El dojo
A primera hora de la mañana, el dojo todavía respiraba silencio.
La luz entraba por los ventanales altos en franjas suaves, dorando el tatami gastado, la madera clara de las paredes y el espacio entre ambas cosas. No había casi nadie. Solo el eco apagado de unos golpes lejanos, la respiración medida de alguien entrenando al fondo y el roce ocasional de unas telas moviéndose con calma.
Hannah se detuvo en la entrada al verlo.
Alex estaba solo en el tatami central, sin camiseta, los hombros brillando aún por el sudor, concentrado en una secuencia de movimientos que conocía demasiado bien para no reconocerla al instante. No había prisa en él. Tampoco exhibición. Era algo peor, o quizá mejor: una naturalidad que la dejó inmóvil un segundo más de la cuenta.
Tobías estaba cerca, echado junto a una de las columnas, vigilándolo con esa atención tranquila que solo tenían los perros que sabían exactamente dónde pertenecían.
Hannah se quedó quieta. Completamente quieta. Porque verlo así la descolocó.
No fue solo una cuestión de atractivo. Ni siquiera fue lo primero que sintió. Fue reconocimiento. Como si una parte de ella hubiera identificado algo antes de que su cabeza pudiera reaccionar.
Recordó al Alex de antes. Al adolescente impulsivo que siempre parecía moverse medio segundo antes de pensar. Al chico que entraba en todas partes como si el mundo le debiera espacio. Al muchacho que la hacía reír, enfadarse y perder la paciencia en proporciones exactamente iguales.
Y después miró al hombre que tenía delante. Espalda ancha. Movimientos precisos. Fuerza contenida. Disciplina. Control.
Cada desplazamiento parecía medido. Cada respiración tenía un propósito. Cada pausa estaba exactamente donde debía estar.
No era solo que hubiese crecido. Era que había aprendido a sostenerse. Y aquello resultaba peligrosamente atractivo.
Hannah llevaba años creyendo dormida aquella parte de sí misma. La parte que reaccionaba demasiado rápido a Alex Mallory. La parte que se tensaba cuando él estaba demasiado cerca. La parte que había intentado enterrar bajo nueve años de distancia, trabajo y responsabilidades.
Pero entonces él giró sobre sí mismo. El torso desnudo. El pelo todavía húmedo. La concentración dibujada en el rostro.
Y todo regresó de golpe. La admiración, el calor, la curiosidad. Aquella sensación incómoda de querer seguir mirando. Como si su cuerpo hubiera reconocido algo que nunca llegó a olvidar.
Sus ojos descendieron apenas un instante. Los hombros, los brazos, las manos. La forma en que se movía. Y tuvo que obligarse a levantar la vista otra vez.
Aquello era ridículo. Absolutamente ridículo.
«Perfecto, Hannah», se reprendió en silencio.
«Muy profesional.»
«Nueve años fuera para acabar comiéndote con los ojos a tu subinspector en mitad de un dojo.»
Sintió calor subirle por el cuello.Y eso solo consiguió enfadarla más consigo misma.
Tobías levantó la cabeza justo entonces. La miró. Movió una oreja. Y ladró una sola vez. Seco. Como si acabara de señalarla.
Hannah dio un pequeño respingo y apartó la vista con una dignidad que solo existía en su imaginación.
Alex no se giró de inmediato. Eso fue lo peor. Porque comprendió, con una claridad incómoda, que él ya sabía que estaba allí.
No lo había dicho. No había hecho el menor gesto para delatarlo. Pero lo sabía.
Y en lugar de detenerse o apresurarse, siguió con la secuencia con una calma deliberada.Como si le estuviera dejando tiempo para recomponerse. O quizá para seguir mirando.
Terminó el último movimiento. Bajó la guardia. Giró apenas la cabeza.Y la encontró exactamente donde estaba.
Su expresión apenas cambió. Pero en sus ojos apareció algo pequeño y luminoso.
Algo que Hannah solo vio porque lo conocía demasiado bien.
—Buenos días.
Como si no acabara de desmontarla por dentro.
—Buenos días.
La respuesta le salió demasiado seca. Alex esbozó una media sonrisa. Luego caminó hacia un lateral del tatami, recogió la toalla, se secó el cuello despacio y empezó a ponerse el kimono con una tranquilidad sospechosamente lenta.
Hannah supo entonces que, efectivamente, le había estado dejando mirar. Y eso la irritó de una forma extrañamente dulce.
Se obligó a moverse. Se descalzó. Dejó la bolsa junto a la pared. Y cruzó el espacio hasta él con la máscara profesional ya de nuevo en su sitio.
Llevaba ropa deportiva, lista para la clase de defensa personal que impartiría después. Pero todavía no había alumnas. Todavía no había ruido. Todavía no había excusas. Solo estaban ellos. Solo aquel silencio extraño que no sabía si los estaba acercando o a punto de romperlos.
—Has llegado temprano —comentó Alex.
—Tú también.
—Vivo aquí cerca.
Ella alzó una ceja.
—En tu velero, quieres decir.
Alex se encogió apenas de hombros.
—Vivo en él desde que salí de la Academia. No me veía viviendo en un piso cualquiera.
Hannah lo observó un momento. Intentando no pensar demasiado en cómo sonaba aquello. Como una decisión. Como una renuncia. Como una forma de echar raíces sin admitir que las estaba echando.
—¿Y qué tal te va?
Alex tardó un instante en responder.
—Bien.
Ella esperó. Él la conocía demasiado bien para dejar pasar aquella respuesta. Suspiró.
—No del todo. Pero bien.
Hannah asintió despacio. Había cansancio allí. Algo más profundo que el simple agotamiento físico.
Y decidió cambiar de dirección.
—¿Y eres feliz?
Alex la miró con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Como si nadie le hubiera hecho esa pregunta en años.
—¿Tú lo eres?
Ella sostuvo la mirada.
—He preguntado primero.
Una sonrisa breve apareció en su boca. Y a Hannah se le encogió algo dentro con una facilidad ridícula. Porque seguía siendo la sonrisa más bonita que había visto nunca. Y porque odiaba que siguiera teniendo ese efecto en ella.