Fuego y Hielo

Capítulo 5: Parte 1

El dojo

A primera hora de la mañana, el dojo todavía respiraba silencio.
La luz entraba por los ventanales altos en franjas suaves, dorando el tatami gastado, la madera clara de las paredes y el espacio entre ambas cosas. No había casi nadie. Solo el eco apagado de unos golpes lejanos, la respiración medida de alguien entrenando al fondo y el roce ocasional de unas telas moviéndose con calma.
Hannah se detuvo en la entrada al verlo.
Alex estaba solo en el tatami central, sin camiseta, los hombros brillando aún por el sudor, concentrado en una secuencia de movimientos que conocía demasiado bien para no reconocer la facilidad con la que la hacía. No había prisa en él. Tampoco exhibición. Era algo peor, o quizá mejor: una naturalidad que la dejó inmóvil un segundo más de la cuenta.
Tobías estaba cerca, echado junto a una de las columnas, vigilándolo con esa atención tranquila que solo tenían los perros que sabían exactamente dónde pertenecían.
Hannah se quedó quieta, completamente paralizada. Porque verlo así la descolocó.
No fue solo una simple atracción. Fue algo más incómodo, más íntimo, como si su cuerpo hubiera reconocido antes que su cabeza al hombre en el que se había convertido. Recordó de golpe al Alex de antes: el chico impulsivo, rápido, más bravucón que sereno, más torpe que dueño de sí mismo. Y luego lo comparó con lo que tenía delante: espalda ancha, movimientos controlados, fuerza contenida, disciplina en cada giro, en cada respiración, en cada pausa exacta entre una técnica y la siguiente. No era solo que hubiese crecido. Era que había aprendido a sostenerse.
Hannah llevaba años creyendo dormida aquella parte de sí misma. La parte que reaccionaba demasiado rápido a Alex Mallory. La parte que se tensaba al verlo demasiado cerca, demasiado real. Pero entonces él se giró, con el torso desnudo y el pelo todavía húmedo, y todo volvió de golpe. La admiración, el calor, esa peligrosa sensación de querer acercarse más. Como si su cuerpo hubiera reconocido algo que nunca llegó a olvidar.
Hannah sintió una especie de calor absurdo subirle por el cuello, como si acabaran de pillarla haciendo algo indecente.
«Perfecto, Hannah», se reprendió en silencio. «Muy profesional. Magnífico. Nueve años fuera para acabar comiéndote con los ojos a tu subinspector en mitad de un dojo.»
Tobías levantó la cabeza justo entonces y la miró. Movió una oreja y ladró una sola vez, seco, como si acabara de señalarla.
Hannah dio un pequeño respingo y apartó la vista con una dignidad que solo existía en su imaginación.
Alex no se giró de inmediato. Eso fue lo peor. Porque comprendió, con una claridad incómoda, que él ya sabía que estaba allí. No lo había dicho, no había hecho el menor gesto para delatarlo, pero lo sabía. Y en lugar de detenerse o apurarse, siguió con el movimiento con una calma deliberada, como si le estuviera dejando tiempo para mirar. Para recomponerse, para fingir o, quizás, para seguir mirándolo un poco más.
Se tomó su tiempo para terminar la secuencia. Luego bajó la guardia, giró apenas la cabeza y la encontró exactamente donde estaba.
Su expresión no cambió mucho, pero en sus ojos hubo algo pequeño y luminoso, algo que ella solo vio porque lo conocía demasiado bien para no verlo.
-Buenos días -dijo él, como si no acabara de desmontarla por dentro.
-Buenos días -respondió Hannah, demasiado seca para ser casual.
Alex soltó una especie de medio gesto, casi una sonrisa. Luego fue hacia un lateral del tatami, recogió la toalla, se secó el cuello despacio y empezó a ponerse el kimono con una tranquilidad que parecía ensayada mente lenta.
Hannah supo entonces que, efectivamente, le había estado dejando mirar. Y eso la irritó de una forma extrañamente dulce.
Se obligó a moverse. Se descalzó, dejó su bolsa junto a la pared y cruzó el espacio hasta él con la máscara profesional ya de nuevo en su sitio. Llevaba ropa deportiva, lista para la clase de defensa personal que impartiría después, pero todavía no había alumnos. Todavía no había ruido. Todavía no había excusas.
Solo estaban ellos. Solo un silencio raro que no sabía si los estaba acercando o a punto de romperlos.
-Has llegado temprano -comentó Alex.
-Tú también.
-Vivo aquí cerca.
Ella alzó una ceja.
-En tu velero, quieres decir.
Alex se encogió apenas de hombros.
-Vivo en él desde que salí de la Academia. No me veía viviendo en un piso cualquiera.
Hannah lo miró con atención, intentando no pensar demasiado en cómo sonaba aquello. Como una decisión. Como una renuncia. Como una manera de echar raíces sin echar raíces.
-¿Y qué tal te va? -preguntó, acomodándose finalmente al borde del tatami.
Alex tardó un instante en contestar.
-Bien.
Ella esperó. Él la conocía demasiado bien para dejarle pasar esa respuesta. Suspiró, bajando la vista un momento, y cuando volvió a levantarla ya no había broma en su gesto.
-No del todo. Pero bien.
Hannah asintió despacio. Había algo en su voz que no estaba allí por costumbre. Algo más pesado. Más cansado. Notó que la conversación podía desviarse hacia cualquier lado, así que se permitió una pregunta más simple.
-¿Y eres feliz?
Alex la miró con una mezcla de sorpresa y cansancio, como si nadie le hiciera esa pregunta desde hacía demasiado tiempo.
-¿Tú lo eres?
Ella sostuvo su mirada.
-He preguntado primero.
Un atisbo de sonrisa le cruzó la boca. De esas sonrisas suyas, breves pero imposibles de ignorar. A Hannah se le encogió algo dentro con una facilidad ridícula. Porque la sonrisa de Alex seguía siendo peligrosa. Y no había dejado de ser bonita. La sonrisa más bonita que había visto nunca.
-No sé si feliz es la palabra -dijo él al final-. Últimamente he estado... ocupado.
Hannah no preguntó con qué. No hacía falta.
Lo que habían encontrado en el caso aquella mañana seguía esperándolos, como una verdad mal enterrada que se negaba a quedarse quieta. Bradford. Los archivos. La conspiración. El hilo oculto bajo un protocolo cuidadosamente manipulado.
Alex apoyó una mano en la nuca, con un gesto más cansado que defensivo.
-Yo fui una de las últimas personas con las que habló Bradford antes de... antes de que muriera.
Hannah bajó un poco la mirada. Había oído el dolor en ese "antes de que muriera". Había también algo más, algo que él apenas estaba empezando a dejar salir.
-¿Hablasteis sobre el caso? -preguntó ella.
Él negó despacio.
-No exactamente.
Se quedó callado un segundo. Luego habló con la misma voz baja, controlada, de alguien que llevaba demasiado tiempo sujetando una culpa en las manos.
-Me llamó él. Le contesté tarde. Cuando le devolví la llamada, ya estaba metido en algo que no entendí del todo. Si hubiera ido antes... -dejó la frase a medias, como si terminarla le resultara más difícil que dejarla respirar-. Si hubiera ido antes, quizá ahora seguiría vivo.
Hannah lo observó en silencio. No dramatizaba. No buscaba compasión. Ni siquiera parecía pedir absolución. Eso era precisamente lo que lo volvía insoportable. La manera en que cargaba con aquello como si fuera un hecho objetivo, algo que simplemente le correspondía llevar. Y la única persona que se lo veía hacer, por fin, estaba frente a él.
Alex añadió, casi como si le costara un esfuerzo físico:
-Bradford me creyó. Muchas veces. Más de las que merecía. Fue el primer inspector que dejó de tratarme como el crío con mala fama de North Harbour y empezó a hablarme como si pudiera llegar a ser algo más.
La frase le salió con una honestidad tan desnuda que Hannah sintió un golpe en el pecho.
-Fue tu mentor -dijo ella.
-Sí.
-Y te importaba.
Alex soltó una risa breve, sin humor.
-Eso también.
Hubo un silencio. No incómodo esta vez. Solo más denso.
Hannah lo miró un momento más y entonces, casi por impulso, casi por necesidad de hacer algo con la ternura que le estaba empezando a subir a la garganta, se inclinó hacia él y le corrigió la postura del brazo. Un toque breve en el hombro, otro en el antebrazo. Pequeños gestos automáticos, exactos, como si nunca hubieran dejado de pertenecer a una rutina compartida.
Alex se dejó hacer sin discutir. Sin competir y sin apartarse. La facilidad con la que aceptó el contacto le aflojó algo a Hannah por dentro. También a él. Cuando se enderezó, levantó la vista y por un segundo sus ojos verdes brillaron con una suavidad que la desarmó. Sonrió de verdad.
No una media sonrisa irónica. No una máscara. Una sonrisa limpia, abierta, preciosa. Le brillaron los ojos al hacerlo, y a Hannah le vino de golpe la certeza dolorosa de cuánto la había echado de menos.
Se le escapó a ella, casi sin querer, una sonrisa pequeña, inevitable, como si le hubiese contagiado la suya.
Alex la notó y algo en su expresión se suavizó todavía más.
-¿Por qué aceptaste el puesto? -preguntó él al cabo de un momento.
Hannah sabía a qué se refería. No al puesto en sí. A volver. A North Harbour. A ese lugar que ambos habían intentado abandonar de maneras distintas.
Respiró despacio. No podía decirle lo de Connor. No todavía. No ahora, no con esa mirada, no con esa calma frágil entre los dos. Así que eligió la verdad más segura.
-Era hora de volver a casa -dijo.
Alex la sostuvo la mirada como si quisiera decidir cuánto había detrás de esa frase. No preguntó más. Pero hubo algo en su cara, una chispa mínima de comprensión, como si aquella respuesta le hubiera llegado más hondo de lo que ella pretendía. Quizá porque él también estaba hecho de renuncias. Quizá porque sabía reconocer una despedida disfrazada de regreso.
El silencio que siguió ya no pesó igual. Hannah se quedó cerca y Alex también. Y por primera vez desde que ella había vuelto al pueblo, ninguno de los dos pareció dispuesto a salir corriendo de la misma habitación.
-Connor está bien -dijo Hannah al fin, casi por inercia, como si el nombre hubiera salido solo.
Alex levantó la mirada. El simple hecho de oírlo decir parecía tranquilizarle algo.
-Sí. Bastante bien -respondió él, y después, con una naturalidad que la conmovió más de lo debido-. Es listísimo. Y curioso. Me recuerda demasiado a ti. Se parece mucho a tí.
Hannah sintió que se le cerraba la garganta. Porque aquello era justo lo peligroso. Alex hablando de Connor así. Con cariño, con sencillez. Como si ya formara parte de su mundo de una manera que nadie le había pedido y que él había aceptado sin darse cuenta.
Ella lo miró, una vez más, y sintió el impulso absurdo, feroz, de decirlo todo. De sentarse allí mismo y abrir la boca y contarle quién era Connor. De romper de una vez aquella pared que llevaba nueve años sosteniendo con las manos desnudas.
Y por un segundo, de verdad, pareció que iba a hacerlo.
Lo vio en su propia respiración. En la forma en que se quedó quieta. En el modo en que sus dedos se apretaron sobre sus propias rodillas. En la manera en que lo miró como si ya estuviera eligiendo las palabras.
Alex la observó con una atención nueva, más lenta y más tierna. Y quizá por eso fue todavía peor.
Hannah inspiró. Abrió apenas la boca...
Entonces llegaron las voces desde el pasillo. Risas, pasos, el golpe de una puerta, alumnos entrando.
La realidad se coló en el dojo como una corriente de aire frío. El momento se rompió.
Hannah cerró la boca. Alex no dijo nada, pero sus ojos se quedaron un segundo más en los suyos, como si hubiera entendido exactamente lo que acababa de perderse.
Ella se levantó primero, demasiado rápido, obligándose a volver a ser la inspectora jefe que debía estar allí por trabajo.
-Tengo que preparar la clase -murmuró.
-Sí -dijo él, también levantándose.
Se miraron una vez más. Solo una. Sin decir lo importante, porque lo importante ya estaba ocurriendo.




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