocupado de verdad: por el dinero, por el pueblo, por la gente...
Y Alex, al girarse, vio a Hannah repasando mentalmente posibilidades incluso bajo presión, manteniendo la calma mientras él ya estaba pensando en romper una ventana. Eran muy distintos. Muchísimo.
Pero útiles de una forma extraña cuando estaban juntos. Se complementaban a la perfección.
-Aparta -dijo Hannah de pronto.
Alex arqueó una ceja y ella señaló una barra oxidada junto al marco.
-La puerta no está cerrada. Está atrancada por dentro.
Alex la miró un segundo y sonrió.
-Eso ha sido sexy.
-Cállate.
Entre ambos lograron abrir la puerta. Y justo al salir se encontraron con un hombre alto observándolos desde el callejón.
Tenía cabello oscuro, la camisa remangada y una mirada tranquila. Se llamaba Eliah Bradford. Todavía no tenía canas suficientes para aparentar la edad que imponía cuando miraba a alguien. Era inspector de la policía.
-Entrar en almacenes privados suele requerir permiso -dijo con calma.
Alex se encogió de hombros.
-Entonces nadie nos dio tiempo a hacerlo.
Bradford desvió la mirada hacia Hannah.
-¿Y tú también acostumbras a delinquir o solo lo supervisas?
-Intento reducir daños.
Eso le arrancó una pequeña sonrisa. Bradford escuchó el resumen del caso sin interrumpirlos. Ni una sola vez los trató como niños. Eso fue lo primero que notó Hannah. Lo segundo fue que Alex también se había dado cuenta.
Cuando terminaron, Bradford extendió la mano hacia el recibo. Lo leyó una vez y otra vez. Y algo cambió apenas en su expresión. No había sorpresa, sino reconocimiento. Como si aquella pequeña historia encajara dentro de algo mucho más grande.
-¿Dónde encontrasteis esto?
-Dentro -respondió Hannah.
Bradford asintió lentamente.
-Bien visto.
Alex señaló el barro.
-Alguien salió por aquí cargando peso.
-Y alguien dejó un rastro porque iba demasiado deprisa -añadió Hannah.
Bradford los observó unos segundos. A los dos. No por separado. Como si estuviera viendo algo que ellos todavía no entendían.
Entonces Fynn Graham apareció al fondo del callejón. Y al verlo, se detuvo en seco. Ahí se rompió todo. No hubo dramatismo, ni violencia. Solo cansancio.
El hombre se derrumbó casi antes de hablar. Debía dinero. Pensaba devolver la caja antes del final de la fiesta. Alguien le había prometido ayuda económica y luego lo dejó tirado. No había querido robar. Solo ganar tiempo. La frase no sonó a excusa. Sonó a derrota.
Alex bajó la vista un segundo. Hannah notó algo peor: culpa. Porque ambos habían fallado. Alex por precipitarse y ella por negarse a creerlo. Separados habían visto media verdad. Juntos empezaban a entenderla completa.
La hija pequeña de Fynn apareció entonces detrás de él y le agarró la mano con fuerza. Y ahí fue cuando algo cambió de verdad. Porque el caso dejó de ser un juego. Ya no importaba ganar la discusión. Ni tener razón. Ni demostrar quién era más listo. Importaba ayudar y evitar que alguien terminara destrozado.
Por primera vez los dos sintieron algo muy difícil de explicar: que encontrar respuestas podía proteger a las personas.
Bradford debió notarlo. Porque cuando todo terminó y los agentes recuperaron la caja escondida tras unos sacos del almacén, se acercó otra vez a ellos.
La feria seguía viva detrás. La música, las luces y las risas lejanas. Pero el silencio entre Alex y Hannah era distinto ahora. Como si ambos acabaran de descubrir algo importante sobre sí mismos.
-¿Sabéis qué habéis hecho bien esta noche? -preguntó Bradford.
Alex soltó media sonrisa.
-¿Sobrevivir?
-No exactamente.
Bradford miró primero a Hannah.
-Tú ves detalles que otros ignoran.
Luego miró a Alex.
-Y tú entras donde nadie se atreve.
Después volvió a mirarlos juntos.
-Por separado os equivocáis rápido.
Alex abrió la boca para protestar, pero Bradford alzó una mano.
-Juntos os obligáis a mirar otra vez.
Hannah notó algo raro en el pecho y Alex también. No era orgullo exactamente. Era algo más profundo. La sensación inesperada de haber encajado en un sitio que no sabían que existía.
Bradford sonrió apenas.
-Si no os matáis antes... acabaréis llevando placa los dos.
Ninguno respondió. Porque, por primera vez en toda la noche, no encontraron nada con lo que discutir.
Caminaron juntos de vuelta a casa mientras la feria seguía sonando a lo lejos. Y, naturalmente, volvieron a discutir antes de llegar al final de la calle.
-Sigues sacando conclusiones demasiado rápido -dijo Hannah.
-Y tú sigues pensando demasiado antes de actuar.
-Porque alguien tiene que hacerlo.
Alex sonrió de lado.
-Te habría ido fatal esta noche sin mí.
-Eso es objetivamente falso.
-Pero un poco verdad.
Hannah puso los ojos en blanco. Sin embargo, esta vez la sonrisa terminó escapándosele igual.
Cuando llegaron a la calle donde vivían, ambos redujeron el paso casi al mismo tiempo. Sus casas estaban una frente a la otra, separadas apenas por la carretera estrecha del barrio viejo y la luz amarillenta de la farola de siempre. Durante unos segundos ninguno entró.
El aire seguía caliente. La música aún llegaba desde el puerto. Y la noche parecía demasiado viva para terminar tan pronto.
Alex miró a Hannah de reojo. El pelo castaño oscuro moviéndose con el viento cálido, la seguridad irritante con la que hablaba incluso cuando dudaba, la manera en que veía cosas que nadie más veía. Y pensó, muy a su pesar, que pasar tiempo con ella le gustaba más de lo que admitiría jamás.
Hannah también lo miró un instante. Llevaba el flequillo despeinado, la sonrisa arrogante, la energía imposible de apagar. Seguía sacándola de quicio. Pero ya no quería dejar de discutir con él. Le gustaba discutir con él, aunque no lo admitiría jamás.
-Buenas noches, Jones.
-Buenas noches, Mallory.
Y mientras cada uno subía los escalones de su casa, ambos tuvieron exactamente el mismo pensamiento incómodo: que quizá la mejor parte de la noche no había sido resolver el caso. Había sido hacerlo juntos.




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